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I

Mi pierna derecha falsea. Hace ocho meses pude haber muerto, un tipo me apedreó en la calle, rompiéndome en tres partes la tibia. Por las fracturas fui sometida a tres operaciones, pasé enyesada tres meses y otros tres más en fisioterapia. Fui víctima de un hombre y de su odio. Mi nombre es Bárbara Quiroz y soy una chica trans.

Todo ocurrió el 10 de noviembre a las ocho de la noche, cuando regresaba de dejar a mi pareja, que esa noche tenía turno en la zona franca donde trabaja. Un vecino, a quien conozco desde pequeña, empezó con el vulgareo de siempre.

-Cochón degenerado -me gritó.

Siguió con lo mismo un rato más, que cochón aquí, que cochón allá. No le contesté nada. Ni sí ni no. Jamás lo he hecho. Pero, como siempre, él insistió.

-Vos cochón, dame un cigarro.

-¿Y por qué te lo voy a dar? -le contesté, y ahí fue cuando comenzó todo.

Intentó arrebatarme la cartera y luego me agarró a pedradas. Habría muerto de no ser porque doña Luisa me salvó. Escuchó los gritos, y a como pudo me jaló hacia su casa. Él iba a rematarme, pero ella me salvó. Un amigo que vive enfrente le avisó a mi mamá y me llevaron al hospital.

Lo que siguió fue más sufrimiento, no solo por mi pierna y por estar incapacitada. Fui a denunciarlo y el proceso judicial fue difícil. Este tipo estuvo todo el tiempo en libertad, y aunque fue condenado por lesiones graves, está prófugo. Me han dicho que se encuentra en Estelí…

II

478 años antes mataron a Andrés Caballero. Fue en León Viejo. Allí se registró el primer crimen de odio del que se tiene conocimiento en Nicaragua. Lo cuenta el escritor e historiador Jorge Eduardo Arellano en su artículo “Etapas de la Inquisición en Centroamérica (1569-1620)”, publicado en este diario en junio de 2010. Por orden del alcalde Diego de Tapia, Andrés Caballero fue quemado vivo por ser homosexual.

Caballero, dice el historiador, fue “amigo íntimo de Francisco de Castañeda -heredero del poder de Pedrarias (Dávila)- en cuya casa, contiguo a la de Caballero, había un postilo y puerta de comunicación”. Pese a que los casos de “sodomitas” -tal como se les llamaba peyorativamente- eran unos pocos, el historiador agrega dos casos más: en 1786 “Joseph Manuel Virto y Joseph Gregorio Ibarra (‘Los Chepes’), fueron procesados en Rivas por estar maculados por el pecado nefando contra natura”.

-Ahora se hacen más notorios los crímenes de odio, pero siempre han existido y nunca se tipifican como tales -dice Mística Guerrero, mientras hace una pausa en su salón de belleza.

Guerrero es una activista de los derechos de la diversidad sexual, y dice que tiene cinco casos para fundamentar la aseveración anterior. Es una joven trans, como se identifican entre la comunidad LGBTI (Lesbianas, Gay, Bisexuales, Transexuales e Intersex).

Las trans, como ella, se sienten y conciben como parte del sexo opuesto, que social y culturalmente se asigna a su sexo biológico. Pueden optar por una intervención médica -hormonal, quirúrgica o ambas- para adecuar su apariencia física–biológica a su realidad psíquica, espiritual y social. No es el caso de Mística, quien aspira a ser enfermera.

Hace dos años asesinaron brutalmente a una amiga suya, también trans. Se llamaba Julissa, y su nombre legal era Julio. Cuando la conoció empezó a hacer prevención combinada, la aconsejaba sobre el uso del condón, de los lubricantes, y sobre las citas médicas a las que debía acudir.

-De esa forma se creó una relación un poco más afectiva, más de amistad. Ella era ayudante de cocina en un comedor, y a veces se ausentaba por falta de tiempo. A Julissa le faltaba empoderarse en el tema de la transgeneridad -cuenta Guerrero.

-¿Cómo que le faltaba empoderarse?

-Pienso que tenía problemas emocionales -dice Guerrero.

Julissa era una morena de pelo largo que se depilaba las cejas, siempre estaba maquillada y vestía pantalones ajustados. Un día de pago se fue a comer con dos hombres a un bar ubicado por el complejo Conchita Palacios.

-Parece que uno de los chicos había sido pareja de ella -detalla Mística Guerrero-, detectaron que tenía dinero y se lo querían quitar.

Julissa murió a causa de los golpes con una piedra que le propinaron en la cabeza, y su familia nunca puso la denuncia. No se quiso exponer al escarnio.

