Crónica de intensos tres meses en Nicaragua

Managua vivida por una suiza

Franziska Engelhardt

END - 21:12 - 18/04/2010


Al volar de noche bajo el cielo de Managua, uno no ve por la ventanilla del avión las luces de los altos edificios, como se espera ver al descender a una metrópoli. Destaca sí un árbol de Navidad gigantesco, que según supe después, no es sólo uno, y se iluminan durante todo el año.

Aterricé en la capital de Nicaragua poco después de Año Nuevo, por lo que lo atribuí a un ornamento de la época, y hasta llegué a tener la sensación de que se trataba de una bienvenida afectuosa, propia de la temporada festiva.

Viendo la ciudad de día, la primera impresión que tuve de una capital tranquila y armoniosa se destruyó de un golpe, cuando me percaté del desorden, de sus calles y del tráfico que dominan la imagen de la ciudad, y que la convierten en un sitio no apto para peatones. Cero bulevares y saturada de autos que no ceden espacio al que camina.

En las horas pico el asunto es ¡sálvese quien pueda! si hay que cruzar alguna calle principal. Como peatón uno está expuesto a todo peligro, a conductores maleducados que te gritan, que aceleran para intimidar al que decidió cruzarse corriendo, y en algunos lugares a asaltos acompañados de una paliza. Aquí algunos conductores, especialmente los de servicio público, no se conmueven ni al ver a un no vidente intentando cruzar, o a una mujer con hijos.

Perderse en las calles sin nombre

Por más hábil que sea un extranjero para dar con las direcciones, no hay quién escape a la confusión de Managua. Aquí las calles no llevan nombres actuales, la gente las llama como hace 20 ó 30 años.

Es posible que no exista otro lugar en el mundo donde las direcciones se den tomando en cuenta tiempos remotos, y “de ahí dos abajo y tres cuadras y media hacia el lago”. Uno ni siquiera piensa en andar en un vehículo prestado en Managua, se perdería en la corriente interminable de camiones, carros y coches, tras una dirección que se dio con la referencia de una ciudad que ya no existe, pero que aquí llaman “la vieja Managua”.

Los que andan a pie dependen del transporte público o de los taxis. “Las rutas”, como llaman a los buses del servicio público, son toda una historia cuando se llenan. El que sube, debe ir pensando en que para bajar cómodamente tiene que batallar con la cantidad de gente que se atasca en el pasillo.

Tardé varios días en aceptar que en esta ciudad no hay un centro definido donde se puede ir a pasear. Ni hay cultura de paseo en parques, porque hace mucho tiempo que dejaron de ser seguros.

Pobreza hay mucha, pero como parte del mismo desorden, los sectores pobres no se concentra en ningún lado, sino que están dispersos por toda Managua. Curioso es que aun con sus altos índices de pobreza, hay pocas personas que piden dinero, en comparación con otras capitales. Aquí abunda mucho la gente trabajadora que busca ganarse la vida con lo que sea, hasta en la famosa venta “de todo” en los semáforos, bajo el fuerte sol y mucho smog, y con el riesgo de que un conductor invada la línea amarilla que divide los carriles y los arrolle.

La basura, el peor de los males

El hecho de que desde las ventanas de los vehículos salen volando envases de plásticos y latas, es una amenaza menor para las personas que trabajan o simplemente andan en las calles. Como si las calles de Nicaragua fueran un enorme vertedero, adultos y niños desde los carros y buses botan la basura en cualquier parte. Eso hace que la imagen del paisaje esté dominada por bolsas plásticas pegadas en arbustos. A la gente parece importarle poco los avisos de “No bote basura aquí”.

En casa hay gante que recoge la basura y la manda a botar en los cauces por donde debe correr el agua durante el invierno en esta capital. Después, y aunque es más caro, cuadrillas de la municipalidad tienen que dedicar días enteros a la limpieza de los cauces en vísperas del invierno. A eso hay que sumarle que hay camiones de basura que atraviesan la ciudad, que sirven a otros ciudadanos que esperan su paso.

Un día amanecí preguntándome: ¿qué hace la municipalidad con la basura que recoge? Me propuse seguir la pista de esta interrogante para hallar una respuesta, y con apoyo de EL NUEVO DIARIO --el rotativo donde hago mi pasantía de periodista-- llegué al vertedero más grande del país: “La Chureca“.

Me propuse hacer un reportaje del vertedero. La primera idea era ir allá con responsables de la municipalidad para contar incluso sobre un proyecto social del que mucho se habla en esta ciudad, pero fracasé después de varios días de intentar organizarlo. Ellos no quisieron cooperar. Pero la verdad es que experiencias parecidas en la que necesitaba la colaboración de funcionarios públicos, me pasaron muy seguido. Mis colegas en la redacción dicen que es la política gubernamental: cero información.

