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Hugo Vezzetti, catedrático de la Universidad de Buenos Aires y autor de “Freud en Buenos Aires” y “Pasado y presente. Guerra, dictadura y sociedad en la Argentina”, entre otros libros, aborda ampliamente en esta entrevista la importancia del rescate de la memoria para una nación.

Vezzetti estuvo en Nicaragua para impartir clases en  la maestría de Estudios Culturales con énfasis en memoria, cultura y ciudadanía, impartida por el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (Ihnca) y la Facultad de Humanidades y Comunicación de la UCA.

Según este catedrático, el paradigma de memoria y derechos humanos en el siglo XX ha posibilitado la visibilidad de las víctimas. “En la recuperación, la dignidad y la honra de las víctimas es donde se sostiene el nuevo paradigma de memoria”, anota Vezzetti.

Hablamos de la memoria como un recurso de aprendizaje histórico, ¿por qué es necesaria la memoria para los ciudadanos?

Una comunidad política requiere de la memoria para ciertos ejercicios de identidad y de reconocimiento entre sus miembros.
Sí es una fuente de enseñanza en la medida en que trata de extraer lecciones del pasado, sobre todo el caso de los pasados que en general todas las comunidades y todas las naciones tienen de las luchas, de las fracturas, de las contradicciones, de las violencias. La memoria está muy asociada a una cierta función necesaria de deliberación, de consentimiento. Por supuesto que también hay memorias que son combativas, que no son pacificadoras y está bien que lo haya en el sentido de que en ese territorio de la memoria juegan conflictos. Hay memorias que tienen a conformar, digamos, consensos, hay memorias consensuales y hay memorias más conflictivas. El tema es que una comunidad política es también una comunidad de consensos y si la memoria conflictiva, disociativa, de fractura, prevalece, la comunidad se ve en problemas.

¿De quién es la responsabilidad de recopilar la memoria?, ¿es de los gobiernos?, ¿de la ciudadanía?, ¿cómo es el caso de Argentina?

En principio, en Argentina lo más importante ha estado localizado en la sociedad. Si hablamos de memoria social, hay que decir que la memoria es una práctica social y por lo tanto es una práctica de la sociedad.

Por supuesto que hay una dimensión de la responsabilidad estatal. Se trata de que en principio el Estado garantice y respete el derecho a la memoria, o en plural: a las memorias de la sociedad, y en ese sentido es siempre peligroso que el Estado quiera apropiarse de esa función de la memoria e imponer una memoria oficial o algo por el estilo. Al mismo tiempo, es una dinámica inevitable en la medida en que los estados nacionales en el modo mismo cómo se han constituido, se sostienen y legitiman en una cierta memoria nacional.

Es lo que uno ve en todos nuestros estados a través de artefactos como los monumentos, las ceremonias, las celebraciones de las fechas patrias, de los héroes que aparecen sosteniendo una cierta memoria nacional. Así se han constituido todos los Estados.

¿Y es correcto eso?

(…) Lo que ha surgido últimamente es que debe admitirse que esas mismas memorias sean disputadas y que de pronto esos relatos oficiales, o esos relatos nacionales y que incluso a veces adquieren la forma de mitos fundadores de la nación, puedan ser interrogadas y en ese sentido se admitan memorias disidentes, porque por otra parte en esas comunidades siempre hay memorias subalternas, memorias de minorías, memorias de sectores menos reconocidos.

Para poner un ejemplo: es evidente que el modo en el que se han constituido las memorias nacionales modernas (se puede ver en Europa desde la Revolución Francesa tanto como en las experiencias latinoamericanas) se ha construido un modelo de memoria dominada por la figura masculina. La memoria de las naciones es la de los guerreros, de los jefes, de los caudillos y, en ese sentido, el movimiento feminista debió disputar esa visión un poco unilateral, tratando de introducir en esa memoria la figura femenina.

Lo mismo en comunidades, no es el caso de la Argentina, pero en comunidades como es el caso de Centroamérica, donde hay grupos y minorías étnicas fuertes, esa memoria nacional puede aparecer y de hecho aparece muchas veces como una figura que aplasta las identidades, las costumbres, las lenguas, en fin, todo eso que forma parte de algo que el Estado debe preservar.

