•   Río de Janeiro, Brasil  |
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  • EFE

La presidenta brasileña, Dilma Rousseff, utilizó ayer un tono de despedida, a pocos días de la votación en el Senado que decidirá su futuro político, y admitió que le "partirá el corazón" no poder inaugurar, en diciembre, una obra crucial en una empobrecida región del noreste del país.

"Si hay una cosa de la que voy a estar muy triste será no estar aquí para ver a María o a João abrir el grifo y salir el agua", afirmó Rousseff en un discurso en Cabrobó, en el estado de Pernambuco (noreste), donde se ejecutan las obras del trasvase del río San Francisco.

"Se me partirá el corazón. Va a ser una injusticia, porque nosotros luchamos por hacer esa obra", agregó la mandataria, cuya suerte depende ahora de una votación en el pleno del Senado, que tendrá lugar la semana próxima.

En su discurso, Rousseff reiteró que el proceso de destitución en su contra se trata de un "golpe" de Estado con el que la oposición pretende asumir el poder con el objetivo de acabar con los programas sociales que impulsó su Gobierno y el de su predecesor, Luiz Inácio Lula da Silva.

Según Rousseff, los políticos que tratan de alejarla del poder han decidido "que esta crisis tiene que ser enfrentada reduciendo los programas sociales".

"No renunciaré"

Asimismo, volvió a subrayar su inocencia de los cargos que le imputan, unas maniobras contables realizadas por su Gobierno en los últimos años, practicadas también por otros presidentes que la precedieron, y reiteró que no renunciará.

"No renunciaré. Me voy a quedar peleando, soy la prueba de la injusticia, están condenando una persona inocente, no hay nada más grave", comentó.

Una comisión del Senado aprobó hoy el informe que recomienda la apertura de un juicio político con miras a la destitución de Rousseff, lo cual será decidido la semana próxima por el pleno de la Cámara Alta.

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