Jorge Eduardo Arellano
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“¿Usted es el capitán?” —le preguntó a un hombre, no mayor de cincuenta años y menor de sesenta, enjuto y macizo, blanco rojizo y de amplia frente con entradas. Es el paraguayo Napoleón Ortigoza que estuvo preso 25 años en Asunción. “Sí” —confirma, abandonando su concentrado pensamiento silencioso, para iniciar una conversación en la que lleva la batuta, pero sin ningún afán de sobresalir. Estábamos desayunando en el comedor del Colegio Nuestra Señora de Guadalupe, Séneca, 4, Madrid, adonde Ortigoza había llegado el 15 de julio de 1988, acogido por el gobierno de Felipe González. Ni lento ni veloz, pronuncia muy claras sus palabras:

—Permanecí en una celda de dos metros cuadrados, y con una sola ventanilla rectangular de 10 por 25 centímetros, durante veinticinco años. Por una rebelión innata e idealista del ser humano. Algo casual, juvenil. O, para un militar, infantil. Porque ¿qué puede hacer un capitancillo contra todos unos generales? ¿Que cómo me las ingenié para sobrevivir tanto tiempo? Hablando y hablando solo. Interrogándome y contestándome en voz alta. Los carceleros creían que estaba loco. Pero ¿con quién iba a hablar si no era conmigo mismo? No creo que se haya dado en otro sitio del planeta que no sea el Paraguay una vivencia como la mía. Yo nunca salí de mi celda sino una hora, cada semana, para recibir la visita de mi familia. De mi madre, de mi esposa y mis hijos. Pero nada más.

—¿Le permitían escribir?

Ortigoza, quien parece y es un atleta, me responde serenamente, sin señales de suplicio ni de desgaste, salvo la ausencia de media hilera de dientes en la parte inferior derecha de su mandíbula.

—¿Usted participó en un complot?

El complot lo encabezaban altos oficiales. Pero en ese tipo de acción el capitán lleva las de perder. Todo por la muerte de un cadete inocente. Stroessner, por su servicio de información, desbarató el complot.

—¿Cuándo se iba a ejecutar?

El 24 de diciembre de 1962, aprovechando la fiesta de Navidad y sus petardos. El cadete estudiaba en el Liceo Militar de Asunción y murió en un sitio cercano a la Unidad de Caballería, un cuerpo de diez mil hombres al que yo estaba integrado.

—¿A usted lo acusaron de su muerte?

Así es. Pero fueron capturadas más de cien personas entre civiles y militares. No pueden haber más de cien sospechosos por la muerte de un cadete. Lo que pasó fue que este era muy amigo del hijo de Stroessner. Y Stroessner interpretó la muerte del cadete como una ofensa a su hijo.
Ortigoza me pregunta por mi nacionalidad, y al enterarse de ella asegura: Yo conocí a Somoza, el último de los tres.

—¿Cómo?

Somoza preguntó por el mayor enemigo de Stroessner y fue a visitarme. Yo estaba semidormido. Oí que ordenaban levantarme, pero como soy algo remolón seguí aparentando que dormía. “Lo tenemos inmovilizado porque le damos drogas”, le mintieron a Somoza los carceleros. “Así terminan los enemigos de Stroessner”, comentó Somoza. Entonces di un salto y le repliqué, gritando: “Los enemigos de Stroessner no terminarán jamás ni aunque yo muera. Usted es un cobarde. Se marchó de Nicaragua sin pelear. Usted no tiene derecho a opinar”.
Somoza quedó aturdido. Ortigoza dijo la verdad. “Nadie, ni antes ni después de la Revolución Sandinista, osó en llamarme cobarde” —agregó el capitán paraguayo que le dijo el exdictador nicaragüense—. Yo tengo mucho dinero para indemnizarlo por venir a ofenderlo, capitán.
Pero Ortigoza no pidió nada. Solo los carceleros, desde luego, lo hicieron.

—¿Usted supo que lo mataron inmediatamente después?
Claro. Pero lo mató su dinero y el de sus enemigos. A sus diez custodios les pagaron para que lo abandonaran.

—¿Y usted tiene aspiración política? —insisto.
Yo no soy político. Fui y sigo siendo militar. Pero tengo cierta voz y algún medio voto en mi patria. Porque soy un símbolo.

—Un símbolo contra la dictadura de Stroessner.

No, un símbolo de su crueldad. De lo que ha pasado y pasa en el Paraguay.
Y esto lo expresa Napoleón Ortigoza, moviendo la saliente manzana de su cuello, con sus bien llevados cincuenta y seis años, tras veinticinco de sepultura en vida e infértil soledad, pero de sobrevivencia inaudita: el hombre que más tiempo ha permanecido preso en América Latina. ¿Existe otro?

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