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Hace 10 años, los riñones de Heyling Vanessa Pichardo comenzaron a dejar de funcionar y hoy depende de la hemodiálisis para eliminar el exceso de agua y las toxinas de su cuerpo. El sometimiento tres veces a la semana a dicho tratamiento, que dura cuatro horas cada vez, ha provocado que desarrolle hipertensión y anemia. 

La solución a la delicada situación de esta joven de 27 años y licenciada en Comunicación Social es que reciba un nuevo riñón, pero para ello Pichardo tiene como limitante la Ley de Trasplante de Órganos y Tejidos que, antes de ser aprobada en septiembre del 2013, era la principal esperanza para ella y su familia. 

Un candado

Esta ley surgió como una alternativa para reducir las altas tasas de mortalidad por la insuficiencia renal crónica en el país, pero en su articulado quedó prohibido el trasplante de órganos entre pacientes y donantes vivos no relacionados, bajo el argumento de evitar el comercio de órganos. 

“Ellos (los diputados) con esa ley le mataron las esperanzas a todos los pacientes, porque yo no hablo solo por mi hija, porque no solo ella está en esa situación, entonces esa ley no me parece justa”, expresa María Delia Fernández, la mamá de Heyling Vanessa. 

Y es que ni ella, ni su esposo ni sus otros dos hijos son candidatos para donarle un riñón a Heyling Vanessa. En el caso de los hermanos y la mamá, la razón es que no comparten el mismo tipo de sangre, y en el caso del papá es que este padece de hipertensión y los doctores no permiten que se someta a la cirugía. 

“No estoy de acuerdo porque no nos beneficia en nada, somos muchos los que estamos necesitando de un órgano y la mayoría están en la misma situación que yo porque sus familiares no son compatibles o porque simplemente no quieren hacerlo”, dice por su parte la joven. 

Las esperanzas

Para Fernández, la Ley de Trasplante de Órganos y Tejidos debería contemplar que los pacientes reciban órganos de personas sin ningún lazo sanguíneo o familiar, siempre y cuando se haga una investigación exhaustiva para descartar que se trate de tráfico. 

“Yo le digo a mi hija que no perdamos las esperanzas, yo tengo esperanza en Dios y yo digo que si Dios me la ha dejado por 10 años es por algo, y ni yo ni ella ni ninguno de nosotros perdemos las esperanzas de que algún día encontremos ese donante para que tenga mejor calidad de vida”, asegura. 

Respecto al hecho que dentro de su familia hay personas que sí comparten el tipo de sangre de su hija y tienen las condiciones para donar un riñón, Fernández reconoce que a veces la falta de información les hace creer que si donan un órgano se van a morir, por lo que los invita a investigar sobre el tema y a romper ese mito. 

Mientras más alejado sea el donante, hay más probabilidades de rechazo del órgano y de complicaciones en el futuro”. Luis Callejas, diputado.

Sin embargo, señala que si algún día un familiar está dispuesto a donar un riñón a Heyling Vanessa, pero otros se oponen, no lo aceptarán. “Quiero que todos estemos de acuerdo porque ese día quiero que todos nos unamos, que todos recemos para que todo nos salga bien”, explica. 

Luis Callejas, diputado opositor y miembro de la Comisión de Salud de la Asamblea Nacional, indica que como la ley no ha sido reglamentada, existe la posibilidad de incluir un articulado que establezca que el donante sea alguien no relacionado en el caso que no exista un familiar compatible o dispuesto a donar. 

Luego de la aprobación de una ley, el Ejecutivo tiene 60 días para reglamentarla y si no lo hace le corresponde a la Asamblea. No obstante, según Callejas, la junta directiva del parlamento tiene engavetadas más de 30 leyes sin reglamento. 

El diagnóstico

Heylin Vanessa Pichardo tenía 17 años y estaba iniciando la carrera de Comunicación Social en la Universidad Centroamericana(UCA) cuando comenzó a presentar los síntomas de insuficiencia renal crónica (IRC): inflamación en todo el cuerpo, debilidad, cansancio, dolor en la espalda, náuseas, vómitos y pérdida del cabello.

El diagnóstico de IRC se lo hicieron en el hospital infantil “La Mascota”, luego un nefrólogo privado lo confirmó y comenzó a recibir tratamiento en el Hospital Militar, que consistía en unas 10 pastillas diarias, pero cuando le dijeron que necesitaba hemodiálisis se trasladó al Hospital Salud Integral. Ahí lleva 4 años y 4 meses. 

“Y mi día a día es duro, cansado, no sé cómo he hecho realmente para resistir tanto, porque a diario siento dolor y es difícil mantener el ánimo siempre, llega un momento en que siento que ya no puedo más, pero lo intento”, cuenta la joven, cuyos sueños pendientes son recibir un nuevo riñón y ejercer la carrera de Periodis

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