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Desde la distancia, no tiene sentido. ¿Cómo explicar que una exestrella de un programa de TV --famoso por hacer dinero, un horroroso divorcio en la década de 1990, y el pedido de no permitir el ingreso de musulmanes al país-- pudo haber ganado una primaria en New Hampshire?

Pero quienes se hacen esa pregunta no han estado nunca en un acto público de Donald Trump.

El público comienza a hacer las colas de acceso más de una hora antes de que abran las puertas, aguantando temperaturas próximas a cero grados centígrados. Al momento en que Trump se sube al escenario --media hora tarde, a causa de la nieve-- una multitud entre 3,000 y 4,000 personas ya enfrentaron condiciones peligrosas para poder ver al ídolo.

Jeb Bush logró reunir apenas el 10% de ese número en el comedor de una escuela, dos días antes. Marco Rubio logró atraer alrededor de 1,000 personas, pero con la oferta de panqueques calientes, aunque en realidad haya servido café y galletas.

“¡Será fenomenal!”

“Supongo que vine por el entretenimiento”, dijo un estudiante de 19 años que esperaba pacientemente por Trump.

“¡Será fenomenal!”, comentó Brian Carey, propietario de una compañía de construcción y quien mandó a instalar en el techo de su empresa un cartel enorme que dice: “Make America Great Again!” (“Recobrar la grandeza de Estados Unidos”, el lema de Trump). Carey dijo que no está dispuesto a retirar el cartel.

Lejos está Trump de preferir los locales pequeños que agradan al senador Ted Cruz en un intento por parecer más cercano a los electores.

Poco importa si la tradición política en New Hampshire es la de estrechar manos y hacerse fotos con electores en pizzerías y restaurantes.

Fiel a su estilo, Trump simplemente alquiló el mayor espacio de la ciudad, el estadio Verizon Wireless Arena, con capacidad para 10,000 espectadores. Y todo -como el presentador se aseguró de recordar a los asistentes- pagado por Trump, de su propio bolsillo.

Mientras Jeb Bush empieza sus reuniones con un juramento de lealtad, los seguidores de Trump compran comida rápida y gaseosa, como si estuvieran yendo a un partido de básquetbol o a un concierto de rock.

En tanto, los electores se acomodan, en los altoparlantes suena a todo volumen Nessun Dorma, los Beatles o Elton John, este último una preferencia un poco fuera de lugar. “¿Por qué tenemos que escuchar a este liberal rarito?”, preguntó un elector.

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