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Pese a llevar siete años fuera de la Casa Blanca y estar inmersos en multitud de luchas internas, los republicanos de EE.UU. viven un momento dulce, con cuotas de poder sin precedentes en el Congreso, las gobernaciones y las legislaturas estatales.

Las incontestables victorias del presidente Barack Obama en las elecciones de 2008 y 2012 han servido de argumento durante estos años para que desde el Partido Demócrata y medios de comunicación de tendencia progresista se arguyese que los conservadores estaban de capa caída y que su base electoral era cada vez más reducida.

Entre otras cosas, se hace referencia a un cambio de mentalidad en el estadounidense medio en materias sociales como los derechos de los homosexuales y el consumo de marihuana (ambos mucho más aceptados hoy que hace una década) y también a una tendencia demográfica con mayor peso de las minorías que a priori no beneficia al Partido Republicano.

Batallas

Además, las perennes batallas internas que durante el último lustro han protagonizado los conservadores, con el auge de los más extremistas de la órbita del Tea Party enfrentados al aparato del partido, más moderado, han contribuido a la sensación de que los republicanos se encuentran en horas bajas.

La realidad, sin embargo, es que al margen de la joya de la corona (la Casa Blanca), el Viejo Gran Partido (como se le conoce en inglés, “Grand Old Party”, GOP) controla casi todos los estamentos del Poder Legislativo y Ejecutivo de Estados Unidos, algo que esta pasada semana todavía se acrecentó más.

En las elecciones locales y estatales celebradas el martes, los republicanos se consolidaron en la Gobernación de Misisipi con un triunfo sin parangón (66.6 % de los votos frente al 32.1 % de los demócratas) y arrebataron a los progresistas la de Kentucky, un estado que, pese a su tendencia conservadora, había sido un bastión demócrata en 40 de los últimos 44 años.

Trascendente

Si bien el triunfo en Misisipi, pese a lo abultado del resultado, era del todo previsible al tratarse de uno de los estados más “rojos” (color que identifica a los republicanos) del país, la victoria en Kentucky fue de lo más trascendente, ya que las encuestas vaticinaban que los “azules” mantendrían el estado.

Con Kentucky, pasarán a ser 32 los estado gobernados por republicanos, es decir, casi dos tercios del total de 50 estados que conforman la Unión (los demócratas se quedarán con 17 y Alaska se mantendrá como el único gobernado por un independiente).

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, jamás se ha superado esta cuota de poder a nivel estatal para los conservadores y solo la han igualado en tres años: 1969, 1996 y 1997.

Cámaras legislativas

Pero si su poder en las gobernaciones ya marca un récord, donde este es verdaderamente inaudito es en las cámaras legislativas a nivel estatal, controladas en un 70 % por los republicanos.

En las elecciones del martes, los demócratas tenían como objetivo prioritario arrebatar al GOP el Senado del estado clave de Virginia, para lo que necesitaban únicamente hacerse con un escaño más de los que tenían, algo que sin embargo no lograron.

Jamás, en todo el siglo XX, lo que va de XXI y desde que la política estadounidense se limita a una batalla entre los dos partidos mayoritarios que perviven hoy en día, habían gozado los republicanos de tal cuota de poder en las legislaturas estatales.

Estados Unidos es, como indica su Constitución, una república federal, por lo que los estados tienen amplio margen legislativo y ejecutivo, e incluso pueden oponerse a decisiones tomadas por el Gobierno federal, algo que, de hecho, ha dificultado mucho la tarea a Obama para sacar adelante su agenda política.

Pero el poder de los conservadores no se limita solo al ámbito estatal, sino que en Washington estos también controlan las dos cámaras legislativas, la Cámara de Representantes (donde se imponen por 247 congresistas a 188, su mayor ventaja desde 1931) y el Senado, recuperado el año pasado de manos de los demócratas.

 

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