-El móvil fue robo, pero se puede tipificar como crimen de odio por la manera como la asesinan. Yo te robo, te agredo, te pongo un arma, pero no te mato de esa forma. La botaron al piso y le dejaron caer una piedra siete veces. Si hubiese sido solo un robo, la hubieran golpeado, pero no con esa saña, con ese odio.

Otro caso que presenta como ejemplo es el asesinato de Eddy Ramírez, en León, quien murió en 2012 a causa de los múltiples golpes que un par de hombres le propinaron, luego que intentaron asaltar a su pareja, otro varón. Con Ramírez también se ensañaron. Hasta perdió el ojo.

-Y está el caso de la muchacha trans que mataron en Rivas hace cinco años, era de Belén. La asesinaron, venía de una fiesta y fue asesinada sobre el camino. No se determinó el móvil. Nunca hubo pruebas ni testigos.

Hasta la fecha no hay un consenso sobre qué es un crimen de odio. En la legislación nicaragüense no está contemplada esa figura, aunque en el Código Penal sí se considera como agravante la discriminación por orientación sexual.

Universalmente se entiende que el crimen de odio es todo acto doloso, generalmente realizado con saña, que incluye violaciones del derecho a la vida, a la integridad personal, a la libertad personal, y cuya principal intención es causar daños graves o la muerte. La persona que lo comete basa su agresión en la intolerancia, el odio y la discriminación hacia un grupo vulnerable, en este caso la población LGBTI.

Pese a que en Nicaragua la homosexualidad estuvo penada entre septiembre de 1992 y mayo de 2008 (el artículo 204 del Código Penal establecía el delito de sodomía), solo se registra una denuncia por esta causa, y hasta la fecha solo se ha logrado tipificar un caso como crimen de odio. Ocurrió en 1999. Aura Rosa Pavón, quien estuvo presa acusada de sodomía, fue asesinada brutalmente cuando cumplió su pena y salió del penal.

La procuradora para la Diversidad Sexual, Zamira Montiel, recuerda que “a pesar de que no existía (el delito de crimen de odio), el juez que llevó el caso llegó a la conclusión de que Aura Rosa, una mujer lesbiana, había sido asesinada solo por serlo”.

Para Montiel, “si hablamos de crímenes de odio, la primera que está manchada es la Iglesia. La primera incitación al odio es (decir) que las personas homosexuales son pecadoras”.

El principal problema que enfrenta la comunidad LGBTI es que los crímenes contra sus miembros no son tipificados como de odio, en parte, explica la procuradora, porque usualmente no se conjugan todos los elementos que confirmen que el victimario fue motivado a actuar por la orientación sexual o de género de la víctima.

-Desde afuera es fácil decir que fue un asesinato por su orientación sexual, pero si te voy enumerando los casos, no existen todos los elementos necesarios para llegar a decir que es un crimen de odio. Esto no significa que no han sido víctimas de la discriminación -agrega la funcionaria, quien es la primera que llega a ese cargo.

Como ejemplo recuerda un caso ocurrido en marzo pasado. Tres lesbianas sufrieron golpes graves en el rostro y en la cabeza. Fueron agredidas con tubos. Las organizaciones LGBTI alegan que las golpearon por ser lesbianas, pero con la denuncia en la mano, Montiel explica que las mujeres -que tienen un tramo en las afueras del Hospital Alemán- fueron golpeadas a raíz de una trifulca por un puesto de ventas.

-En ningún momento nos llegó una denuncia porque fueron discriminadas por su orientación sexual. Ella denuncia porque la Policía no ha hecho nada, y porque el Ministerio Público no ha acusado. En ningún momento dice que el hostigamiento fue por orientación sexual. Sería una irresponsabilidad mía decirlo, me debo basar en los hechos que me han sido narrados y en ningún momento dice que es por su orientación sexual -alega.

III

Soy Bárbara, técnica en enfermería, pero nunca he conseguido trabajo en eso. Nunca. Es muy difícil entrar al sistema de salud. Me piden que me corte el cabello y que no me maquille. Eso me dijeron cuando fui con otra compañera.

Mi compañera sí logró entrar, ¿pero cómo? Ella cambió todo, ahora es un chico gay y está trabajando en una clínica. Yo no estoy dispuesta a cambiar por eso, el problema es que terminará el proyecto en la organización en la que estoy y quedaré sin empleo. Otra vez. Me gustaría algún día lograr un trabajo.

He ido muchas veces a pedir trabajo a una zona franca que está en León, ciudad en la que vivo. En esa zona franca hacen arneses, pero no quieren darme el empleo porque soy trans.

-Queremos hombres y mujeres. ¿Por qué no busca trabajo de cocinera o de mesera en un bar? -me dijo la mujer que estaba recopilando los papeles.

