20 de febrero de 2010


Culminan 7 días de fiesta y colorido
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El Festival de Poesía en andas del folclor


* Este domingo concluyen una semana de creatividad, calor y alboroto en la Gran Sultana, donde un poco más de 130 poetas de los cinco continentes vinieron a leer sus poemas
* Extenso maratón declamatorio que parecía una torre de Babel: poemas en griego, francés, inglés, hebreo, mandarín, iraquí, español, etcétera
* Ernesto Cardenal y un incidente con el comandante Borge: el poeta no le quiso responder al saludo y muy cortante le dijo: “No te quiero ver”

Por José Adán Silva | Nacionales

El Festival de Poesía en andas del folclor
Imagen
Los demonios del Torovenado de Masaya cargan el ataúd donde los poetas enterraron “la traición de los sueños”. MIGUEL MOLINA / END
A un lado, con grave voz de ceremonia litúrgica, el párroco de la Iglesia llama a los feligreses a darse la paz. La paz esté con vosotros, la paz esté con vosotros… siempre, siempre, siempre con vosotros.

Y los sentados se levantan y se saludan, apenas cordiales entre sí, con una que otra palmada en la espalda y algún ligero apretón de manos. Los de las últimas filas salen primeros, cruzan el portón principal, atraviesan el atrio, entran por una enorme puerta de madera e ingresan al otro lado.

La escena en desarrollo parece irreal: decenas de personas con cruces de cenizas pintadas en la frente, salen de una misa donde oían a un sacerdote hablar de la palabra de Dios, y llegan al otro lado donde otro sacerdote, de boina negra y cotona blanca, habla de otro sacerdote que también predicaba la palabra de Cristo. Todo dentro del mismo y antiguo convento de San Francisco, en esta calurosa ciudad colonial llamada Granada.

Yacía Ernesto Cardenal en el estrado, leyendo sobre la vida del padre Azarías H. Pallais, a quien este año los poetas de 50 países le rindieron homenaje en el VI Festival Internacional de Poesía, Granada 2010.

Poeta de los pobres

Azarías Henri Pallais era un poeta y humanista que nació en León el 3 de noviembre de 1884, que estudió en el Seminario de San Sulpicio de París, que fue ordenado sacerdote en 1908 y que continuó estudios universitarios en Bélgica, en la Universidad de Lovaina.

Era profundo, humanista, socialista e irredento. Fue crítico duro y puro de los malos, de los falsos buenos y de los poderosos, de los políticos y de los periodistas afines a los ricos, de la dictadura, del clero que bailaba el son del dictador Somoza.

En 1954 murió como vivió: de manera franciscana y pobrísimo en su humilde parroquia de Corinto, donde se le dio a petición, un entierro de pobre.

Cosas de poetas

Cuando Cardenal terminó de hablar, ante un público embelesado más por él que por la vida y obra de Pallais, las cámaras y micrófonos se abalanzaron sobre él, peleando el espacio con estudiantes de uniformes azul y blanco y lectores con libros en la mano que pedían un autógrafo, una foto o una palabra del célebre poeta que, arrinconado y asaltado, tuvo que firmar, posar y saludar por unos minutos, antes de responder con hastío: “ya no más”.

Un grupo de organizadores llegó a tiempo para rescatarlo del asedio mediático que insistía con preguntas, y lo escoltaron a las afueras del convento, mientras los necios periodistas insistían en arrancarle alguna palabra, pero el poeta, terco y firme: “no quiero hablar, más tarde”.

Nadie se enojaba, ni él, ni los periodistas insistentes, ni los asistentes del poeta, ni la gente que seguía divertida la escena.

Apenas unos minutos antes en Internet circulaban, según el buscador de Google, 148 versiones de una misma noticia: “La Sociedad General de Autores y Editores propuso a la Academia Sueca al poeta nicaragüense Ernesto Cardenal para recibir el premio Nobel de Literatura 2010, con el apoyo de 150 poetas de todo el mundo en el marco del VI Festival Internacional de Poesía que se celebra en la ciudad de Granada, 45 kilómetros al oriente de Managua”.

