29 de mayo de 2010 | 18:08:00

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La esclavitud colonial en la Nicaragua del Pacífico

Jorge Eduardo Arellano | Especiales



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La independencia política de los países latinoamericanos no implicó la abolición de la esclavitud. Esta institución fue implantada en las colonias españolas del Nuevo Mundo durante el siglo XVI. Entonces se hallaba extendida en la propia península.

Criados de los conquistadores y funcionarios

Me refiero a la esclavización de los africanos capturados por los portugueses en Guinea, Cabo Verde y otras regiones. De manera que los primeros esclavos llegados a Nicaragua vinieron como criados de conquistadores y funcionarios civiles y religiosos.

El primero --un muchacho-- lo llevó Gil González Dávila, quien lo había comprado a Pedrarias Dávila por 300 pesos en Panamá. De allí partieron a la recién creada provincia en la expedición de Francisco Hernández de Córdoba, once negros esclavos: cuatro de ellos se llamaban Antón, Juan Guante, Vicentillo, Perico y Francisco.

Por su lado, el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, empleaba tres: dos varones y una mujer. Otros servían a clérigos y funcionarios, quienes los importaban libres de derechos. En 1531 el prior del convento de la Merced, en León, fue autorizado para introducir dos; posteriormente, el obispo Antonio de Valdivieso gozó de la misma autorización para traer consigo otros tres. Y Francisco de Estrada, tesorero de la provincia, obtuvo cédula para conseguir otros dos. Por lo demás, el gobernador Rodrigo de Contreras poseía una esclava negra que le acompañó a España; y el capitán Juan Téllez, cinco.

Las Casas y su iniciativa

En su obra Cuadro histórico de las Indias (1945), Salvador de Maradiaga reconoce que la introducción de la esclavitud africana fue propugnada por el Apóstol de los Indios, el padre Bartolomé de las Casas (1474-1566).

“En su celo ardiente por reducir a lo mínimo la violencia que a los indios se hacía, propuso otra violencia quizá peor: la esclavitud negra”. Pero, más tarde, confesó su error. Además, no todos los tratadistas de la época consideraban la esclavitud del negro “un derecho natural” del hombre blanco. Fray Diego de Avendaño, en su Thesaurus Indicus, es uno de ellos. Otras voces españolas la condenaron, como Alfonso de Sandoval en su De intauranda Ethiopicum Salute (1678).

Sin embargo, existió a lo largo de trescientos años en Centroamérica, la primera entidad política del continente que decretó su abolición en 1824. México lo hizo en 1829, Colombia en 1851, Uruguay en 1853, Venezuela en 1854, Perú en 1855, Argentina en 1864, Cuba en 1886 y, por último, Brasil en 1888. Conviene tomar en cuenta, asimismo, que en Nicaragua la esclavitud desapareció 62 años antes que en la antigua metrópoli colonial, o sea, España.

Causa de su importación

La causa de su importación fue la catástrofe demográfica producida en la conquista. “El gobernador Artieda --quien ocupó ese cargo entre 1573 y 1586-- introdujo a esta provincia gran número de negros africanos esclavos” —consigna el historiador Tomás Ayón. Ello indica una elevada cantidad que tendría mucha significación en el proceso de mestizaje. El propio Artieda afirmó que se había realizado “para suplir la falta de población indígena”.

Los descendientes de conquistadores, que ya no podían esclavizar a los indios ni exportarlos a raíz de las Leyes Nuevas de 1542, requerían de trabajadores en sus haciendas recién formadas. Esta necesidad la había comprendido el obispo Lázaro Carrasco desde 1558, cuando se encontró con los indios “casi todos consumidos” y menos de cien vecinos españoles sin suficientes entradas reales. En consecuencia, pidió licencia al Rey para introducir seiscientos negros esclavos; ellos remediarían la situación, es decir, haciendo producir la tierra.

Pero el de Carrasco no fue el primer plan para importar negros esclavos. En años anteriores, concretamente en 1531, el cabildo de León, solicitó al Rey la autorización de extraer mil, libre de impuestos, para repartirlos entre los vecinos. Y el de Granada —el 24 de noviembre de 1544— pidió la misma autorización para importar cincuenta en la apertura de los “raudales del desaguadero” (léase Río San Juan).

