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  • ACAN-EFE

El volcán Cotopaxi, relativamente dormido desde hace 138 años, despertó el pasado 14 de agosto con grandes bocanadas de ceniza que hicieron activar las alertas en Ecuador.

Las autoridades, de momento, han decretado la "alerta amarilla", de precaución, en las zonas de influencia del coloso, que en 1877 arrasó parte de la geografía del norte andino de un país situado en pleno "Cinturón de fuego del Pacífico".

El Cotopaxi es un volcán nevado de 5.870 metros de altura sobre el nivel del mar y es considerado uno de los más peligrosos del mundo debido a que está cubierto por un estupendo glaciar que puede derretirse con las altas temperaturas, lo que supondría una eventual erupción de proporciones.

El Instituto Geofísico (IG) de la Escuela Politécnica Nacional lo vigila de cerca y permanentemente con sensores que miden su actividad sísmica interna y superficial, un sistema que ofrece la posibilidad de emitir una "alerta temprana" hacia la población.

Y es que se calcula que unas 200.000 personas podrían encontrarse en el radio de influencia del volcán ecuatoriano, que es fácilmente visible desde Quito cuando el cielo está despejado.

Justamente, uno de los valles aledaños ubicados al este de la capital es una zona de riesgo pues por ahí corren ríos que nacen de los glaciares del Cotopaxi.

En su flanco sur, el río Cutuchi, también desfogue natural del coloso, pasa por la ciudad de Latacunga, que conserva algunas huellas de la tragedia de 1877.

Para las autoridades, la premisa parece ser esperar el menor daño posible, pero prepararse para el peor escenario.

Por ello se ha puesto en marcha un impresionante plan de contingencia.

Simulacros de evacuación en las poblaciones, instalación de albergues, identificación de zonas seguras, capacitación exhaustiva, coordinación institucional y difusión de información oficial forman parte de la estrategia diseñada por el Gobierno de Ecuador para afrontar la emergencia.

Incluso el Gobierno ha declarado un estado de excepción, que incluye la regulación de información, para evitar que los rumores generen un pánico innecesario y dirigir una comunicación oportuna y verificada hacia la población.

Mientras la estrategia se aplica, las autoridades han formulado un llamamiento a la "calma" de los ciudadanos, con la seguridad de que el seguimiento constante del Instituto Geofísico permitirá tomar las decisiones adecuadas.

Los científicos consideran que con la explosión del pasado 14 de agosto se inició un proceso de apertura del conducto superior del volcán, debido, aparentemente, a la presión que ejerce el magma desde las profundidades.

Por ello estiman que el desfogue de gases y ceniza de los últimos días se debe a que, probablemente, un reservorio somero del volcán, situado a entre 3 y 7 kilómetros de profundidad desde el cráter, ha causado el choque de lava con las fuentes de agua interna de la montaña, según el Instituto Geofísico.

No obstante, de momento no se ha detectado el ascenso de magma a alturas más superficiales, lo que no significa que ello no pueda ocurrir en el futuro.

La titular de la Secretaría de Gestión de Riesgos, María del Pilar Cornejo, ha insistido, por ello, en que es necesario "mantener la calma", aunque hay que trabajar para afrontar "el peor escenario".

Si se generara una erupción fuerte, el mayor peligro sería la generación de "lahares" o avalanchas de lodo y escombros causadas por el derretimiento del glaciar.

Esas avalanchas circularían por los cauces de las quebradas y ríos de forma violenta y abundante.

Los cronistas de la erupción de 1877 contaron que en esa ocasión la corriente llegó hasta el océano Pacífico por el río Esmeraldas, en el noroeste del país.

El deshielo sería provocado por los flujos piroclásticos que pueda generar la erupción, ese fenómeno corresponde a una mezcla caliente, de entre 300 y 800 grados centígrados, de gases, ceniza y fragmentos de roca.

También la acumulación de ceniza se considera uno de los efectos importantes en este tipo de fenómenos, por los daños que pueden causar a la salud de las personas, los animales y cultivos.

Los vientos son los que dirigen las columnas de ceniza y, en lo que va de este último proceso (caracterizado sólo por la salida de ese material), se ha reportado su caída incluso en zonas de la costa tropical del país, aunque en imágenes de los satélites se puede observar que la estela se dirige al océano.

El Cotopaxi ya ha advertido que está activo y ha puesto al país en una dura prueba que requiere también de la corresponsabilidad de los ciudadanos.

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