28 de agosto de 2010 | 16:58:00


Podrían estar desarrollando un trastorno conocido como “Pseudología Fantástica”
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Los niños mentirosos


El niño mentiroso toma el atajo de robar atención y aprecio a través del engaño (las palabras son cómodos sustitutos de los hechos) en vez de su propio mérito, tal vez mucho más modesto de lo que su ambición soporta

Dr. Javier Martínez Dearreaza. Neurólogo-Psiquiatra. | Especiales

Los niños mentirosos
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Los niños mienten por varias razones y en muchos casos es parte normal de su desarrollo. Esta conducta sin embargo, puede ser muy desagradable para los padres.

La manera como los padres manejan esta situación depende a menudo de la edad del niño, la situación específica y las reglas que la familia ha establecido con respecto a las mentiras.

El hábito de mentir se puede trasformar en un trastorno de la personalidad en el niño, lo cual podríamos llamar “pseudología fantástica”. Una compulsión a imaginar una vida, unos acontecimientos y una historia propia para causar una impresión de admiración en los espectadores.

La mentira refleja por un lado, la ambición de ser digna de amor; y por otro la profunda duda de no ser dignos de ese amor.

El niño mentiroso toma el atajo de robar atención y aprecio a través del engaño (las palabras son cómodos sustitutos de los hechos) en vez de su propio mérito, tal vez mucho más modesto de lo que su ambición soporta.

El adolescente es mentiroso en la medida en que su encuentro con el mundo real, cause frustraciones. El joven es mentiroso, en tanto no se sienta capaz de confrontar las verdades que le resultan adversas.

El anciano es mentiroso cuando no se perdona los errores que ha cometido en su vida.

¿Por qué mienten los niños?
Por lo general, los niños comienzan a mentir a partir de los seis años, pues para que la mentira exista realmente es imprescindible que se produzca una cierta intencionalidad moral y ésta no surge hasta esa edad o quizá un poco más tarde.

Antes de dicha edad los niños tienden a fantasear, pero el problema surge cuando esa actitud se convierte en un hábito y la mentira se instala en sus vidas como algo rutinario. A partir de los siete años las mentiras suelen estar ya vinculadas a otros factores, como por ejemplo la necesidad de mantener la autoestima. En estos casos, el niño suele engañar, simplemente para hacer frente a su inseguridad. Es decir, para quedar bien delante de sus compañeros y provocar su admiración.

Otras veces la mentira es el resultado de la imitación del comportamiento de los adultos. A menudo, casi sin darnos cuenta, mentimos delante de nuestros hijos en cosas que consideramos banales, por ejemplo: cuando alguien nos busca y no queremos hablar con esa persona le decimos a nuestro hijo “dile que no estoy”. Los niños lo absorben todo.

A veces también los niños de seis o siete años pueden mentir con el único fin de llamar la atención. Puede que nuestro hijo sea de los que simulan de vez en cuando que le duele algo o tiene algún problema grave. En efecto, los niños pueden sentirse poco queridos o valorados en casa y eso les lleva a reclamar más atención de las formas más insospechadas.

Puede también que nuestro hijo mienta para conseguir algún beneficio o evitar situaciones desagradables. Así ante la amenaza de un castigo, sin ir más lejos, el pequeño procurará mentir de tal forma que consiga liberarse de toda culpa. Evidentemente si comprueba que esta patraña surte efecto lo más seguro es que el niño continúe haciéndolo.

Del mismo modo, si descubre que mintiendo consigue algunos beneficios, habrá asimilado que la mentira es una buena forma de conseguir los fines deseados.

Si constatamos que nuestro hijo miente con frecuencia es, pues, importante descubrir los verdaderos motivos que lo causan. Sólo así podremos corregir el problema en su raíz.

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¿Qué hacer?
La mentira es uno de los problemas más espinosos de la paternidad y nada fácil de resolver, pero algunas cosas pueden ayudarnos a afrontar este delicado problema.

Lo primero que debemos preguntarnos cuando nuestro hijo miente es cuan mentiroso somos nosotros mismos. Las llamadas mentiras piadosas pueden ser sin importancia para nosotros, pero para nuestros hijos pueden ser verdaderos engaños. A juzgar por las investigaciones, los niños que mienten provienen casi siempre de hogares en que los padres también mienten. Así que si queremos que nuestros hijos no mientan, no les enseñemos a mentir.

El respeto a la vida privada de nuestros hijos es muy importante. Muchas de las grandes tensiones entre padres e hijos obedecen a que estos últimos tienen una necesidad de independencia y, por lo tanto, se vuelven más reservados, mientras que nosotros tenemos la necesidad contraria de protegerlos y guiarlos. Desafortunadamente, muy pocos padres consideran con seriedad lo que les hace falta saber de la vida de sus hijos. Deberían elaborar mentalmente una lista de preguntas, como: ¿Dónde pasa mi hijo su tiempo libre? ¿Cómo se comporta en la escuela? ¿Cuántas horas mira televisión? etc. A medida que el niño crece se puede revisar la lista con miras a fomentar su independencia. Si no se respeta provocaremos que nos mientan continuamente. Esto no quiere decir que no nos vamos a preocupar ni a cuidar de ellos, lo que debemos hacer es decidir qué cosas necesitamos saber de nuestros hijos en cada etapa de su vida para luego sentarnos a dialogar decidir claramente hasta donde se dejará libertad para la privacidad.

Los niños mentirosos se relacionan con niños mentirosos. En la medida que los hijos crecen vamos perdiendo influencia sobre ellos, al punto que los amigos llegan a ser más importantes para ellos que sus propios padres.

Por este motivo los padres deben saber quiénes son los amigos de sus hijos y qué hacen con ellos.

Cuando nuestros hijos tienen amigos que no nos gustan, debemos explicarles claramente los motivos.

Cuando uno descubre que su hijo le miente, la peor estrategia es obligarlo a confesar, es más conveniente reflexionar sobre lo que puede hacer para evitar que se repita. Quizá la contribución más importante que un padre puede hacer para fomentar la veracidad de su hijo, consiste en establecer una relación de confianza. Un niño cualquiera que sea su edad se sentirá orgulloso y maduro si sus padres confían en él.

Quien sorprenda a un niño en plena mentira no es motivo para poner fin a la confianza.

La mentira socava la intimidad, por tal motivo los padres deben trasmitir a su hijo la seguridad de que le dirán la verdad. De pequeño, el niño confía ciegamente en sus padres, pero a medida que crece, estos tienen que ganarse dicha confianza.


Dr. Javier Martínez Dearreaza.

Universitá degli Studi di Pavia-Italia.

Clínica San Francisco.

De Camas Luna Montoya 90 varas arriba.

Tel. 2222-2494 Cel. 8877-1894

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