“El pringue de África”

El número de los primeros negros esclavos importados debió ser considerable, quizá de miles; de otra manera no se explica el alto porcentaje de sangre negroide que surgió a lo largo de la colonia, sobre todo en el siglo XVIII, cuando los casos de españoles en relaciones de carácter íntimo con sus esclavas eran numerosos. Germán Romero ha referido que la mayoría de ellos engendraban hijos. También indica la variedad de la procedencia geográfica de los esclavos. Unos eran de “nación arara”, otros de “casta angola”, “de casta conga” y “de casta mina” y “mandinga”. Igualmente, demuestra que los esclavos, más que negros puros, eran mulatos y que la proporción de hombres y mujeres era casi igual.

El “pringue de África”, pues, fue básico para intensificar las capas medias formadas por zambos, mulatos, cuarterones —los que tenían un cuarto de sangre negra— y demás mezclas; de tal manera que en 1820 constituían el 84 por ciento de la población.

Pero una regular cantidad de ellos se conservaron como esclavos. ¿Cuántos? Varios centenares, sin duda. Así, durante la primera mitad del siglo XVII, los documentos revelan a esclavos integrando el servicio doméstico de los criollos y peninsulares, ocupados en los obrajes de añil, como las 30 piezas —varones y hembras— de “Las Concubinas”, hacienda de Antonio Grijalva, cura y vicario de El Realejo; reproduciéndose a granel (el obispo Juan de Rojas decía que los amos dejaban a sus esclavos llevar una vida libertina a fin de obtener más esclavos) y huyendo a los montes para evitar su explotación.

Los cimarrones o fugitivos

Llamados cimarrones, estos fugitivos vivían en pequeñas colonias clandestinas, libres de la dominación española. Por eso eran dictadas órdenes reales contra ellos.

Una de ellas acordó “levantar fuerza armada, proceder a la sedición contra sus cabezas sin formar juicio; y disipadas las partidas, restituir los esclavos a sus dueños”. Dicha ley se cumplió en Nicaragua. Miguel de los Ríos había ido con indios, bagaje y bastimentos en socorro de la gente armada de la montaña y volcán Cosigüina para desbaratar “tres doblamientos de negros cimarrones”. Esta acción fue incluida entre sus méritos en el auto que se le nombró Corregidor el 21 de junio de 1649.

Casos del siglo XVIII

La pieza esclava era para el estrato superior --el único que podía poseerlos-- símbolo de preeminencia social y propiedad para emprender operaciones de compra y venta, alquiler y préstamo, obsequio y juego, herencia o hipoteca.

Véanse algunos ejemplos del siglo XVIII, comenzando con el testamento de la vecina de Granada, María López del Corral; ahí se informa que escribió a la ciudad de San Miguel (El Salvador) a su hijo Bruno, para suplicarle el préstamo de 115 pesos que debía ella de colegiatura, prometiendo darle a cuenta de ese dinero una mulatilla esclava llamada Benita.

La misma señora había donado al mulatillo esclavo Juan Antonio —de siete años— a su hijo sacerdote Pedro Marenco, cuando cantó su primera misa. Igualmente, agrega que su madre había heredado a su hija Marta Lucía Marenco López del Corral 200 pesos para que comprase una esclava, “la que habiéndose encargado a la ciudad de Panamá, vino pero lisiado de un ojo, por cuya razón rehusó mi hija al recibirla, y falleció bajo mi poder y servicio”.

Más no sólo de Panamá se adquirían las piezas esclavas. También en León, capital de la provincia, y en almoneda (o subasta) pública. De 16 de julio de 1708 data la venta en almoneda y público pregón —lanzado cinco veces por el indio Diego Pérez— de la negra esclava Juana, comprada por el capitán Joseph Cruz Munguía en 200 pesos.

La forma más frecuente de venta, sin embargo, era por escritura; según la del 6 de noviembre de 1800, María Linares —esposa de Baltasar Silva— dio “en venta y enajenación perpetua a don Agenor Alfaro, tesorero, jubilado, una esclava llamada Josefa Silva, de edad de dieciocho años, en cantidad de doscientos pesos libres de alcabala, sujeta a cautiverio y servidumbre, de regular estatura, sin señales y negra”.