El primer día que fui a dejarlos ni me vestí como mujer, pero sí llevaba las cejas depiladas y el rostro pintado. A esa mujer, que se llama Reina y es de Chichigalpa, no le gustó verme así. Me quejé en Recursos Humanos, pero no han hecho nada. Pienso regresar porque sé que están reclutando personal.

IV

Los casos extremos de violencia contra la gente LGBTI incluyen golpes, tubazos, fracturas, secuelas de por vida y, por supuesto, la muerte. Los menos y más comunes tratan sobre aspectos de la vida diaria y tienen que ver con discriminación. A los trans se les hace difícil conseguir trabajo, y muchas lesbianas sufren pensando en que les quitarán a sus hijos.

La Asociación Nicaragüense Trans contabiliza 18 denuncias en contra de la comunidad LGBTI, en Managua, en los últimos tres años y 15 en Masaya en los últimos dos años. Uno de los casos fue el de un gay a quien despidieron y no querían darle su liquidación.

Tres de los casos en Managua se presentaron en el ámbito educativo. “Un compañero fue expulsado de las clases porque le exigían que se cortara el cabello aduciendo higiene. Nuestro planteamiento era: ¿por qué a las mujeres no se lo exigían? La Procuraduría emitió una resolución y el compañero pudo graduarse en su carrera técnica”, narra Ludwika Vega, presidenta de la Asociación.

Algo parecido le ocurrió a dos jóvenes trans que fueron expulsadas de la secundaria por asistir a clases con atuendos femeninos. “En esos casos también abogó la Procuraduría y se solucionaron, una se logró bachillerar y otra está recibiendo clases, pero siente que la tratan por no dejar, que hay hipocresía. Nosotras comprendemos que este proceso de sensibilización no es algo que se dará de un día para otro”, agrega Vega.

“Hay un caso de una compañera trans que es trabajadora sexual. Ella fue golpeada, la dejaron con el ojo morado, pero la Policía pide nombres de los agresores, ¿cómo vamos a dar esos datos si es una pandilla?”, cuestiona Vega.

Uno de los principales problemas a los que se enfrentan las lesbianas es a la amenaza.

Martha Villanueva, del Grupo Lésbico Safo, explica que usualmente, producto de una relación anterior, ellas tienen hijos, y la familia -ya sea del padre de los hijos o de ella- intenta quitárselos.

“Nos hemos encontrado casos en los que le ceden la custodia al padre porque es lesbiana, o casos en los que la mamá o la tía piden la custodia porque consideran que no tiene la capacidad para criarlos. Los funcionarios dictaminan en base a criterios personales, religiosos y a prejuicios”, dice Villanueva.

Según Marvin Mayorga, de la Iniciativa desde la Diversidad Sexual y Derechos Humanos, en Nicaragua la comunidad sabe que tiene derechos, pero vive con el temor a denunciar por las consecuencias que conlleva hacerlo.

“Sabemos que no nos pueden discriminar, pero ese miedo que tenemos como gays a que alguien te señale, te lo grite en la calle, hace que las personas mantengan en silencio la violencia que sufren. En el caso de las lesbianas hay mucho más silencio, porque existe una doble moral con relación a aceptarlas. La mayor parte de las muchachas que han sufrido algún tipo de violencia refieren que no hacen la denuncia porque si son madres, les pueden quitar a sus hijos”.

Recientemente un compañero de Mayorga se ausentó a una reunión. Más tarde le avisaron que estaba detenido en la Policía.

-Fue a denunciar que un vecino pandillero le había robado unas cosas y lo detuvieron. El delincuente dijo: ‘No, este muchacho cochón me quiso tocar’, y en vez de investigar el robo, investigaban lo que denunció el pandillero. Al final la Policía le estaba pidiendo dinero para dejarlo salir. Este muchacho dijo que jamás volvería a poner una denuncia. En esa ruta de acceso a la justicia la Policía es la que más irrespeta los derechos de las personas de la diversidad sexual.

Hace tres años un gay fue agredido sexualmente por dos sujetos, puso la denuncia y fueron condenados. En febrero fue agredido nuevamente. “A ver si nos vas a meter presos a nosotros también”, lo amenazaron.

-Hasta inicios de junio estos sujetos fueron capturados. ¿Cuál es el mensaje que se les envía a las personas que sufren violencia? Para las personas que denuncian hay un precio, el muchacho tuvo que vivir fuera de su casa por varios meses. En las sociedades más respetuosas, el Estado genera salidas más adecuadas para los que viven violencia, sostiene Marvin Mayorga.

V

Fui nuevamente a pedir trabajo a la zona franca. Sería la cuarta vez. No me dan respuesta. Solo he conseguido humillarme. Pese a eso seguiré siendo Bárbara. Bárbara Quiroz, la chica trans.

 

Seguí a la autora en Twitter: @matycn

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