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Horrorizados o con lágrimas en los ojos, los parisinos que se encontraban el sábado en las inmediaciones de la sala de conciertos y otros lugares atacados horas antes no daban crédito ante tanta violencia.

“Dentro era una carnicería, personas con balas en la cabeza, gente a la que dispararon cuando estaba en el suelo”, describió un policía que afirma haber participado en la intervención por la noche. El balance provincial en Bataclan es de 82 muertos. Los cuatro atacantes murieron, tres de ellos haciéndose estallar.

El policía, de unos 30 años, ya no viste uniforme. “Fui a casa a darme una ducha y a tranquilizar a mis hijos”, comentó. “Ahora vuelvo como hombre”.

El sábado por la mañana, el barrio seguía acordonado, constató la AFP. Solo los vecinos, acompañados por un policía, podían entrar en él. Frente a Bataclan, tres furgones policiales tapaban la vista a cientos de cámaras del mundo entero. Varios coches funerarios evacuaban los cuerpos, explicó un agente.

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Peggy tiene los ojos rojos de tanto llorar. “No lo entiendo”, declara esta vecina, consternada. “Es un lugar donde los jóvenes vienen a divertirse”.

“Es mi barrio desde hace 30 años”, cuenta Mathilde, de 56. “Aquí todo el mundo se conoce”. “Estamos todos muy afectados”, explica.

Seguir viviendo

Desde que se enteró de la noticia en un bar en el que seguía el partido, Mamadu se pasó la noche en la calle escuchando la radio. “Me asquea, es apocalíptico”, afirmó el joven, cerca del Bataclan.

Seguramente el “Estado Islámico” quiso “vengarse de la muerte de John el Yihadista”, el verdugo británico del EI blanco de un bombardeo el jueves, comentó.

Los equipos de psiquiatras del servicio de atención médica de urgencia se movilizaron. Su objetivo: localizar a las personas conmocionadas, “hacer que conecten de nuevo con la realidad”, explicó Christophe Debien, llegado de Lille (norte) en refuerzo. Y detectar a los susceptibles de desarrollar un síntoma postraumático”. 

Están siendo tratados en un centro médico improvisado en el barrio.

En una calle a 800 metros de allí, donde se produjo otro de los ataques, Maximilien, de 26 años, hace footing. “No hay que dejar de vivir”, dice. “No hay que cambiar las costumbres”.

Incertidumbre

Más lejos, un atentado causó 19 muertos. Las pompas fúnebres terminaron de retirar cadáveres a media mañana.

“Fueron ráfagas de disparos”, se encontraron “impactos del otro lado de la calle. Muchos”, explicó un policía.

Un joven quiere enterarse. ¿Todavía quedan (atacantes) por ahí?”, pregunta. “No sé”, le contesta un policía, “es posible, pero no debemos dejar que cunda el pánico, es lo que quieren”.

Una persona, con una vela en la mano, pregunta si puede depositarla delante del restaurante atacado. “Es demasiado pronto, demasiado pronto”, responde una agente. Se va llorando.

No hubo compras

En París, las grandes tiendas, Avenida Montaigne, Campos Elíseos: las zonas emblemáticas en las que los turistas del mundo entero hacen compras, estaban casi desiertas ayer, afectadas de pleno por los atentados del viernes.

El sábado, los principales museos, entre ellos el Louvre y el palacio de Versalles, varios lugares de espectáculo, como la Ópera, así como el parque de atracciones Eurodisney permanecieron cerrados. La Torre Eiffel, símbolo de París, no abrirá hasta nueva orden.

Las grandes tiendas, por su parte, abrieron sus puertas. Pero algunas de ellas decidieron cerrar finalmente unas horas después.

Después de haber manifestado su “voluntad de resistencia”, las Galeries Lafayette anunciaron en un comunicado que renunciaban ante “las dificultades para asegurar una calidad de servicio óptima”.

Delante de las vitrinas, ya engalanadas para Navidad, nadie se detenía. Los muñecos animados se movían sin que nadie los mirara. Los guerreros del próximo episodio de La Guerra de las Galaxias se veían muy solos, firmes con sus armaduras blancas.

En el bulevar Haussmann, gran arteria comercial patrullada ahora por policías, una mujer pasa con el celular en el oído: “No vayas a las grandes tiendas, uno nunca sabe, no sirve para nada correr el riesgo de ir a un posible blanco”, aconseja la mujer a su interlocutor.

Delante de Printemps, otra célebre gran tienda, solo las entradas adyacentes dan una leve impresión de afluencia, gracias a un grupo de chinos que esperan encabezados por una guía. El viernes “estaban en Berlín y el domingo estarán en Roma, no están al tanto de nada”, afirma la mujer.

“Durante tres semanas, después (del atentado de enero contra) Charlie Hebdo, no había nadie en la tienda, los clientes volvieron después para los saldos, pero ahora lo que llega ya son las fiestas de Fin de Año», manifiesta, preocupada, una vendedora.

¿Evitar París?

El café Starbucks del bulevar está vacío. Brian, uno de los camareros, contó solamente tres clientes, que no tardaron en irse, desde la apertura, una hora y media antes.

En el mismo momento, vendedoras de la tienda H&M ponen precipitadamente carteles que advierten: “para seguridad de nuestros equipos y de nuestros clientes, estaremos cerrados excepcionalmente hoy”.

“Son unos cobardes, eso es todo”, protesta un cliente mientras se aleja.

Dos parejas de amigos belgas que vinieron a pasar el fin de semana en París se muestran fatalistas, cuando al menos dos de sus compatriotas murieron en los atentados.

“Vivimos con miedo, pero no vamos a dejar de viajar”, sostiene Jeanine, una de las mujeres.

El primer ministro belga Charles Michel pidió el sábado a sus compatriotas que eviten viajar a París “si no es estrictamente necesario”.

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