24 de abril de 2009 | 20:07:00

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Cuatro novelas centroamericanas de referencia histórica

Jorge Eduardo Arellano | Opinión



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El alemán Werner Mackenbach, el hondureño Rolando Sierra y la costarricense Magda Zavala compilan el volumen Historia y ficción en la novela centroamericana contemporánea (Tegucigalpa, Ediciones Subirana, 2008) y firman la “Introducción” de las lecturas e interpretaciones que responden a esta pregunta: ¿de qué manera es posible hablar de la novela histórica escrita en el área más allá de las fronteras y limitaciones de las literaturas nacionales? Y sus respuestas resultan interesantes. Aquí reseñaré una selección de las mismas, no sin antes considerar pretencioso el título de la compilación, ya que no abarca más de una docena de novelas de referencia histórica, existiendo no menos de cuarenta a lo largo de los últimos cincuenta años.

La primera en revalorizarse es Mayapán (1950), de la hondureña Argentina Díaz Lozano, nacida en 1912 y radicada en Guatemala. Ella aprovechó el espacio cultural que promovían los gobiernos de Juan José Arévalo y Jacobo Arbens para dar a luz, en la editorial del Ministerio de Educación Pública, esa novela que ha tenido en México otras cuatro ediciones, distando dieciocho años entre la antepenúltima (1957) y la penúltima (1975), y correspondiendo la última –acaso por el resurgimiento de la novela de temática histórica en América Latina- a 1984. Prolífica, su autora publicó otras diez novelas –entre ellas Fuego en la ciudad (1966) en torno del incendio de Granada que perpetró el filibustero William Walker- y ha sido la única mujer de Centroamérica reconocida oficialmente como candidata al Premio Nobel de Literatura.

En su Historia Crítica de la novela guatemalteca (1960), Seymour Menton consignó a Mayapán unas escuetas líneas: que Díaz Lozano infunde un nuevo espíritu, “neoprimitivo y poético a la vez, a un género ya caduco”, además de captar “el ambiente pacífico de los mayas y el conflicto cultural de los náufragos Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar sin el adorno melodramático del siglo XIX”. Pero ahora la crítica Seydi Araya realiza una lectura desde el diálogo intertextual que la novelista ejecuta y su ficcionalización de las fuentes: el Libro del Chilam Balam, de Chumayel, la Relación de las cosas de Yucatán, de fray Diego de Landa, y la Historia verdadera de la Conquista de Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo.

Cuatro son los protagonistas: Gonzalo Guerrero –el primer mutante antropológico del Nuevo Mundo- y su esposa indígena Aixchel; Jerónimo de Aguilar y Bernal Díaz del Castillo, soldado raso fogueado en la exploración, conquista y coloniaje del Caribe, México y Guatemala. Una enorme simpatía despliega la novelista hacia ellos, aunque menos hacia Aguilar. Como es sabido, éste hablaba el maya y, al contrario de Guerrero, decidió unirse a las huestes de Hernán Cortés en 1519, tras vivir ocho años en la península yucateca, adonde en 1511 había arribado con Guerrero como sobrevivientes de una destruida expedición que se dirigía a La Española.

Aguilar porta los valores occidentales, incluyendo mantenerse orientado por el calendario gregoriano; Guerrero asume los indígenas: se transforma en jefe guerrero maya, critica la Inquisición y combate a sus ex-compañeros, ya casado con maya hija de cacique. Su idealizada vida doméstica con Aixchell se descubre en muchas páginas de esta novela. Y ambos “conforman la pareja paradigmática, emblemática de la fusión étnica y germen de la Guatemala mestiza ideal del futuro” –acota Araya. Un mensaje con narratarios concretos: los sectores medios y altos de la sociedad ladina guatemalteca.

La historiografía oficial es cuestionada por la mayoría de las novelas que se asedian. Pero no en todos nuestros países se ha consolidado escolar, cívicamente, tal historiografía. Un país que se construyó blanco y pacífico es Costa Rica. Contra esa imagen nacional, Tatiana Lobo –novelista tica de origen chileno- urde Asalto al paraíso (1992). Publicada el año del Quinto Centenario del Encuentro de dos Mundos por la Editorial de la Universidad de Costa Rica, se inicia narrando un hecho transcurrido en Talamanca, no en Cartago: centro de lo que tradicionalmente se ha considerado “la vida en la colonia” de Costa Rica. Y este hecho es el ayuno del indio Pa-bru Presbere, quien luego de un sueño premonitorio recibe el mandato del Kapá de hacer la guerra “a los hombres que tienen la cara peluda como monos”.

