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Minutos de horror, una noche de pesadilla y un viejo conocido en las costas chilenas: un tsunami. Chile vivió así el potente terremoto de 8,3 grados que sacudió el centro-norte del país dejando hasta ayer 11 muertos.

El océano Pacífico volvió a mostrar su bravura cinco años después de arrasar con pueblos enteros del sur de Chile tras el terremoto del 27 de febrero de 2010, dejando esa vez un saldo de más de 500 muertos.

Arrastrados por las olas, barcos, botes de pesca, camiones, autos y los desechos de decenas de casas y puestos callejeros se dejaban ver este jueves en el borde costero del puerto de Coquimbo, como el reflejo del brutal paso de las olas.

Arrastrados por las olas, barcos, botes de pesca, camiones, autos y los desechos de decenas de casas, son una muestra del brutal paso de las olas.

Ajenos al drama de cientos de familias que perdieron sus puestos de trabajo y viviendas levantadas a orillas del Pacífico, medio millar de pelícanos custodiaban con su vuelo el andar de damnificados y turistas, que con caras de desazón y asombro transitaban por el balneario soportando el fuerte olor a pescado y basura.

“LO PERDIMOS TODO”

Cuando empezó el temblor, de una magnitud de 8,3 grados, “pudimos salir. Si nos hubiéramos quedado aquí hubiéramos perecido”, dijo a la AFP María Zamorano, de 60 años, matriarca de una gran familia que tenía su vivienda y su puesto laboral a escasa distancia del océano, en este puerto ubicado 400 kilómetros al norte de Santiago.

Según el último reporte de la Oficina Nacional de Emergencias (Onemi), el sismo dejó 610 albergados y 526 viviendas dañadas, en su mayoría en Coquimbo.

“Lo perdimos todo, había televisores, camas, cocina (...) Fue la naturaleza que nos afectó en lo material, pero estamos bien fortalecidos en el Señor y estamos bien en lo espiritual, sabemos que vamos a salir adelante”, agregó la mujer, mientras sus hijos y nietos trabajaban para limpiar un terreno lleno de escombros, barro y agua que hasta el miércoles en la noche era su hogar.

AMOR AL MAR   

“Esta vez (la evacuación) funcionó y salimos rápido (...), pero el dolor de no tener nada pega duro”, dijo dolida la mujer que prefirió no dar más detalles de su identidad.

“No podemos luchar contra la naturaleza”, lanzó Pedro González, que lamentó la muerte de uno de sus amigos víctima del tsunami.

Pero, asando pescados con sus amigos y compañeros de labor en el lugar donde hasta ayer se levantaba su puesto de trabajo, este pescador juró seguir su idilio con el mar: “Nosotros nacimos en el mar, somos gente de mar (...) vendemos pescados y mariscos y así será”, dijo a la AFP.

Olas de casi 4,5 metros azotaron a varias comunas de la región de Coquimbo, que fue declarada el jueves bajo estado de excepción constitucional de emergencia, lo que la deja a resguardo de las Fuerzas Armadas.

NOCHE DE HORROR

En Illapel, una pequeña localidad 230 kilómetros al norte de Santiago, cercana al epicentro del sismo, la luz del día reveló las marcas de la tragedia.

Entre los escombros de un muro caído, Ana Cortes, de 35 años, rememoró lo que fue la noche: “Fue el momento más espantoso, el horror más grande que se puede vivir (...) se movía todo y no terminaba nunca”, relató a la AFP.

Algunas casas construidas de materiales livianos en el suelo, la destrucción de estanterías en comercios y el caos del cementerio local con decenas de cruces, jarrones y tumbas hechas añicos, era el panorama que mostraba Illapel pocas horas después del sismo.

“Vivimos una noche de pesadilla, el movimiento fue mucho y fue largo, demasiado largo y siguió con las réplicas, fue terrible”, comentó María Ramírez, mientras barría la puerta de su casa.

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