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En días reciente el Dr. Ramón Espinoza Zapata (Moncho), mi amigo de toda la vida, mi amigo del alma, partió de este mundo, dejando un inmenso vacío en el corazón de su familia y de quienes le quisimos con amor fraternal.

Tuve la oportunidad de compartir con mi amigo alegrías y tristezas, momentos de jolgorio propios de la adolescencia y la juventud. Como olvidar aquellas veladas trasnochadoras y amanezqueras, que iniciaban cuando la noche era joven, departiendo con bebidas “espirituosas” finas y accesibles a nuestros bolsillos,  escuchando música refinada, como aquel “desafinado” de Caetano Veloso y Joao Gilberto; a la media noche, bajábamos el nivel de la bebida, en calidad y costo, y de igual manera en la medida que nos íbamos liberando de las inhibiciones propias de la personalidad de cada quien, y de la conducta social,  pasábamos a la música alborotada, la que nos impulsaba a gritar sin razón,  a bailar sin pareja y hasta de cabeza;  cuando el alba anunciaba su llegada, descendíamos al licor para hombres muy hombres, el más barato,  y a la música corta pulsos, sobre todo cuando habían cabangas de por medio.

Mi amigo era todo terreno, incondicional, estuvo a mi lado en ocasión de producirse hechos vitales que marcaron mi vida. El día de mi matrimonio, cuando entré  en pánico, me transmitió valor hablándome de la felicidad que me esperaba en la vida de casado y  me persuadió de seguir adelante, y estar en el altar antes que llegara mi futura esposa.

Él estuvo cerca cuando nació mi primera hija. El terremoto del 72 nos sorprendió celebrando su reciente regreso al país, en fin, compartimos infinidad de eventos. Él siempre dijo presente, dando y dándose sin esperar nada a cambio.

Días previos a su fallecimiento, trasmitía un estado de ánimo optimista, lo escuché haciendo planes para octubre, sin embargo, por esos designios que a veces cuesta aceptar,  le tocó partir a reunirse con seres queridos y amigos que le han antecedido.

La partida de un ser querido, es un evento difícil y doloroso. Cuando esto sucede, nos invade una tristeza muy grande, no le volveremos a ver ni a compartir vivencias tan maravillosas como a las que aquí me he referido.

Una de estas noches en mis acostumbradas conversaciones con mi Señor Jesús, le comentaba que la muerte física de mi amigo, me hacía sentir que me estoy quedando solo, mis padres ya partieron, dos de cinco hermanos también, y mis pares generacionales se van yendo. Recibí respuesta por medio de la Biblia: Aunque padre  y  madre (y amigos) te dejen, yo nunca te dejaré.

Amiga, amigo, por muy fuerte que creamos ser, el llanto y el quebranto son inevitables ante el fallecimiento de una persona cercana, pero Jesús está con y para nosotros, dándonos fortaleza y buen ánimo para enfrentar momentos difíciles como la muerte de un ser querido. Le invito a tomarse de la mano de Jesús, dígale: Jesús mío yo le acepto como Señor y Salvador de mi vida, le doy gracias por la vida de mi ser querido, de mi amigo, seguro estoy que Ud. le ha recibido con el corazón y los brazos abiertos.

Queremos saber de Uds. Les invitamos a escribirnos al correo crecetdm@gmail.com .

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