De esta manera, Lobo cuenta el levantamiento de los indios de Talamanca en 1711 y su violenta represión, minimizado o ignorado por la historiografía oficial que niega los componentes mestizo, indígena y negro de la población costarricense. Asalto al paraíso no es, sin embargo, maniquea: perfila (además de las misiones de Talamanca y de la capital Cartago) un espacio salvaje, inhóspito, prácticamente deshabitado: un paraíso terrenal en el que la unión de los hombres es posible. Es decir, la utopía de un mestizaje armónico, una variación de Adán y Eva (Pedro de Albarán y la Muda), descrito como una narración mítica alternativa del génesis de la Nación costarricense.

La novela puede ser leída –concluye Valeria Grinberg Pla, estudiosa argentina- por partida doble: a nivel metatextual, como una irrupción polémica en el campo de la historiografía oficial, y a nivel textual como una crítica virulenta a la “esencia” blanca y pacífica de Costa Rica. Asalto al paraíso cuestiona “los modos hegemónicos de representación de la realidad histórica y de la alteridad”, según la teórica María Cristina Pons.

Grinberg Plan también valora Réquiem en Castilla del Oro (1996), del nicaragüense Julio Valle-Castillo: una novela que ejemplifica, acaso más que ninguna otra surgida en Centroamérica a finales del siglo XX, el documento como fuente de escritura ficcional. Es decir: una creación de sentido en forma de una explicación histórica a través de la organización figurativa y simbólica del material en cuestión, de acuerdo con el pensamiento teórico de Hayden White.

Por eso Grinberg Pla afirma que Réquiem en Castilla del Oro es mucho más que una nueva lectura de la conquista de Nicaragua y del rol que en ella desempeñó Pedrarias Dávila: “es una puesta en escena del lenguaje como estructurador de la realidad”. Y continúa: “Así, nos encontramos frente a varias voces narrativas que se expresan en distintos lenguajes, cada uno de los cuales trasmite su propia cosmovisión. Y todos ellos están enmarcados por la música del réquiem, por lo que la música fúnebre le confiere el tono a la orquesta del lenguaje que narran –construyen- la historia de la conquista y de la vida en Nicaragua bajo el signo de Pedrarias, una vida plagada de muerte; muerte augurada y ejecutada en el tema del réquiem”.

Siguiendo el descontinuado ejemplo de reinventar la historia nacional de El Salvador, emprendido en los años 60 por un grupo de intelectuales de izquierda (Arias Gómez, Dalton, Marroquín), Carlos Castro traza una saga familiar del caudillo y mártir liberal Gerardo Barrios (1813-1865) en Libro de los desvaríos (1996). Ganadora del Primer (y único) Certamen de Novela “Salarrué”, convocado tres años antes por el Consejo Nacional por la Cultura, esta novela formó parte del esfuerzo oficial para relanzar la literatura salvadoreña, tras los definitivos acuerdos de paz y que incluía Baile con serpientes –un testimonio personal del desencanto desde la izquierda- de Horacio Castellanos Moya, y Lujuria tropical –lúdicamente barroca y viceversa- de Alfonso Quijada Urías, ambas publicadas el mismo año que Libro de los desvaríos.

En la escasa historiografía del “Pulgarcito de América”, país con amnesia para pensarse a sí mismo según Ricardo Roque Baldovinos, dos figuras históricas decimonónicas han sido emblemáticas: Anastasio Aquino, líder indígena de la primera “insurrección social” de América Latina; y Gerardo Barrios, estadista que se anticipó a la “sociedad feudal” de su tiempo intentando conciliar su afán progresista con los intereses populares. Italo López Vellecillo, en su monografía de 1966, fue el primero en vincular el origen de la familia Barrios a la Francia revolucionaria de 1789, mejor dicho: a los jacobinos encabezados por Robespierre. Tal es el legendario punto de partida de la ficción de Castro, la cual abarca siglo y medio de vida del clan Barrios.

Pero los personajes no se sostienen por sí mismos: sólo se explican en función de los acontecimientos narrados que suceden en Europa. Al respecto, la reseña de 1997, firmado por Carlos Molina Velásquez, precisa: “Más que decirnos lo que de Barrios tenemos en El Salvador, Carlos Castro nos invita a descubrir lo que nunca hemos sido. Ante la pregunta de si con esta obra se pretende ir a las raíces habría que decir, más bien, que se trata de unir una rama más o menos mediocre a un tronco noble”. Por tanto, Libro de los desvaríos se halla lejos, lejísimo, de pagar la deuda de la narrativa salvadoreña con la novela de referencia histórica.

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