¿Qué naciones han sido ejemplo de recuperación de su memoria como ejercicio de ciudadanía?

Uno podría decir, el paradigma de la memoria y sobre todo de la asociación entre memoria y derechos humanos en el siglo XX y particularmente en las últimas décadas del siglo XX ha posibilitado una nueva visibilidad de las víctimas. Entonces en gran medida es desde el lugar de las víctimas y en todo caso en la recuperación, la dignidad y la honra de las víctimas donde se sostiene un nuevo paradigma de memoria.

Ya no es simplemente la memoria nacional sostenida en las victorias, en los jefes, en los triunfos, sino que también es una memoria nacional que recupera ese papel de las víctimas, y ahí es fundamental una nueva figura en esta configuración de memoria, que es el testigo.

Colombia tiene un Centro Nacional de Memoria Histórica que entre otras registra la cantidad de desplazados y de víctimas de la violencia.
Esos ejercicios de memoria se han podido desarrollar mucho más ahí donde las víctimas encontraron formas de organizarse, de expresar su testimonio y apoyo de la sociedad.

Es el caso de ustedes…

Uno puede decir que una función fundamental en ese ejercicio de la memoria ha estado a cargo de los organismos de derechos humanos, el organismo emblemático que ha sido las Madres de la Plaza de Mayo. En esa condición de madres que reclaman por sus hijos secuestrados y desaparecidos, incluso sobre el agravio agregado de que no solamente fueron asesinados, sino que sus restos han quedado desaparecidos. Esa labor de las madres adquirió una dimensión moralmente muy relevante e hizo posible una adhesión y empatía con esa causa que iba más allá de la motivación política.

¿Y el caso de Nicaragua?
Yo no conozco tan en detalle, lo que he visto porque me han llevado a ver algunos de los memoriales, es que, bueno, se mantiene viva cierta memoria de la gesta revolucionaria, de la gesta que termina con la dictadura de Somoza, lo cual es razonable. Se inscribe en esta lógica de la memoria nacional. En todo caso, incluso es una memoria que viene a reemplazar aquella otra que a su modo, en fin, no sé cómo, intentaba legitimarse en una cierta relación al pasado.

Ahora, a veces ahí hay cierto choque de lógica, de perspectiva. Entonces parecería que una revolución triunfante o que presenta un relato triunfante tiende a destacar más la figura de los héroes y no tanto de las víctimas, es lógico que sea así. Como en la Argentina no hubo revolución triunfante y además hubo muchas víctimas bajo formas particularmente crueles, eso ha habilitado mucho más esa memoria sostenida en el lugar de las víctimas (…).

Leía que usted mencionaba que la memoria sirve como una construcción del presente.

Claro, en realidad la memoria se ejercita en el presente y de alguna manera se proyecta al futuro. Volviendo al caso argentino y a la asociación entre memoria y justicia, en Argentina la eficacia de los procesos de memoria como práctica social estuvo fuertemente sostenida a partir del retorno de la democracia en la escena judicial.

Más allá de la lógica propia de la justicia, que tiene que probar y que tiene una serie de reglas propias para operar. Cuando se hace el juicio a la junta militar y de pronto aparece la escena de los jerarcas militares ante el tribunal, sentándose para escuchar alegatos, a los testigos y la sentencia. Esa escena es enormemente poderosa, no solo desde el punto de vista de la relación con el pasado, también de la relación con el futuro, porque en ese momento inaugural de la nueva democracia instalaba una promesa para el futuro.

En ese sentido la memoria alimenta una experiencia del presente y una expectativa del futuro.

Escritor y analista

Hugo Vezzetti

Catedrático de la Universidad de Buenos Aires.

Autor de “La locura en la Argentina” (1983), “Freud en Buenos Aires” (1989), “Aventuras de Freud en el país de los argentinos” (1996), “Pasado y presente. Guerra, dictadura y sociedad en la Argentina” (2002) y “Sobre la violencia revolucionaria: memorias y olvidos” (2009).

 

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