•   Posoltega, Chinandega  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

A veces mis tíos y mamita recibían cartas y lloraban. Eran cartas enviadas por mi papá. Una vez, la primera vez que soñé con él, estábamos en un camino árido y él apareció a mi lado izquierdo.

—Ya estás grande, me dijo.

Me alegré y le respondí:

—¡Papaaá! ¡Por fin vino! Le he hecho caso a mamita.

Me pidió que la siguiera cuidando, intenté tomarlo de la mano pero se disculpó por no poder venir conmigo. Desperté esa noche con la mano caliente. Me desperté alegre y a la vez triste.

Soy Franklin Moisés Tercero Rodríguez, nací y crecí en Posoltega. Soy el único hijo de Bernardo Tercero Huete, condenado en el 2000 en Texas, Estados Unidos, por la muerte de un profesor. Él se encuentra guardando prisión en Polunsky Unit y recientemente nos anunciaron que el 26 de agosto podría ser ejecutado con una inyección letal.

“Voy a volver”, dijo

La última vez que lo vi estaba lloviendo y yo tenía cinco años. Vestía una camisa azul, pantalón azulón, llevaba una chaqueta negra, calzaba zapatos negros y se había puesto una gorra del mismo color. Recuerdo que estábamos en la sala de la casa de mamita. Ese día me había levantado temprano porque había mucha rayería y me extrañó que a esa hora él estuviera mudado y listo para irse.

[Relacionada: Dramático pedido de clemencia de Bernardo al papa Francisco]

—Hijito: se me cuida, se porta bien con la mamita, le hace caso, yo voy a volver— fue lo último que me dijo.

Horas después me acerqué a mamita e ingenuamente le dije: “Mamita, mi papá se va a mojar”. Ella se puso a llorar.

Así fueron pasando los días. Pasó una semana, pasaron dos y tres y él no regresó. Empecé a preguntar por mi papá y me respondían que se había ido largo, pero que regresaría. De pronto me contaron que él había llamado por teléfono. Dos años después de su ida, no lo recuerdo exactamente, vino la noticia de que mi papá estaba preso.

Mi cabeza de niño sabía que estar preso era estar en un lugar donde no podías salir y cuando me dijeron “está preso en otro lado”, me imaginé algo larguísimo, algo tan largo como Managua. “Tranquilo, él va a salir”, me insistieron.

Cuando preguntaba por mi papá, buscaban algo para distraerme, me ponían a pintar. A veces, para ahorrarle la tristeza a mi gente me ponía a pintar antes que ellos me lo indicaran. Cada vez que tocaba el tema de mi papá se ponían a llorar y eso me entristecía mucho, así que aprendí a no preguntar más.

[Todo sobre el caso de Bernardo Tercero]

Una vez en la venta un muchacho, no recuerdo quién, no era del barrio, dijo: “Este es hijo de aquel que van a matar en Estados Unidos”. Me sentí como una hoja de papel partida en dos. Así me di cuenta. “Eso es mentira mi amor, no le hagás caso a la gente, solo tonteras hablan”, me contestó mamita aquella vez. Tenía menos de diez años.

En la escuela algunos compañeros se burlaban. “¿Y vos vas a caer preso? Porque si tu papá cayó preso, vos también; es como yo, si mi papá es carpintero, yo seré también carpintero”. Yo escuchaba eso y quería gritarles, patearlos, pero mamita nos enseñó a ignorar, a no caer en provocaciones, así que opté por no relacionarme con ellos.

Sueños y cartas

Conforme iba creciendo, el sueño con mi padre cambiaba: era en el mismo lugar siempre, pero las situaciones eran diferentes. La última vez me decía que al final del camino había una posibilidad de vernos. “Lo primero que quiero que hagás es que me des un abrazo”, dijo.

A los 17 años empecé a comunicarme con él por correo electrónico. Le escribí a través de una persona de una organización que lo estaba ayudando. Unos quince días después llegó un correo y, adjunto, una carta de él. “Hola querido hijito, recibí la carta que me enviaste… imagino que ya estás grande, espero que te hayás portado bien con la mamita. Me alegra que al final de la carta hayás hecho una oración. No sé cuándo voy a llegar pero voy a llegar. Quiero disculparme porque no he estado con vos, pero no te aflijás…”. Imprimí la carta y salí corriendo a la casa. “¡Mi vieja, mi papá mandó una carta”, grité al llegar.

Así empecé a comunicarme de manera más fluida. Me daba consejos que me ayudaban a vivir con esto. Ante cualquier situación me recomendaba que lo principal es mantener la calma. Hay que analizar las consecuencias, me ha insistido en las comunicaciones. Cuando me enamoré por primera vez se lo conté y él me aconsejó.

En una de esas cartas me comentó que al yo ser el que tenía contacto directo con él, debía recibir “el primer oleaje del tsunami”. Lo entendí hasta cierto modo. Después me contó que las cosas no estaban tan bien, pero no me explicaba mucho. Fue entonces cuando empecé a frustrarme y todo el amor que no podía darle a mi papá y a mi mamá, lo daba en mis relaciones amorosas.

La condena y un viaje

En esa etapa de frustración supe de la condena de muerte. Comparo ese día, ese momento como cuando te sumergís al agua, se te acaba el aire y salís sofocado a la superficie. Como cuando te estás ahogando. Me sentí triste, como nunca en la vida lo he estado.

Cuando tuve la mayoría de edad tramité la visa de Estados Unidos. Les dije por qué quería ir. Les insistí cuántos años tenía de no verlo, que solo quería estar frente a él, que no quería quedarme viviendo allá, que solo quería la oportunidad de ir aunque así tuviese que irme y regresar el mismo día. Pero me la negaron.

Por eso ahora estoy aquí, pidiendo una visa humanitaria. Si solo se me va a brindar el permiso para ir, verlo, conversar con él y nuevamente agarrar el vuelo y regresarme, que así sea. Han sido diecisiete años en el que un hijo no ha podido recibir el abrazo de su padre. No he podido escuchar su voz. No quiero que nadie piense que quiero aprovecharme de esta situación para quedarme allá. Tengo a mi compañera y a mi viejita acá. Solo quiero ver de frente a mi viejo, escuchar sus consejos, decirle de frente cuánto lo he extrañado y cómo lo quiero.

*Este relato se construyó a partir de una entrevista concedida a El Nuevo Diario en su casa en Posoltega.

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus