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  • AFP

El común de los mortales los considera unos 'monstruos', pero los yihadistas, sobre todo quienes ensangrentaron París el 13 de noviembre pasado, se ven a sí mismos como víctimas de una sociedad injusta, explican los expertos.

Para intentar comprenderlos, el sociólogo Farhad Khosrokhavar, de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS), y el psiquiatra y criminólogo Roland Coutanceau hablaron, en prisiones y en libertad, con islamistas radicales que defienden el yihadismo y simpatizan con los ideales del grupo Estado Islámico (EI). No todos ellos cometieron delitos.

"Aquéllos que vienen de suburbios convertidos en mayor o menor medida en guetos se sienten muy rechazados, estigmatizados", afirmó a la AFP Khosrokhavar. "Es lo que llamo la victimización. Existe una dimensión real -un Mohamed tiene tres veces menos posibilidades de obtener un empleo que un Didier- a lo que se yuxtapone una dimensión totalmente imaginaria. Tienen una sensación profunda de injusticia", añade.

"En mis conversaciones con ellos en la cárcel o en los suburbios me dicen: 'nos tratan como a insectos, como el ejército israelí hace con los palestinos. A causa de nuestro acento, de nuestra forma de ser, de nuestro comportamiento'", añade. "Lo viven como una injusticia total", advierte.

"Se construyen una visión paranoica del mundo y de ellos mismos: soy una víctima. En la medida en que me niegan humanidad, tengo el derecho de ser profundamente injusto y cruel, de matar a desconocidos", se dicen, según Farhad Khosrokhavar.

"Presentan una forma casi clínica del carácter paranoico", precisa a la AFP el doctor Coutanceau, presidente de la Liga francesa de Salud mental, que evaluó a varios acusados.

"Deshumanizar al enemigo"

Estos jóvenes, algunos perdidos, otros idealistas, se sienten atraídos por el Islam difundido por el EI o sencillamente fascinados por las armas y la violencia, y "son, a través de Internet o mediantes conocidos, presa fácil para los reclutadores del Estado Islámico".

Éste consigue, según Coutanceau, "convencerlos de que tomen las armas y disparen a civiles sentados en terrazas de cafeterías o dentro de una sala de conciertos, en situación de legítima defensa. Para nosotros, es una monstruosidad. Para ellos, la causa es noble".

Están convencidos de que defienden o vengan a miembros de una comunidad musulmana agredida e idealizada, que en realidad no conocen: los palestinos, civiles sirios o iraquíes muertos en los bombardeos occidentales, musulmanes de la Cachemira india enfrentados al ejército de su país. "Tú matas a mis hermanos, yo te mato a ti", dijo Mohamed Merah a un soldado francés antes de pegarle un tiro.

Los testigos de la matanza de la sala de conciertos Bataclan cuentan que los asesinos vaciaban con sangre fría los cargadores de sus fusiles kalachnikov en medio de los gritos de la muchedumbre, a veces inclusive mostrando una sonrisa. Los análisis de sangre demostraron que no estaban drogados.

Para matar de esta manera a civiles desconocidos antes de detonar el cinturón de explosivos hay que deshumanizar a las víctimas, explica el psiquiatra.

Esta violencia llevada al extremo permite, según Khosrokhavar, "invertir" su sensación.

"Piensan: 'Me han juzgado, pues ahora soy yo el que juzga, os condeno a muerte, y me convierto en un verdugo'. Hasta ahora se sentían menospreciados, ahora tenemos miedo de ellos. El temor hace desaparecer el desprecio, hay una especie de respeto y de reconocimiento en el miedo", explica.

Piensan: "Soy un héroe, aunque sea un héroe negativo. Soy el caballero de la fe que combate las fuerzas del mal. Ya no me desprecian, me temen. Ya no soy un insecto".

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