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Hasta hace poco Abu Amr tardaba cuatro minutos en llevar a su hijo al colegio. Hoy le lleva 40, debido a los bloques de hormigón y otros obstáculos colocados por Israel en su barrio de Jerusalén Este ocupada.

Para sortearlos debe dejar el coche y seguir a pie, pero sólo después de haber mostrado que es inofensivo, lo que equivale a levantar la camisa y enseñar las pantorrillas, en el caso de un hombre, y abrir el bolso, en el de las mujeres.

Hoy este palestino de 34 años debía llevar a su hijo desde el colegio al pediatra y llegará tarde. Está harto de “un castigo colectivo, que es la puesta en práctica de las discriminaciones racistas” de Israel en la parte palestina de la Ciudad Santa que ocupa y ha anexionado.

Las fuerzas de seguridad israelíes se han desplegado masivamente en las últimas semanas en Jerusalén Este para intentar poner fin a la serie de ataques que se cobraron la vida de ocho israelíes en lo que va del mes.

Según la ONU, hay 38 obstáculos, de los cuales 17 puestos de control, en nueve barrios palestinos, que causan trastornos a por lo menos 138,000 palestinos.

“Siempre tarde”

En su barrio de JabalMukaber, el mismo de donde procedían varios de los autores de ataques, las fuerzas israelíes incluso comenzaron a levantar un muro previsto inicialmente a lo largo de 300 metros y cuya construcción fue suspendida por Israel.

“¿Qué quieren hacer con este muro, sino aislar nuestro barrio?”, se pregunta TareqAuisat, de 24 años. Desde que se empezó a levantar el muro, “temporal” según se lee en la inscripción en hebreo, este joven conductor de autobús no puede pasar.

Se reparte el trayecto con compañeros. “Transporto a los pasajeros 500 metros y los dejo en un puesto de control, luego toman otro autobús hasta la puerta de Damasco”, la entrada del casco antiguo donde se encuentra la estación de los autobuses que va a Jerusalén Este.

Tardado

“En vez de los 25 minutos de costumbre, el trayecto lleva, con los puestos de control y los cacheos, una hora, y media”, añade el joven.
Un poco más lejos, en el barrio de Esauiya, los mismos bloques de cemento y soldados en armas bloquean todas las entradas. “Llegamos tarde a todas partes, a la universidad o al colegio. Es un castigo para todos los habitantes de Esauiya”, asegura MumenRabi, un estudiante de 19 años.

Un castigo más, dicen los habitantes, después de décadas de marginación de los palestinos en Jerusalén. En el este, más de 300,000 palestinos viven en barrios en los que es casi imposible construir porque Israel concede permisos con cuentagotas y multiplica las órdenes de demolición.

 

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