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El viernes 30 de octubre de 1998, Adriana Muñoz perdió para siempre la alegría. Ella, acostumbrada a organizar las mejores pachangas del pueblo, se quedó sin ganas de volver a hacer una fiesta en su vida. También se quedó sin casa, perdió a su esposo, a su madre, a su hijo menor de 12 años, a tres sobrinos, a su hermana y a 22 familiares más, todos en un mismo día, cuando las lluvias del huracán Mitch provocaron el derrumbe del volcán Casita sobre los pobladores de sus faldas.

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“Ahí perdí las ganas de vivir", expresa Adriana Muñoz. La tristeza le quedó grabada en los ojos que se humedecen cuando empieza a recordar aquel día, de hace 15 años.

En la casa de Muñoz estaba el bar de la comunidad “Rolando Rodríguez”. Ahí "se armaban las bebederas" de ese caserío. Ahí no había fiesta patronal, pero todos los meses de julio se celebraban las fiestas más largas del año. “Eran cuatro días antes del 19 de Julio, que empezaban y seguían a veces hasta tres días después. Todos llegaban, se organizaban bailes, era alegrísimo aquello", relata.

La última vez que vio a su madre

Pero ese 30 de octubre todo cambió. Eran las 11 de la mañana cuando Adriana Muñoz salió a pastorear su ganado, acompañada de cuatro mozos que trabajaban para ella. Lo último que le dijo a su madre fue que volvería en un par de horas. Ya no pudo y esa fue la última vez que la vio.

"La habría abrazado si lo hubiese sabido", comenta con resignación. Mientras se alejaba de la casa pudo ver la corriente de lodo, enorme, que se desprendía del pico del volcán Casita y venía hacia su comunidad.

"Salí corriendo y miré frente a mí pasar casas destruidas y la corriente llevándose a una mujer que había estudiado conmigo desde la niñez. Tengo grabado sus ojos tristes que me miraban como despidiéndose para siempre. No la pude salvar”, cuenta Muñoz.

Vuelve para estar con sus deudos

Adriana Muñoz también fue alcanzada por el aluvión, a pesar de haber corrido. Recibió tantos golpes que perdió el sentido y despertó hasta las 7 de la noche del mismo día, cuando la encontraron atrapada entre troncos de árboles. Estaba desnuda por completo, a unos 4 kilómetros de donde la atrapó la corriente.

Después, el Estado le dio una casa en Santa María, donde reasentaron a más de 350 familias afectadas por el alud, para que vivieran más seguras, pero ella dejó esa casa, para volver a residir en las faldas del Casita. Explica que retornó al sitio de su antigua comunidad porque tuvo una pesadilla en la que volvía a ser arrastrada por un deslave, pero esta vez en el nuevo caserío de Santa María.

Aunque unas monjas llegaron a darle apoyo y ofrecieron construirle una casa en otro lugar, ella se negó y prefirió retornar al lugar donde perdió a sus parientes, aunque ahora a la casa de su hermano, ubicada a 3 kilómetros de donde vivía en 1998.

"Siento que estoy aquí con mis deudos, y aunque me da miedo la zona a veces cuando llueve, no quiero estar en otro lugar”, enfatiza.

Traer esos recuerdos le provoca lágrimas. "A veces me iba sola a las cañadas a llorar y le pedía a Dios que volviera un aluvión y me llevara", confiesa.

Muñoz manifiesta que le resiente saber que mucha de la ayuda que recibió el país, por la desgracia del Mitch, nunca llegó a manos de quienes la necesitaban. "Se lucraron con nuestro dolor, el presidente Arnoldo Alemán fue el primer insensible que ni siquiera creyó en la muerte de tantas personas cuando la entonces alcaldesa Felícita Zeledón lo llamó para contarle la tragedia”, expresa.

Según ella, en Santa María no hay oportunidades porque solo tienen casa, no les dieron herramientas para producir. En cambio, en las faldas del Casita tiene tierra fértil, áreas donde sembrar y criar animales, como hacían antes de la tragedia.

"Allá, en esa casa regalada, me sentía enjaulada; era como estar muerta en vida”, dice Adriana.

La necesidad de cultivar

Alex Salgado también regresó a vivir al volcán Casita. Cuando el huracán, él residía en El Porvenir, la otra comunidad arrasada por el alud, pero se salvó porque ese día andaba trabajando fuera de la zona. Perdió a familiares, su casa y sus cultivos.

"Fue triste. Perdí a mi abuelo, a un tío, a tres hermanos, a dos primas y a un montón de amigos. A ninguno de ellos los pude encontrar cuando buscamos sus cadáveres", rememora. Formó parte de los grupos de rescate de huesos que fueron ubicados en un santuario.

Hace 5 años armó un rancho con cuatro troncos y techo de plástico, para tener un lugar donde vivir. Igual que Adriana, dejó su casa en Santa María porque, según explica, se cansó "del arribismo de algunos dirigentes de la comunidad” y porque padecían hambre.

"Llegó mucha ayuda, nos dieron hasta un tractor, un bus, pero todo eso lo acapararon algunos y a la mayoría no le quedó nada", afirma Salgado.

Dice que sembraban en conjunto, pero al año solo les quedaba un pequeño saco de lo cosechado, que no les duraba ni un mes. "Me cansé de eso y preferí venirme porque allá me iba a morir de hambre", recalca.

Sin otra opción

Yarling Laguna le tiene miedo a la lluvia. Le trae recuerdos trágicos. En el deslave del Casita murieron ocho familiares suyos. Aunque él salió corriendo, fue alcanzado por el alud y quedó enterrado durante dos días, hasta que lo rescataron. Se salvó de milagro.

“Desperté y estaba enterrado entre el lodo. Moría de dolor y de hambre, así estuve hasta que me rescataron”, relata.

Su casa quedaba donde ahora está el Parque Memorial, en homenaje a las víctimas del deslave del volcán Casita, justo al lado de la fosa común donde depositaron restos de cuerpos irreconocibles. Donde no quedó nada, sembraron más de 2,800 árboles simbolizando a todos los fallecidos solo en el Casita.

Su mamá estaba embarazada y sobrevivió, pero nunca ha regresado al Casita. Le da horror volver a ese lugar. Laguna sí volvió al volcán, para trabajar, porque considera que es la única forma en que puede subsistir.

“Aunque tenga miedo del lugar y sea una zona peligrosa, aunque podamos morir aquí, es nuestra única opción”, asegura.

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