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Treinta años esperó el padre Miguel D’Escoto Brockmann, para recuperar la facultad de ejercer los oficios divinos, entre ellos la eucaristía.

Ayer, tras conocer la decisión del papa Francisco de revocar la “suspensión a divinis”, compartió que alguna vez le habría expresado al cardenal Miguel Obando que si le alcanzaba la vida para lograr ese beneficio por parte de la Santa Sede, le gustaría oficiar misa con él.

“Yo le dije: cardenal (Obando), si algún día estos se da (la revocación de la “suspensión a divinis”), antes de que yo me muera, quiero celebrar mi primera Eucaristía con usted, y que me ayude, porque ya se me está olvidando todo”, relató ayer el sacerdote nicaragüense de 81 años a medios oficiales.

Este lunes por la mañana, la Santa Sede en el Vaticano levantó la “suspensión a divinis”, a D’Escoto Brockmann, que le impedía, entre otras cosas, al exministro de Relaciones Exteriores de Nicaragua, realizar la misa.

Larga espera

Según Radio Vaticana, D’Escoto escribió una carta al papa Francisco para expresarle su deseo de volver a celebrar la Eucaristía “antes de morir”, 30 años después de que el papa Juan Pablo II le había quitado esa función tras su entrada al Gobierno sandinista.

Según la emisora, el pontífice argentino aceptó la revocación de la “suspensión a divinis”, y pidió al superior general de la congregación que siguiese el proceso de reintegración del sacerdote nicaragüense.

Prefirió la revolución

D’Escoto, entrevistado el lunes por medios oficiales, recordó que en 1984 recibió la instrucción del Vaticano de que si no se retiraba en 15 días del Gobiernos andinista, ‘ipso facto’, quedaría suspendido “a divinis”.

Mencionó que en aquel entonces no pudo obedecer la instrucción de Roma, puesto que habría sido como traicionar al pueblo sandinista, “traicionar sus legítimas aspiraciones y sus derechos”.

Para serles franco, yo lloré con esa noticia. Pero quiero decirles que lloré, no tanto por mí, sino por lo pequeña que se iba a ver mi iglesia”, dijo el excanciller de Nicaragua y expresidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

D’Escoto mencionó que fue Dios quien le dio la gracia de poder cargar su suspensión sin ningún rencor ni remordimiento, y siempre “con mucho amor a la Iglesia”.

 

 

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