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  • AFP

Juan Coronado es mexicano pero ha pasado la mayor parte de su vida en Estados Unidos. En 1977 se fue de "mojado" cruzando ilegalmente por Ciudad Juárez, adonde regresó este miércoles para rezar con elpapa Francisco en la misa transfronteriza que dedica a migrantes como él.

Este jornalero de 52 años, que lleva un crucifijo de madera colgando de su camisa de cuadros, recuerda que hace años "era fácil cruzar". Uno solo tenía que pasar "ahí adelantito por el Río Bravo" y luego "viajar escondido en los vagones del tren" hasta Texas.

De hecho, para ver al papa junto a su mujer, Juan hizo fácilmente en sentido contrario el camino que cada año batallan por recorrer miles de mexicanos y centroamericanos sorteando extorsiones, secuestros e incluso asesinatos del crimen organizado y a veces de policías corruptos.

"Nosotros nos fuimos porque donde nacimos era muy pobre, no había qué comer", dice este hombre originario de San Luis Potosí (norte) que vive desde hace casi 40 años en Demin, Nuevo México. Pero reconoce: "Allí casi no se nos tiene en cuenta".

Juan y su mujer se cuentan entre las más de 200,000 personas que, desde primera hora de la mañana empezaron a llegar a la orilla del Río Bravo de Ciudad Juárez, donde el papase despedirá de México con una emotiva misa a favor de los derechos de los indocumentados.

Juan explica que rezará para "que se dé la reforma migratoria que tiene a muchos esperando y para que no sigan las deportaciones".

Como él, había muchos mexicanos que llevan tiempo viviendo "del otro lado", aunque, aclara su esposa, "uno siempre es de México". Y hoy regresaron a su país natal para esta histórica visita papal.

El miedo a ser deportado

"Yo viví por muchos años con miedo de que me fueran a agarrar pero al final logré mi sueño, aunque siento que ya Estados Unidos sobrepasa las reglas separando a familias de migrantes", recuerda Conchita Somosa, una mexicana de 60 años que hace 20 vive en Nogales, Arizona.

Conchita recuerda que a ella le tocó "brincar" dos veces por el cerro, incluso recién operada de un tumor, porque ya tenía a sus hijos ahí y, de hecho, se le escapan las lágrimas cuando piensa que hubo un tiempo en el que podría haber sido deportada como ahora les pasa a cada momento a cientos de indocumentados.

Por su condición fronteriza, Ciudad Juárez recibe a buena parte de estos deportados que hoy probablemente escuchaban con atención las palabras del papa o, quizás, aprovechaban el caos de la ciudad para tratar de cruzar sin ser vistos.

En todo caso, el mensaje del papa a uno y otro lado del Río Bravo debe ser "positivo no nada más para la gente de ambos lados sino para los gobernantes, para que tengan más piedad y más consideración por los migrantes", pedía Maria Ortega Cruz, una juarense de 62 años que vive en Chicago desde los 14 años.

"Me gustaría que el papa elevara la voz por todos los que no la tenemos, porque es muy necesario", decía Marisela, una psicóloga de 48 años que lleva 21 años en Canadá y que regresó a su ciudad natal junto a su marido para recibir las bendiciones del papa.

Desde "el otro lado"

Desde el otro lado de la frontera, en El Paso (Texas), Sandra Ovalle, mexicana de Chihuahua de 32 años, también esperaba ansiosa las palabras del pontífice en un polideportivo habilitado para 50,000 personas.

En el recinto, la gente --muchos migrantes que ya llevan años "del otro lado"-- hacía la ola y gritaba vivas al papa.

"Ya nos sentimos bendecidos aun cuando no veamos personalmente al papa. Esperamos que el papa logre que cambien nuestros gobernantes, que tengamos su apoyo y que, ahora sí, cambien las cosas para bien", comentó Sandra, que viajo junto a su familia desde Albuquerque, Nuevo México, a El Paso.

A punto de cruzar el puente fronterizo para ver de cerca al papa, Soledad Treviso, una anciana mexicana en silla de ruedas tiene una sola petición para el papa: "Que nos dé alegría, que rece porque se resuelvan los problemas en nuestra comunidad y que influya para que los inmigrantes puedan quedarse en Estados Unidos".

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