La propuesta no llegó lejos con la respuesta lacónica y directa del nominado, cuando EL NUEVO DIARIO le logró preguntar de largo, “¿poeta le gustaría recibir el premio Nóbel de Literatura?”. Sin detenerse Cardenal dijo: “No, no me interesa”.

Magia, fantasía y Haití

Que más de 150 bardos se organicen en mesas de lecturas, que exterioricen sus ideas, que canten y lloren sus amores, decepciones y tragedias, es cosa de magia.

Si algo mostró el evento, es que el mundo puede sentarse, verse a los ojos y decirse en su idioma, lo que piensa de la vida, de la muerte, del mundo y de lo que sea.

Un ejemplo de ello es la tercera mesa de lectura en la Casa de los Tres Mundos: la integraban Manta Sagar, de la India, Elena Liliana Popescu (Romanía), Ersi Sotiropoulos de Grecia, Mía Gallegos, de Costa Rica, Marjorie Evasco, de Filipinas, y Nora Hall de Argentina.

Había poetas de Estados Unidos y Rusia sentados con poetas de Jordania, Siria y Macedonia. Poetas de Israel y bardos de Turquía, de Nueva Zelandia y de Australia compartiendo mesas con poetas de Taiwán y Lituania.

Y entre ellos estaba, humilde y sereno, Gahston Saint-Fleur. Vino de Haití y leyó algo de su libro Tambor Criollo. Su personalidad optimista contrastaba con el exagerado trato de consideraciones que le prodigaban en las mesas y círculos. Es cierto, su país fue destrozado por el terremoto del pasado 12 de febrero, pero él seguro estaba algo cansado de las miradas de pesar y de las cámaras y flashes sobre su rostro.

Por eso entiendo cuando me le acerqué a preguntarle sobre su poema y antes de hablar me dijo: “no me preguntes nada de mi país, por favor, mejor déjame preguntarte por el tuyo”. Y no tuvo tiempo de ello porque apenas íbamos a hablar y alguien lo llamó para evitarle, seguro eso creyeron, el mal rato de la entrevista. “Como y luego hablamos”, dijo, antes de tomar un cubo de hielo y llevarlo a la boca.

Poetas de patio

Que alguien tome un micrófono en una plaza pública para leer un poema es cosa de valentía, pero que alguien lo pida no para leer, sino para declamarlo, es más corajudo todavía, sobre todo si ese alguien no sabe leer.

Víctor Chavarría, poeta como todos los que circulaban por Granada en estos días, es uno de esos hombres que transpiran humildad y sosiego. Al menos esa fue la impresión que me quedó de él cuando me lo presentaron para hablar de las sesiones de la lectura de poesía a micrófono abierto en la plaza frente a la Feria del Libro.

Me dijo que en los seis años de festival, más de mil personas han pasado por ahí a leer sus obras. No son poetas consagrados, no son poetas mayores como los que ocupan las mesas de lectura, son aficionados si se le puede llamar así, a los versos y palabras.

Son poetas del pueblo: estudiantes, vendedores, amas de casa, obreros, intelectuales de otras ciencias, conductores, profesores y hasta campesinos.

Generalmente llevan el poema en un papel, lo leen y se van felices. Pero me contó Chavarría que uno de ellos no llevaba nada escrito y pidió declamarlo así, de memoria.

Cuando terminó se le preguntó por qué no lo escribía para ponerlo en una antología de los poemas del festival, y su respuesta fue un triste poema de la vida real: “es que no sé leer ni escribir”.

La paciente impaciencia

Llegó callado y trató de pasar desapercibido, pero una figura como él es muy conocida en Nicaragua y nunca pasaría inadvertido ni en una procesión de Santo Domingo. Tomás Borge llegó a la Casa de los Leones, donde almorzaban los poetas de todo el mundo y se dirigió a unas de las organizadoras a quien saludó cordial.

Luego de unos minutos salió silencioso y acompañado de Carlos López Degregori, del Perú, y José Luis Ayala, un afable poeta orgulloso de sus orígenes aymara, que vive en Lima.

