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Caminando entre basura y depósitos de combustible abandonados en una isla de la contaminada Bahía de Guanabara en Río de Janeiro, el ecologista brasileño Sergio Ricardo resume así su proyecto: “Es un milagro”.

Al echar un vistazo alrededor, sin embargo, “el milagro” parece lejano. Ricardo quiere transformar Ilha Seca, un depósito de gasolina abandonado por una compañía petrolera hace cerca de medio siglo, en una especie de jardín del Edén marino.
Si él y otros activistas tienen éxito, la pequeña isla desierta será el símbolo de un esfuerzo épico para salvar de la destrucción, una de las bahías más fotogénicas del mundo.

Los peces serán criados en enormes tanques de agua de mar para repoblar la bahía. Universidades de Río realizarán investigaciones, pescadores artesanales enseñarán su arte, y los residentes de Río vendrán a disfrutar a este lugar que hoy es un basurero gigante.

“El Gobierno impulsa la idea de que la bahía de Guanabara está muerta, de que está terminada, de que debe ser entregada para usos industriales, pero la meta que tenemos aquí es demostrar lo opuesto”, dijo Ricardo, de 47 años, en una reciente visita a la isla con representantes de ONG y otros entusiastas de sus ideas.

ENTRE DESECHOS

Bolsas de plástico, juguetes viejos, botellas y pedazos de automóviles y muebles viejos tapizando el suelo arenoso de Ilha Seca reflejan lo que los ambientalistas describen como la destrucción apocalíptica de la bahía de Guanabara.
Perdidas en medio de la selva hay una docena de casas en ruinas y galpones que la Texaco usaba como depósito. Y por todas partes, las heces humanas de las aguas servidas rodean las modernas instalaciones y los barcos de Petrobras y otras petroleras.

Bajo una presión así, es fácil imaginar la pequeña isla como una causa perdida. Pero Ricardo, que tiene un pequeño aro en la oreja y una cola de caballo, no lo acepta.

En la base de su “milagro” están las instalaciones abandonadas por una transnacional petrolera, como un contenedor de gasolina vacío que serviría para criar langostino, lisa, corvina, róbalo, todas especies viables comercialmente y nativas de la bahía.

“Aquí estará el mayor de los tanques de peces”, dice Ricardo apuntando a un área amurallada, ahora llena de árboles de medio siglo. “Podemos tener miles, decenas de miles de peces aquí”.

UN VISIONARIO

“Esa casa puede ser un dormitorio para pescadores, o una escuela para sus hijos”, añade con orgullo, señalando un conjunto de paredes sin techo arropadas por la vegetación tropical.

Otra estructura, cuyas paredes están ennegrecidas por años de fogatas de campamentos, será una estación de rescate; la de más allá, el centro de bienvenida; aquella, el restaurante de frutos del mar... Ante la mirada optimista de Ricardo, las posibilidades son infinitas.

“Es un visionario”, opina Frederico Tannenbaum, un empresario del sector tecnológico de Río, mientras escucha al ecologista.
“Para ser un líder así hay que estar un poquito loco. Con él tengo la sensación de que ya sabe lo que va a suceder”.

ENREDOS LEGALES

No es fácil adueñarse de una de las islas de la bahía de Guanabara. Algunas están habitadas, otras están bajo control de instituciones como la estatal Petrobras y la Marina brasileña. Cerca de Ilha Seca hay incluso una pequeña isla que según la leyenda popular es hogar de un viejo mafioso.

Pero en 2006 un grupo llamado Asociación Tubiacanga de Pescadores Libres, que representa a pequeños negocios de pescadores en el barrio Ilha do Gobernador, presentó un pedido ante el Ministerio de Pesca para tener un observatorio en Ilha Seca.

Luego de “años de lucha”, su caso recibió una audiencia oficial, algo considerado ya como una victoria en el burocrático Brasil.

En marzo el Ministerio dijo que veía la idea “de manera positiva”.

Pero el mes pasado la presidenta Dilma Rousseff eliminó el Ministerio de Pesca para cortar gastos y lo integró al Ministerio de Agricultura, y el caso está ahora “paralizado”, según la asociación.

Más allá de los obstáculos legales, el proyecto tendría enormes costos solo para limpiar la isla donde la vegetación crece sin control hace décadas, por no hablar de la construcción de tanques de peces y otras instalaciones.

Pero Ricardo asegura que al promover la pesca local y el turismo, el observatorio también generaría dinero y beneficiaría directamente hasta a 400 familias.

¿LOCO O HÉROE?

Problemas sistémicos de falta de saneamiento, de voluntad política y valores sociales pueden hacer que la tarea de salvar la bahía de Guanabara parezca destinada al fracaso.

Las promesas oficiales de reducir drásticamente las aguas servidas que van a parar a la bahía antes de los Juegos Olímpicos del año próximo han sido dejadas de lado.

Guilherme Karakida, que trabaja para Casa Fluminense, un centro de análisis que promueve el desarrollo sostenible en Río, dijo que el plan de Ilha Seca puede parecer irreal, pero que al mismo tiempo la escala de la crisis requiere un pensamiento no convencional.

“El rol que Sergio está desempeñando es perfecto; se necesita a alguien así para hacer esto”, dijo Karakida, que también estaba en la visita. “La bahía de Guanabara es el recurso natural más bello de Río, único”.

Cuando se le pregunta si se considera con una valentía excepcional, inclusive un poco loco, Sergio Ricardo sonríe.

“Ni lo uno ni lo otro”, dice. “Este observatorio será un nuevo modelo. No tiene nada que ver con estar loco o ser valiente. Todo lo que propongo es ser realista”.

 

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