La venta significaba para el dueño de esclavos un buen negocio, siempre que la pieza esclava estuviese en buen estado físico y, más aún, en el caso de hembra, si ya había parido; es lo que indica un inventario de 1822 en el cual se lee que, entre los bienes de la familia Parajón Ramírez, estaba “una esclava negra valuada en 100 pesos, pero ya habiendo tenido una cría se la da por lo tasadores la suma de 150 pesos”.

Otros cabezas de familias españolas poseían esclavos. Por ejemplo, los 14 de Santiago Sarria, vecino de León; los 6 del obispo Juan Carlos de Vílchez y Cabrera, originario de las Segovias; los siete de Juan Parody, avecindado en Rivas; y los 47 de los hermanos de la Cerda, también de Rivas. O sea: 64 por todos. Por su lado, El Realejo estaba poblado por esclavos desde inicios del siglo XVIII. Pues bien, en 1740 se documenta uno de un fraile del convento de la Merced, cinco del vicario del mismo convento, siete del corregidor, dos del guardamayor del puerto —y terrateniente como los anteriores— y uno de Dionisio de Córdoba. En total, 16.

Angelina y su captura

Esos 80 esclavos (suma obtenida de las cifras apuntadas en el párrafo anterior) difícilmente pudieron obtener la libertad a través de sus respectivos precios en dinero. El caso de la negra esclava Angelina en León es elocuente. El yerno de su ama —Biolante de Navarrete— la autorizó para obtener los pesos de su valor; conseguidos éstos, su ama la localizó en otra casa y pidió al gobernador que se le capturara porque “la referida es mi esclava y sujeta a mí y a perpetuo cautiverio y servidumbre”. Angelina volvió a manos de su ama.

Mayores posibilidades encontraban de manumisión los esclavos en los testamentos de sus amos. Al respecto, el citado Juan Parody declaró sobre Benita, madre de sus siete piezas esclavas, entre las cuales se hallaba María del Rosario, “que tiene una hija llamada Justa Rufina, la cual es mi voluntad que junto con la Benita ha de cuidar sirviendo de mí hasta que tenga 14 años”. Como se ve, no siempre se concedía la libertad incondicionalmente. Por eso, algunos de ellos, en la primera oportunidad, huían de sus amos.

Valentín y Pedro: “mal agradecidos chicos”

Fueron los casos de Valentín y Pedro, esclavos de Mateo Mantilla, vecino de León. Mantilla escribió en 1811 a uno de los Alcaldes de Granada, Roberto Sacasa, suplicándole le remitiera a Valentín, quien supuestamente había huido a esa ciudad. También Pedro, que le servía de cochero, se hallaba en la referida ciudad; los dos eran llamados por su propietario “mal agradecidos chicos”.

Africanos en vez de indios

Los primeros esclavos africanos llegaron de España con los conquistadores, religiosos y funcionarios en la primera mitad del siglo XVI. Vinieron como criados, pero entre mayo de 1539 y octubre de 1543 se exportaron 46, en 20 embarcaciones con destino a Panamá, Perú y Guatemala. Tras la desaparición casi total de los indios, antes de 1586 fue importada por el gobernador Artieda una considerable cantidad de esclavos africanos para emplearlos como mano de obra; luego estos se reprodujeron tanto que en el siglo XVIII la mayoría de la población era de sangre negroide.

En su mayoría “caseros” (o sea, adscritos al servicio doméstico de las casas de criollos y peninsulares) los esclavos negros y mulatos también realizaban labores agrícolas y ganaderas; pero no constituían el principal sistema de explotación. Por fin, a raíz de la independencia, la esclavitud fue abolida por el decreto de la Asamblea Nacional Constituyente del 17 de abril de 1824. Luego la constitución federal de Centroamérica, emitida el 22 de noviembre del mismo año, proclamaba en su artículo 13: “Todo hombre es libre en la República. No puede ser esclavo el que se acoja a las leyes, ni ciudadano el que trafique con esclavos”.

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