Reciclaje “pies arriba”
Pero no me di por vencida. Decidimos ir por cuenta propia. El jefe de Redacción, Roberto Collado, me asignó a la fotógrafa Heydi Salazar, y planificamos internarnos por varios días en aquella cloaca donde familias enteras viven en una especie de “submundo”.

Yo vivo en un país donde se separa la basura en casa. Para mi sorpresa, el reciclaje aquí está “pies arriba”. Pero no es todo, son impactantes las condiciones horribles en que la gente intenta sobrevivir allí. Además de vivir de lo que otros desechan por sucio y mal oliente, exponen su salud a humos tóxicos, cuyo daños a los pulmones son comparables a los de una persona que fuma 50 paquetes de cigarrillos diarios. Con sólo tres visitas allá, Salazar y yo nos sentimos enfermas.

Me sorprendió, sí, que en ningún momento me sentí en peligro físico. La mayoría de aquella gente que vive en la miseria no es mala, hablan de su vida cotidiana, de cómo sobreviven, de la esperanza de que el proyecto social anunciado les cambie la vida que llevan.

Funcionarios no quieren pagar “platos rotos”

Conocí de otra falla en la ciudad, cuando tenía ganas de caminar más que desde la casa hasta la parada de “la ruta” (así se llama aquí a los buses de transporte urbano). Como fui advertida de los peligros de algunas zonas por los índices de asaltos, me trasladé a una rotonda donde se reúne mucha gente para hacer ejercicios.

Ahí, aunque ya nadie recuerda la Navidad pasada, todavía está en pie uno de los árboles navideños que había visto desde el avión. En la rotonda, la gente hace sus ejercicios conviviendo con el ruido de los vehículos y respirando constantemente el smog que producen. “Hacen ejercicio, pero no respiran aire puro”, me advirtió un médico local cuando nos propusimos hacer un reportaje sobre la vida en aquel lugar.

Yo renuncié a hacer ejercicios allá. Las personas que llegan lo hacen por falta de opciones, como me dijo la mayoría de los entrevistados. Conseguir información oficial para ese reportaje fue toda una odisea. Cita con la Policía en un distrito: “No están disponibles”. Llamada al celular: “Venga mañana”. Al día siguiente: “Acaba de salir a reunión urgente”.

Un día, sin aviso, golpeé a la puerta de la oficina de uno de los funcionarios y “lo asalté” con grabadora en mano. El hombre cedió a la entrevista. Parece que es mejor sorprenderlos que concertar una cita.

Pero la odisea no paró ahí. En una ocasión, tuve que seguir por varios días a un médico del Ministerio de Salud, Minsa, para conseguir una entrevista, durante la cual, unas personas invadieron el despacho para grabar la conversación. El fotógrafo me comentó que ese hecho tenía un fin: controlar lo expresado en la entrevista.

En la comuna, una entrevista con alguien que labora en ella fue peor. Tras varias promesas logré que me atendieran, y cuando volví muy alegre al diario donde laboro, me llamó el funcionario para suplicarme que lo sacara del reportaje, porque su trabajo estaba en riesgo. Estaba en un dilema. Un desempleado más podría estar sobre mi teclado.

Filosofía moral dudosa
Lo contrario ocurre con el pueblo. De buena gana la gente responde las preguntas de un periodista que los intercepte en cualquier parte de la ciudad. A la mayoría le gusta tener una voz. Claro, hay quienes se aprovechan de esa condición y explotan su vida cotidiana con morbo, como lo hacen los medios “rojos” de televisión.

Esos medios muestran a las víctimas sangrando, adoloridos, con planos tomados lo más cerca posible. A los familiares de las víctimas los persiguen con la cámara y los acosan con los micrófonos. A los sospechosos de delito los ponen en la picota, los fuerzan a dar la cara para exhibirlos, aunque la autoridad competente no esté clara de que ese sea a quien buscan.

Hermoso país y linda gente

Trabajando como periodista en este país tenía la oportunidad de lograr un vistazo en un tiempo corto e intenso. Nicaragua tiene una naturaleza incomparable. Con dos costas, playas bordeadas de palmeras y sus volcanes vivos. La gente es muy hospitalaria y cariñosa, muy trabajadora y optimista aunque todo se vea muy mal. Es gente que llega a ofrecer hasta su propia cama para que el amigo duerma, y aunque su casa sea humilde, se esmera en que una se sienta cómoda.

En cada ocasión la gente baila, generaciones enteras participan en fiestas de familia, como casi nunca se ve en mi país. Aman a su patria con todo lo malo que les ha tocado vivir. Todos conocen y cantan las canciones de su país, y muestran su orgullo cuando en los conciertos gritan: “Viva Nicaragua”.

Voy a marcharme de este país en pleno verano, con una experiencia inolvidable. El mismo árbol que me recibió esta ahí, esperándome y listo para despedirme con sus luces y sus adornos de Navidad en este soleado abril.

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Entrevista a una madre antes que su hijo fuera intervenido por médicos de la brigada de “Operación Sonrisa”, en Chinandega.
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