26 de octubre de 2008 | 21:24:00


Floreciente negocio del lado costarricense
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Niñas nicas se prostituyen en aduana de Peñas Blancas

Nicolás Aguilar R. | País



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Peñas Blancas, La Cruz, Guanacaste / Tomado de La Nación, Costa Rica
A estas niñas las llaman “chicleras” porque durante parte del día venden goma de mascar a traileros y a cientos de personas que hacen fila en Migración y Aduanas en las cercanías del puesto fronterizo con Nicaragua.

Pero ese no es su oficio real.

En realidad, para estas personas menores, de 11 a 15 años, ofrecer cajitas de chicles es una mampara para burlar a la Policía.

Al primer descuido de las autoridades, se escabullen hacia las largas filas de furgones para ofrecer otro tipo de mercancía: sus pequeños cuerpos.

También hay varones de las mismas edades, incluso un travesti de 14 años... pero con tres años de experiencia.

En casi cualquier punto de este puesto fronterizo muchos saben de las correrías de los menores. Algunos dicen entender su proceder porque alegan que “son muy pobres y sobreviven de esa manera”.

Según constató este diario, los clientes son abundantes y el “negocio” floreciente.

A cualquier hora
De acuerdo con informes de vecinos y autoridades, un grupo de 30 personas, la mayoría mujeres, se prostituye diariamente en Peñas Blancas, entre ellas al menos 10 niñas.

Es posible encontrarlas a cualquier hora, confundidas entre viajeros, intermediarios y empleados en medio del barullo típico de una zona fronteriza que se hizo pequeña para tanta gente.

También se observa a niños merodear entre las filas ofreciendo jalar maletas o realizar “cualquier mandado”. Incluso se ofrecen para servir de guías en el trasiego de indocumentados por caminos secundarios.

“Hay que ganarse algo a como sea, pero los policías nos agarran y nos hacen echadas... Somos muy pobres, y lo que gana mi papá no nos alcanza”, dice, con voz impostada, tratando parecer de más edad, una menor, mirando hacia todos lados en busca de clientes.

Ella, al igual que otras niñas provienen generalmente de Rivas, Nicaragua, según las autoridades.

Aunque también hay jóvenes costarricenses de La Cruz, y otros cantones guanacastecos, son las menos, y prefieren intentarlo en bares o cerca de restaurantes para no quedar en evidencia.

“Casi siempre andan en esas cosas de noche, pero de día se les ve vendiendo chicles. Siempre van y vienen”, afirma Luis Fernando Ortega, funcionario de un pequeño puesto del Ministerio de Salud.

Según dice, la mayoría de los clientes son traileros en tránsito, pero también “hay carambillas que juegan de novios con ellas”.

Aunque las expulsen hacia suelo nicaragüense, las pequeñas y las adultas se las ingenian siempre para volver, utilizando para ello pasos secundarios sin suficiente vigilancia policial, los cuales abundan en este cordón fronterizo.

Los clientes, en su mayoría, son muchos traileros, que debido a los engorrosos trámites aduaneros y migratorios deben hacer fila del lado costarricense hasta dos días para continuar su viaje al exterior.

Ortega sostiene que se ha escuchado hablar de “algunas damas con sida”, pero no han detectado --mediante pruebas que ofrecen gratuita y voluntariamente-- ningún caso en Peñas Blancas.

Aquí, ante el desorden imperante, con largas filas por todos lados y decenas de “intermediarios” ofreciendo sus servicios para agilizar cualquier trámite, la prostitución es de muy difícil control.

“El problema principal fue la tolerancia que reinó durante muchos años, y ahora los problemas son muchos y difíciles de solucionar”, advierte Enrique Oviedo, encargado de la sede local del Ministerio de Agricultura y Ganadería en la zona. Han buscado soluciones pero los esfuerzos son aún inútiles.

En este lugar tampoco hay una oficina del Patronato Nacional de la Infancia.

Recuadro
Adolescente de 14 años vende refrescos... y su cuerpo
Nicolás Aguilar R.

A primera vista parece una delicada muchacha sin mayores preocupaciones que la de hacer amigos para divertirse.

Vive en Rivas, Nicaragua, pero pasa la mayor parte del tiempo en el cordón fronterizo de Peñas Blancas, en La Cruz, Guanacaste. Allí, según dice, “vendo refrescos para ayudar a mi familia”.

Luce unos ajustados pantalones de licra, una blusa igualmente pegada al cuerpo y mueve las caderas con fingida sensualidad.

Su voz fina, el movimiento afeminado de sus manos, su forma de mirar; con ternura, confunden a cualquiera.

No es una mujer, es un adolescente de 14 años a quien le gusta vestirse de mujer, y además de vender refrescos se prostituye desde hace varios años, según lugareños.

“Mi papá trabaja en el campo y lo que gana no alcanza. Yo le ayudo como sea, es la verdad”, afirma, sin dejar de mirar a todas partes, a la espera de un descuido de dos policías a quienes confía burlar como ha hecho muchas otras veces.

Según dice, es detenido frecuentemente y regresado a suelo nicaragüense, pero “yo me la juego y me meto por cualquier lado porque se come todos los días”.

El adolescente rehúsa hablar de sus clientes, pero las autoridades sostienen que son casi siempre traileros y turistas foráneos.

Es frecuente verlo merodear por una oscura callejuela de lastre donde aparcan decenas de furgones, cuyos conductores, tras días de viaje, anhelan compañía.

Este muchacho se hace acompañar de otros menores, algunos de los cuales, estima la Policía, aprovechan descuidos para apoderarse de maletines, ropa y billeteras.

También roban las llantas de repuesto y, en algunos casos, hasta combustible de los furgones. El adolescente, quien dice “pulsearla” incluso fines de semana, observa a unos policías acercarse y camina disimuladamente hacia suelo nicaragüense.

“Ayer me tuvieron como dos horas detenida. Así no se puede ganar mucho, pero por dicha también me la juego como coyote y pagan bien... ahorita me devuelvo”, afirma sin detener su paso.

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