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Natanesse Elder vive desde hace una semana pegado a su teléfono móvil. Está esperando una llamada que, de momento, no llega.

"Mi familia que vive en Nueva York me va a mandar 1,000 dólares para poder seguir viajando", explica a Efe este joven de 27 años que dice ser de República Democrática del Congo y que le planta cara al día sentado en un banco de la estación de autobuses de Albrook, a las fueras de la capital panameña.

Le rodean tres compatriotas, que cargan las baterías de sus teléfonos en los únicos enchufes que hay en esta zona de la terminal, que se ha convertido en un punto de peregrinaje para los africanos que reniegan de Europa y optan por cruzar Latinoamérica en busca del tan manido sueño americano.

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Elder cuenta, en un portuñol macarrónico, que salió hace un mes del Congo porque la violencia era "insoportable". Voló hasta Brasil y recorrió solo y a pie Ecuador, Colombia y Panamá gastándose "mucho dinero americano", cerca de 1,500 dólares.

Dice que pasó miedo en la selva del Darién, un inhóspito bosque tropical de 6,000 kilómetros cuadrados que hace de frontera natural entre Colombia y Panamá y donde campan a sus anchas jaguares y perros salvajes.

Y aunque es consciente de que le queda por recorrer la parte más dura de su largo viaje, el conocido Triángulo Norte de Centroamérica (Guatemala, Honduras y El Salvador) y la frontera mexicana, ahora su obsesión es contactar con sus parientes en EE.UU. para poder comprar un billete de autobús que lo lleve a Costa Rica.

"No tengo pasaporte para recibir el dinero. Tengo que buscar a una persona de Panamá para que lo reciba por mí, no sé cómo voy a hacer", explica.

La mayoría de los migrantes deambula por el continente sin documentos de identidad para evitar ser deportados y llega a Panamá casi con lo puesto porque temen que les roben sus escasas pertenencias durante la travesía colombiana.

"Cada día llegan a la terminal entre 100 y 200 personas, la gran mayoría se va en menos de 24 horas, pero siempre quedan rezagados que se quedan varados por falta de recursos: o no han logrado el contacto o no han recibido el dinero suficiente para continuar su viaje. Ahora hay cerca de 50", asegura a Efe el director de Operaciones y Seguridad de la central de autobuses, Benjamín Solís.

El día a día de estos migrantes, eterno y tedioso, choca con la actividad de la estación de Albrook, posiblemente el punto con mayor tráfico de personas del país.

Desde aquí, sale la mayor parte de los autobuses que conecta la capital con las provincias interiores y la única línea de metro que funciona en Panamá.

Mientras los viajeros se apresuran a subirse a los humeantes y destartalados autobuses, los africanos cuentan las horas en un improvisado campamento en el primer piso de la terminal.

Varias mujeres charlan animadas cerca de los baños habilitados especialmente para ellos y una joven amamanta a su bebé de tres meses.

A lo lejos un chico se baja de un autobús y corre hasta un grupo de jóvenes con gorros de lana y rastas que le recibe con cánticos en francés y abrazos y besos.

"Muchos de los que dicen ser africanos en realidad son haitianos que huyeron a Brasil tras el terremoto de 2010 y que han decidido emigrar a Estados Unidos ahora que la situación económica de Brasil es complicada. Por eso saben hablar portugués. Se hacen pasar por africanos por miedo a que les deporten", apunta a Efe el director de Migración de Panamá, Javier Carrillo.

"Hace un año eran nepalíes, luego cubanos y ahora africanos y haitianos. Actualmente hay cerca de 1,000 migrantes en tránsito en Panamá", añade.

El paso de migrantes por Centroamérica no es un fenómeno nuevo. El istmo lleva años apareciendo en los catálogos de los traficantes de personas, pero desde hace algunos meses acapara los titulares de medios de todo el mundo, especialmente después de lo que se conoce como la "crisis de los cubanos".

A finales del año pasado y principios de este, cerca de 8,000 cubanos se quedaron atrapados en Centroamérica y tuvieron que ser trasladados en un operativo especial a México porque Nicaragua decidió cerrar sus fronteras, lo que empujó a Costa Rica y Panamá a blindarse también, aunque este último, "por razones humanitarias", los está dejando pasar con cuentagotas.

Los amigos de Elder le animan a que siga hablando con la prensa, ya que es el único del grupo que más o menos se hace entender, porque saben que tienen una oportunidad de oro para denunciar su situación y hacerse mínimamente visibles en un mundo de invisibles. Él, mientras tanto, sigue pendiente del móvil.

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