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En el interior de Nueva Segovia la trata de personas ha extendido sus “tentáculos” más allá de la franja fronteriza. El relato de otra víctima, que escapó en días recientes de un antro guatemalteco y se identifica como “Rosa”, de 19 años, aporta más detalles sobre cómo este “monstruo” ha atraído a jóvenes de la zona hacia prostíbulos del vecino país y la pesadilla que viven las víctimas aun cuando logran escapar de sus captores.

Rosa escapó de los antros guatemaltecos después de conseguir a escondidas una copia de la llave del candado que sellaba la salida de una de las puertas del burdel.

“Fíjese que les tengo miedo (a los tratantes). Temo que vayan a localizarme y manden a alguien para taparme el pico. Es más, hasta salir de aquí de la casa me da miedo. Sola ni a la quebrada, porque me parece que va a salirme alguien para hacerme un daño”, comenta la joven.

Según Rosa, su miedo es mayor porque siente que no goza de ninguna medida de protección de parte de las autoridades. Hasta ahora, ella solo ha declarado ante el juez de Audiencias bajo estrictas medidas de confidencialidad.

A finales de julio El Nuevo Diario publicó el relato de otra mujer segoviana que también logró escapar de un prostíbulo en Guatemala.

Organismos que trabajan para combatir la trata de personas advirtieron en ese momento que el alto nivel de pobreza, la falta de empleos para una población joven en aumento, agravado por los bajones en la agricultura por los ataques de plagas y la falta de lluvias, son factores que empujan a la migración a muchas jóvenes de varios municipios de los departamentos de Madriz y Nueva Segovia, que luego terminan explotadas sexualmente en burdeles del extranjero.

PREGUNTAN POR ELLA

“Sé que hay personas que han estado en Guatemala, que preguntan por mí o alguien de mi familia”, asegura Rosa.

La joven, atemorizada, cuenta que le cuesta conciliar el sueño, porque recuerda los largos meses que estuvo encerrada en el burdel guatemalteco. Son, dice, como pesadillas que la están torturando.

Rosa no olvida el maltrato que sufrían ella y otras mujeres, la mala alimentación, las restricciones y una rutina agotadora.

“Imagínese aguantar hambre desde las 2:00 de la tarde hasta las 2:00 de la madrugada. Nos daban comida como a perros. Solo frijoles, arroz, por allá un pedazo de pollo o de caldo”, recuerda.

Asegura que a la hora de la “función” tampoco importaba si estaba enferma. Y el “trabajo” consistía en tomar licor con los clientes e ir a un cuarto privado con ellos.

MENTIRAS Y ENGAÑOSEn el Norte del país hay más exposición a estos delitos.

A Rosa, quien la “conquistó” para viajar a Guatemala, fue una mujer que le prometió trabajar en aquel país como niñera. Lo mismo le prometió esa mujer a “Sonia”, otra segoviana que también logró escapar de los burdeles.

A ambas, la mujer les envió fotos de los niños que supuestamente iban a cuidar en Guatemala y les facilitó sus costos de transporte. Incluso, una vez allá, les tomaba fotos con niños para que las enviaran a sus familiares, con el objetivo de hacerles creer que estaban bien en un nuevo empleo.

Sin embargo, en realidad estaban a merced de proxenetas y propietarios de burdeles.

“Nada de trabajo honesto. Allí a uno lo maltratan, usted no se imagina (…) Todo era mentira”, lamenta.

Rosa confiesa que estudió hasta quinto grado de primaria, pero que ahora quiere continuar educándose.

“Pienso estudiar y dedicarme a trabajar aquí. Viajar fuera del país o ir a Honduras o Guatemala, ni loca”, afirma.

Un delito invisible

Aunque la trata de personas ya era una actividad de vieja data en la zona norte del país, según Mariela González Ponce, promotora de Derechos Humanos y con un diplomado sobre violencia de género y trata de personas, es hasta ahora que el tema se ve más complejo.

En los municipios de esta zona, mujeres que se identifican como víctima de tratantes aseguran que muchas otras han desaparecido en comunidades cercanas.

Según González Ponce, en la zona se perciben muchas actividades ilícitas como explotación infantil, contrabando de armas y drogas.

Otro habitante que pide guardar su identidad comentó a El Nuevo Diario que los caminos paralelos a la línea fronteriza, encerrados bajo el bosque de cafetales, son transitados sospechosamente en horas nocturnas por vehículos livianos y motocicletas.

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