Seguí a Borges y le pregunté: ¿comandante, qué anda haciendo? “Aquí”, me dijo, “saludando a unos amigos poetas, quería saludar a algunos amigos”. Andaba a mano un libro de pasta amarilla y le pregunté por él: “¿Lo compró o se lo regalaron?”. “No”, me dijo. “Es mío”.

Era un ejemplar de su libro La Paciente Impaciencia, nueva edición. Le pregunté si lo presentaría en el Festival y me respondió que no, que posiblemente en los próximos días lo haría en Nicaragua y en otros países del ALBA. Le tomé una foto con el libro.

Le pregunté por Ernesto Cardenal, quería conocer qué opinaba sobre su propuesta a recibir el Nobel, pero el comandante me dijo que no había tenido tiempo de saludarlo: “debe andar ocupado”, me dijo, antes de ponerse a hojear unos libros de la feria.

De regreso a la Casa de los Leones corría como pólvora un rumor: El comandante supuestamente había sondeado la posibilidad de presentar el libro en el evento, pero los organizadores le dijeron que la organización del festival había llevado un año y era difícil abrirle espacio en el programa.

Que en esas estaban cuando Borges vio venir a Ernesto Cardenal, y éste al divisarlo, se detuvo y giró a otro lado. Que el comandante intentó saludarlo y de que de lejos el poeta de la boina le dijo: “No te quiero ver”.

Luego la periodista María Lilly Delgado, de una cadena de televisión internacional, le preguntó a Borge su versión y éste le respondió ante cámara que era verdad, pero no le dio importancia.

¿Enterrar qué?

La fiesta fue alegre. La “traición de los sueños”, aunque no era un concepto muy entendido entre los asistentes al carnaval, iba concurrida. El concepto a enterrar iba bordo de un coche fúnebre jalado por caballos y dentro de un ataúd.

Era un funeral de dos fiestas: una intelectual a la cabeza, con los poetas leyendo y gozando, y otra fiesta que iba detrás del carro fúnebre, donde la palabra era menos importante que el sonido.

Detrás del cortejo fúnebre iban más de 1200 bailarines y 20 comparsas. Iban unos estudiantes de la UAM elegantemente vestidos con trajes antiguos, muy al estilo de la Nobleza Europea de antaño, disciplinados y muy complicados, las pobres estudiantes caminando largas cuadras bajo el solazo metidas en esos trajes pesados y calientes y encima, bailando parsimoniosamente al ritmo de un tambor.

Gran contraste entre ellos que iban a la cabeza, y otro grupo de bailarines de Granada que iban a la usanza de la Costa Caribe, con pañuelos atados en la cabeza, ropa ligera ceñida al cuerpo, faldas de vuelos, trenzas caribeñas, y camisas cortas atadas encima del ombligo. Pura parranda de Palo de Mayo.

Las máscaras andaban por todos lados. Iban danzas de folklore tradicional, tambores y la algarabía mundana y chabacana de los cinco grupos de chicheros con sus ritmos de feria de campo, que le daban al carnaval el aire pueblerino de las fiestas patronales de los municipios vecinos.

Allá atrás no se oían los poemas de allá adelante, y muchos de los poetas que terminaban de declamar sus obras, una vez que bajaban de la tarima móvil se iban con la cámara en ristre a disfrutar el carnaval que adelante se veía mustio en comparación con el alboroto multicolor de la cola.

Babel de Poesía

En cada una de las once esquinas que recorrió el carnaval, se detenía el estrado móvil, se anunciaban los bardos del turno, estos subían a la tarima enflorada con sus poemas en hojas sueltas, y una vez ahí, leían en sus propios idiomas…
Mandarín, sueco, francés, italiano, rumano, hebreo, inglés, portugués, en fin, todo una torre de babel resultó el evento. Luego algunos traducían sus poemas y cosa curiosa resultó que todo lectura, independientemente del idioma, era aplaudida con igual intensidad y algarabía.

¿Los temas? Tan variados como el mundo. Del amor, de la traición, de la libertad, de las decepciones, de los triunfos y fracasos, de los anhelos, de la humanidad amiga, de la humanidad enemiga, del árbol, de la piedra, del animal, de la otra, del otro, de las guerra y la paz.
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