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  • AFP

Las elecciones presidenciales del 8 de noviembre en Estados Unidos se decidirán en una decena de estados, donde la disputa es particularmente ajustada o donde el voto puede empujar todo proceso en una dirección u otra.

En este final de campaña, Hillary Clinton y Donald Trump dedican casi todo el tiempo a esos escenarios de batalla, prácticamente ignorando al resto del país.

Estados Unidos posee un sistema de elección indirecta en el que cada estado tiene asignado un número de representantes al colegio electoral (los llamados "votos electorales"), que dependen del tamaño de su población.

Con las notables excepciones de Maine y Nebraska, el candidato presidencial que gana un estado se lleva todos los votos electorales, ya que no rige un sistema proporcional.

Para llegar a la Casa Blanca, un candidato precisa por lo menos 270 de los 538 votos electorales el día de la elección.

Por ello, el sistema hace que los candidatos se concentren en los estados en que la disputa es más apretada, en detrimento de aquellos en los que el resultado no debe arrojar sorpresas.

Esto explica que California -predominantemente demócrata- ni Oklahoma -predominantemente republicana- reciban tanta atención de parte de los candidatos.

En esta elección en particular, Florida, Pensilvania, Ohio, Carolina del Norte y Virginia son considerados los terrenos de batalla más importantes.

Florida distribuye nada menos que 29 votos electorales, al tiempo que Pensilvania atribuye 20, Ohio 18, Carolina del Norte 15 y Virginia 13.

Para llegar al número mágico de 270, hasta el pequeño estado de Iowa, que distribuye seis votos electorales, puede inclinar la balanza.

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