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  •   Chichicastenango, Quiché, Guatemala)  |
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  • EFE

Decenas de colores adornan las tumbas de los fallecidos en Chichicastenango, un municipio del departamento de Quiché situado a más de 145 kilómetros de la Ciudad de Guatemala y donde la mayoría de población es indígena.

Desde las 5 de la mañana, cuando los primeros rayos de luz del Sol iluminan los fuertes colores de las tumbas, los devotos salen de sus casas con pino y flores frescas para adornar a los muertos en el Día de los Fieles Difuntos, que se celebra en todo el país el primer día de noviembre.

Frente a la iglesia, decenas de hombres bailan ataviados con trajes brillantes y máscaras las danzas tradicionales del "Torito" y "Los Conquistadores".

Esto es solo un símbolo más de que la actividad el pueblo empieza temprano, con ventas de comida, frutas y artículos tradicionales como máscaras indígenas y trajes típicos.

Una familia llega con un envase de plástico que parten a la mitad, flores amarillas, hojas de pino y una botella de licor. Con estos objetos adornan la tumba del abuelo que falleció hace dos años.

Después de limpiar y adornar la tumba, que es un montículo de tierra con una cruz pintada de verde, el nombre del fallecido y la fecha de su muerte, desayunan tamales dulces y atol de maíz.

Para los indígenas de Chichicastenango, la muerte es una transición que mezcla sus creencias católicas y mayas.

En la entrada del cementerio, una mujer frente a una fogata realiza una oración en idioma quiché, pidiendo la bendición de Dios y los ancestros mayas, mientras un hombre la observa sentado sobre una tumba.

Chichicastenango es uno de los municipios más importantes del departamento por su riqueza cultural y turística, por lo que es común ver a visitantes de Estados Unidos y Europa en los mercados el domingo, sin embargo, el Día de Los Fieles Difuntos no se ve a ningún turista.

La marimba, instrumento nacional de Guatemala, suena durante todo el día y toda la noche. Los cofrades, líderes comunitarios en su mayoría ancianos, se sientan en una mesa rectangular de frente a las celebraciones, las cuales observan en silencio y con semblante serio y saludan ocasionalmente a quien pasa frente a ellos.

Los bailes se extienden por horas, hasta que los hombres, extenuados bajo el sol, arrastran los pies con cansancio tratando de mantener el ritmo de las canciones tradicionales y populares de la región y el país.

Las mujeres, también extenuadas, hacen comida desde bien temprano para los cientos de hambrientos. Miles de tortillas de maíz, caldos y dulces de la región hechos especialmente para la celebración, como buñuelos y torrejas, ambos dulces, fritos y hechos de masa con manjar.

A un poco más de 20 kilómetros, en el municipio de Sololá, los devotos colocan velas y pintan los mausoleos desde una noche antes de la celebración. Junto a los tradicionales elementos de esta fiesta, los creyentes también colocan cerveza, ron y bebidas gaseosas frente a las lápidas de sus familiares.

Este municipio también celebra la muerte con fervor, instalando ventas de comida a la entrada del cementerio para esperar a los cientos de visitantes.

A las orillas del lago de Atitlán cada población celebra a sus difuntos de distintas maneras, pero siempre con la pasión que genera en la tradición maya el viaje de las almas al inframundo.

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