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Atascos diarios de 4 horas, calles que se anegan a la primera de cambio, falta de transporte público...Panamá, como muchas ciudades latinas, está construida sobre el caos más absoluto, algo que empieza a despertar cierta “urbanofobia” entre los ciudadanos, según el joven arquitecto Pablo García.

“Nuestra ciudad no es una ciudad, es un aglomerado de desarrollos inmobiliarios sin planificación. La ciudad existe cuando hay comunidades interconectadas, pero no es el caso de Panamá”, reconoce en una entrevista con Acan-Efe este joven panameño de alta enjundia y corazón progresista, autor del libro “Urbanofobia”.

La capital panameña ha experimentado en las últimas décadas un crecimiento impresionante, impulsada principalmente por la pujanza económica del país, por su estabilidad sociopolítica y por el aumento de la inmigración.

Pero, en la expansión de la ciudad, la planificación y el orden han brillado por su ausencia, denuncia García en su libro, que recientemente sacó a la venta.

Mitad vive en la ciudad

La ciudad está establecida en un lugar con restringidas posibilidades de crecimiento, limitando ahora al sur con el mar, al oeste con el Canal y al norte con la intocable cuenca hidrográfica que abastece la vía y la ciudad, que fue custodiada por las bases militares estadounidenses hasta 1999.Esto hizo que la urbe, con el paso de los años, adoptara forma lineal, forma de “trozo de pizza”, en opinión de García. Hoy en día viven en la capital panameña un millón y medio de ciudadanos, es decir, casi la mitad de la población total del país.

“La peor ciudad posible es una ciudad lineal, donde el centro está en un lado y la zona residencial en otro. La mejor ciudad siempre es la redonda, una ciudad donde el centro está en el medio y la vida se hace alrededor”, explica didácticamente García.

Debajo de esos llamativos e inmensos rascacielos, los panameños luchan por salir indemnes del laberinto urbano en el que se ha convertido la capital panameña, infectada de tráfico y sin apenas aceras ni espacios públicos. Por eso no es de extrañar que se esté generando en el país cierta aversión urbana, que es lo que García denomina “urbanofobia”.

La falta de espacio ha hecho que los ricos y la colonia de expatriados invadan el centro y el resto huya a las afueras, a las ciudades dormitorio de Arraiján, La Chorrera, Pacora o Tocumen. La capital panameña, en palabras de García, está demasiado centralizada y toda la actividad se concentra “en 4 kilómetros cuadrados”, algo que provoca “marginación y aislamiento social” para aquellos que no viven en el epicentro.

 

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