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Se desconoce el número exacto de opositores a Augusto Pinochet que pasaron por estas oscuras celdas. Las llamaban “El Hoyo” y sus supervivientes las ubicaban en algún lugar de Santiago bajo tierra. Ahora se sabe que ese infierno se situaba en los sótanos del Palacio de La Moneda, actual sede del Gobierno, que había sido bombardeado durante el golpe militar de 1973.

“Nos tenían encerrados durante días con los ojos vendados, sin comer, sin beber o ir al baño”, dice a Efe Patricia Herrera, una de las supervivientes de ese centro del horror.
Su existencia no había sido reconocida por una autoridad, hasta que en septiembre pasado la presidenta Michelle Bachelet lo mencionó en un discurso en la Plaza de la Constitución.
“Bajo esta plaza se violaron los derechos humanos. Vamos a hacer todo lo necesario para que ese centro de tortura sea también un sitio de memoria, que preserve el recuerdo de quienes aquí sufrieron tanto”, señaló la mandataria.

ERA ESTUDIANTE

Herrera fue secuestrada la tarde del 27 de junio de 1974 cuando regresaba de la universidad.

Tenía 19 años y pertenecía al Partido Socialista. A golpes la hicieron entrar en un coche, le vendaron los ojos y le ataron las manos. “Eso te pasa por ser universitaria y meterte en política”, le dijeron.

No sabe con exactitud cuántos días estuvo encerrada, solo recuerda que al cabo de un tiempo cayó muy enferma y perdió la conciencia a causa de los golpes y las violaciones reiteradas.

“Nunca supe el lugar en el que estaba. Tampoco si allí había más gente. Me aislé del exterior y me concentré en sobrevivir”, explica.

“El Hoyo” fue uno de los centros de tortura clandestinos que funcionó en los subterráneos de la Plaza de la Constitución, la explanada situada en el centro de la capital chilena en la que se alza el Palacio de La Moneda, sede de la presidencia de la República con los gobiernos constitucionales.

LA MONEDA BOMBARDEADA

Después del golpe de Estado de 1973 y el bombardeo por parte de la fuerza aérea de Chile, La Moneda dejó de funcionar como sede presidencial y fue abandonada. Sin embargo, la actividad siguió en sus sótanos, que se convirtieron en el centro de operaciones del Servicio de Inteligencia de Carabineros (Sicar) donde se encerró, torturó y violó a un número indeterminado de opositores al régimen.

A partir de 1974, esta unidad de Carabineros colaboró estrechamente con la Dirección de Inteligencia Nacional, la policía secreta de Pinochet conocida como DINA, tanto en la seguridad de los centros de tortura como en determinadas operaciones de exterminio.

Gran parte de las víctimas que pasaron por esas antiguas oficinas reconvertidas en celdas pertenecía a las juventudes del Partido Socialista, que intentaba reorganizar la resistencia.

Ana María Campillo es otra de las personas que fueron confinadas en esos recintos situados justo en la intersección de la calles Agustinas con Teatinos.

“Fui torturada con corrientes, golpeada y violada en distintas ocasiones”, explica Campillo a Efe mientras recuerda cómo con los ojos vendados, la obligaban a desnudarse y responder a preguntas sobre la Comisión Política del Partido Socialista.

Campillo narra su paso por “El Hoyo” sin vacilar mientras recorre de nuevo esos espacios del horror reconvertidos en oficinas del departamento de movilización del Palacio de La Moneda, encargado de coordinar el desplazamiento de los funcionarios y asesores de la sede presidencial.

Solo algunos muros de cemento y unas escaleras siguen en el mismo sitio que en 1974; el resto ha sido modificado para adecuarlo a las nuevas necesidades.

Sin embargo, las víctimas confiesan que en el lugar todavía rezuma el miedo y el tormento de quienes fueron hacinados ahí en condiciones infrahumanas.

El recuerdo de una rampa y una pared curva además del incesante escrutinio mental de todo lo que sucedió esos días permitió a Herrera, Campillo y otras recluidas en “El Hoyo” deducir la ubicación de ese inframundo.

Cuarenta y dos años después de ese espantoso episodio de sus vidas, ambas mujeres siguen clamando justicia y luchando por conocer la verdad sin entender cómo se ha podido tardar tanto en reconocer la existencia de este centro de torturas.

“Este lugar es un símbolo de algo que no se ha resuelto, es una señal de que aún nos queda mucho por caminar hacia la verdad. Espero que algún día esto sea un sitio de memoria donde de alguna manera, se exprese un canto a la vida”, desea Campillo.

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