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El presidente de EE. UU., Donald Trump, inició ayer una gira de nueve días, que le llevará a Arabia Saudí, Israel, el Vaticano, Bruselas y Sicilia (Italia), en medio de la mayor crisis de su corto mandato tras el despido del jefe del FBI y el nuevo impulso a la investigación de sus posibles nexos con Rusia.

Con esta gira Trump quiere pasar página, o al menos hacer un paréntesis, tras días de infarto, con continuas noticias de última hora sobre que pudo presionar al FBI, concretamente a su ya exdirector James Comey, en un intento por dar carpetazo a la investigación de la supuesta injerencia rusa en las elecciones de noviembre y los posibles lazos con su campaña.

Frente a las afirmaciones de Trump, tras su despido fulminante como jefe del FBI Comey ha revelado, a través de información facilitada a los medios por confidentes y amigos, que el presidente le exigió “lealtad” y que quería obstruir la investigación que el FBI abrió sobre los supuestos nexos entre su campaña y el Kremlin.

Comey, quien ha sido invitado a testificar en el Congreso, asegura tener memorandos de las conversaciones que mantuvo con Trump y los legisladores han pedido al FBI poder acceder a ellos.   

Mientras, el fiscal general adjunto de EE. UU., Rod Rosenstein ha mantenido sesiones informativas a puerta cerrada, el jueves en el Senado y este viernes con miembros de la Cámara de Representantes, sobre los detalles del despido de Comey.

La Casa Blanca dijo en un principio que Trump se había basado en un informe de Rosenstein para destituir al jefe del FBI, pero el presidente afirmó después que él ya había tomado la decisión de despedir a Comey antes de pedir las recomendaciones al vicefiscal.

En las declaraciones preparadas de sus sesiones informativas, distribuidas ayer por el Departamento de Justicia, Rosenstein ratifica que sabía que Trump iba a despedir a Comey cuando redactó su informe al defender, además, su contenido.

“A pesar de mi afecto personal por el director Comey, pensé que era apropiado buscar un nuevo líder (para el FBI)”, asegura también Rosenstein.

Por otro lado, el vicefiscal ha sido quien ha nombrado esta misma semana a Robert Mueller, que dirigió el FBI entre 2001 y 2013, como fiscal especial de la investigación sobre la presunta injerencia rusa en las elecciones y las posibles conexiones con el equipo de Trump.

En el Congreso tanto demócratas como republicanos han cerrado filas a favor de esa designación, que sienta las bases para abordar un posible juicio político y eventual destitución del presidente si se demuestra, por ejemplo, su voluntad de obstruir a la Justicia o una confabulación con el gobierno ruso.

Aunque ha dicho respetarlo, Trump considera que el nombramiento de Mueller “daña” al país y que es “una pura excusa para los demócratas” por haber perdido las elecciones de noviembre.

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