Béatrice Debut
  •   Soweto, Sudáfrica  |
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  • AFP

El 16 de junio de 1976 miles de estudiantes tomaron las calles del suburbio pobre de Soweto en protesta contra la imposición de la lengua afrikáans. La policía sudafricana respondió desatando un baño de sangre. Fue el principio del fin del apartheid.

Cuarenta años después, algunos testigos recuerdan ese día en el que la historia de Sudáfrica dio un giro.

Dan Montsitsi preparaba la protesta desde hace meses. "Ni nuestros padres, ni los profesores, ni la policía estaban al corriente", contó a la AFP. "Nos nos podíamos creer el número de estudiantes que habíamos conseguido convencer" para participar en ella.

Los niños, muchos de ellos vestidos con el uniforme del colegio, agitaban pancartas de cartón con lemas como: "Al diablo con el afrikáans", "El afrikáans apesta", "hay que abolir el afrikáans".

La imposición de esta lengua a la población negra -que lo hablaba mal- "era una estrategia del régimen del apartheid para impedirnos tener éxito", recuerda Joy Rabotapi, actualmente un hombre de negocios.

"Estábamos cantando y bailando a la altura de la escuela Orlando West High cuando llegó la policía", añade. "Nos dio cinco minutos para dispersarnos. Nos negamos. Soltaron un perro entre la muchedumbre. (...) Se lo devolvimos muerto. Estaban furiosos, claro, y lanzaron gases lacrimógenos".

"Respondimos con una lluvia de piedras y comenzaron a disparar, con frecuencia por la espalda contra los estudiantes que huíamos".

El primero en morir fue Hector Pieterson, de 13 años. La fotografía en blanco y negro de su cadáver transportado por un compañero desolado, al lado de su hermana, muy asustada, dio la vuelta al mundo.

"No creíamos que alguien pudiese morir sólo por caminar por la calle con el puño en alto", recordó Trofomo Sono, por aquel entonces estudiante. "Los niños se protegían de las balas con las tapas de los contenedores de basura".

'Un país al rojo vivo'

Al día siguiente "el país estaba al rojo vivo", recuerda Dan. "De repente, no teníamos miedo de la policía, ni de los afrikáners, estamos preparados para luchar".

Sudáfrica se sumió en una oleada de violencia inédita desde la instauración del régimen segregacionista en 1948.

Cuarenta años después no se tiene un balance exacto de la violencia registrada el 16 de junio de 1976 pero en unos meses la represión causó por lo menos 500 muertos.

El mundo comenzó a adoptar sanciones contra el régimen. En 1977 la ONU decretó un embargo sobre la venta de armas a Sudáfrica.

Pero el régimen resistió hasta 1994, año en el que Nelson Mandela llegó al poder.

El mes de junio de 1976 quedó grabado para siempre en la memoria de Granny Seape, una estudiante de Fort Hare (sudeste). Cuando se acercaba a Johannesburgo, el 17 de junio, oyó hablar de la revuelta. Cerca del suburbio "se veía humo, edificios en llamas".

Se preocupó por su hermano pequeño, Hastings Ndlovu, de 17 años, que estudiaba en Soweto. "Lo encontramos al cabo de cinco días en la morgue, entre una pila de cuerpos. "Tenía una bala entre los ojos".

Hostigada por la policía, Granny se exilió. No volvió a Sudáfrica hasta que Mandela salió de la cárcel, en 1990.

Mi hermano "contribuyó a la liberación de Sudáfrica", declara orgullosa esta empresaria de 59 años.

"Respeto mucho a estos chicos", asegura el reverendo Frank Chikane, quien sobrevivió a un envenenamiento durante el apartheid. "Cambiaron Sudáfrica".

Ahora "todos los sudafricanos pueden votar", aunque las cosas no avancen a la velocidad deseada, se alegra Dan.

Trofomo no tiene trabajo. "Cuando veo la pobreza, pienso que a lo mejor esos alumnos sacrificaron sus vidas por nada", afirma. Más de un cuarto de la población activa, la mitad de ella de menos de 35 años, está desempleada. "Aún así creo que valía la pena (...) Hay democracia".

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