•   Roseburg, Estados Unidos  |
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  • ACAN-EFE

"Trabajé 28 años en la universidad de Umpqua, conozco a mucha gente allá", cuenta preocupado Dean Remick, un profesor jubilado y miembro de esta pequeña comunidad de Oregon donde todo el mundo conoce a alguien que asiste a la universidad en la que se produjo la matanza.

La tranquila Roseburg está en shock. La incredulidad se mezcla con la tristeza y la angustia en esta ciudad sin historia que se resguarda entre las colinas arboladas del noroeste de Estados Unidos. Tiene solo 21,000 habitantes y todos están a la espera de conocer todos los nombres de los fallecidos.

Un día después de la matanza, Dean Remick, de 62 años, se reunió con unos amigos a tomar un café al amanecer. No deja de pensar en que él podría haber sido el profesor en el momento en el que Chris Harper Mercer irrumpió en un salón de clase y mató a nueve personas e hirió a otras diez.

"Enseñé durante mucho tiempo en este salón" de Umpqua Community College (UCC), recuerda al esbozar una leve sonrisa. Enseguida su mirada se pierde. "Pensar que estábamos todos orgullosos de nuestra ciudad y ahora vamos a ser conocidos en todo el país porque un tipo disparó contra otros", comenta este hombre que viste un buzo polar, anteojos metálicos rectangulares y una gorra de béisbol.

A pocos metros se encuentra Patrick James, de 46 años. Es un psicólogo especializado en gestión de crisis. Toma café y cuenta que la jornada anterior fue la peor de su vida. Para él fue una prueba profesional y personal. "Entrené toda mi vida para un hecho como éste, pero jamás pensé que lo viviría".

Lágrimas e histeria

"No logro olvidar la mirada despavorida de esas personas que no tenían noticias de sus allegados", añade el hombre de cara afilada que pasó el día anterior escuchando y brindando apoyo a distintas personas. Muchas "en llanto, otras en estado de shock o histeria".

Pero él también vivió su prueba. Su novia, estudiante de la UCC, estaba en el lugar cuando se produjo la matanza. Fue ella quien le avisó por mensaje de texto. Estaba encerrada en un salón de clase y le pidió que llamara a la policía.

Es que en la pequeña ciudad de Roseburg, muy parecida a otras en Estados Unidos, con su calle principal, sus campanarios y sus fachadas de madera pintada, todos se conocen y todos saben de alguien que estudia o enseña en la universidad local.

Alicia Alspaugh tiene 21 años. Está apurada porque quiere llegar en hora al trabajo. El día anterior, ésta estudiante de la UCC no tenía clase pero pasó el día al teléfono y en las redes sociales para asegurarse que sus compañeros más cercanos no habían sido víctimas del ataque.

"Será muy duro el momento en que se conozcan los nombres de todas las víctimas", admite esta joven castaña, con cara de porcelana y ojos ópalos, que conoce a una mujer que recibió diez balazos y está en estado crítico, a un joven papá de unos 20 años que murió en el acto y a otro que había visto varias veces.

En el centro médico Mercy, donde los heridos son atendidos, el jefe médico Jason Gray cuenta que en su equipo hay algunos cercanos a las víctimas. Con los ojos rojos, asegura que al principio no lo podían creer. "Después nos concentramos en los pacientes. Y finalmente fuimos atravesados por todo tipo de emociones, incredulidad, cólera, tristeza y determinación. Todo eso todavía está vivo, no han pasado ni 24 horas. Muchos no han caído aún", añade.

Si bien en esta región rural es normal que la gente tenga armas de fuego jamás había pasado algo así.

Algunos, como Patrick James, se hacen preguntas respecto al uso de armas. Él responde con la vieja postura de la todopoderosa y radical asociación nacional del rifle NRA: "No son las armas las que matan a las personas, son las personas las que matan a otras".

Pero luego admite "sin armas no hay víctimas".

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