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A 145 kilómetros al norte de Houston, Texas, en la pequeña ciudad de West Livingston, está la cárcel de máxima seguridad Allan B. Polunsky Unit, donde el nicaragüense Bernardo Tercero ha permanecido preso los últimos quince años. La cárcel es un complejo rodeado de amplias y solitarias áreas, donde sobresalen una torre de control, muros y serpentinas. Ahí, en dos grandes pabellones pintados de blanco hueso están divididos dos tipos de reos: los condenados a muerte y los sentenciados a cadena perpetua o con derecho a apelación.

A las 8:00 de la mañana de este martes ingresé al área de control vehicular, donde cada automotor es chequeado rigurosamente antes de entrar al estacionamiento del complejo. Luego, únicamente con mi identificación en mano, llegué a la recepción. Una máquina detectora de metales es lo primero que uno atraviesa. Luego, un oficial se encarga de revisar hasta las plantas de los pies de cada una de las personas que llegan al lugar, incluyendo a los trabajadores del penal.

La calidez humana del personal contrasta con el frío y tétrico ambiente de un lugar donde tantos seres humanos comparten algo común: perdieron el derecho a la libertad y otros también el derecho a la vida.

Un pasillo al aire libre, de aproximadamente unos 50 metros de largo, por donde se observan coloridas flores cultivadas por reos de confianza, conduce hasta el interior del local. En el camino también hay al menos seis puertas metálicas que los oficiales operan de forma electrónica y van abriendo una por una al paso.

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Al llegar me asignaron una cabina de visita y tras algunos minutos de espera observé a Bernardo Tercero del otro lado, vistiendo un uniforme blanco y con las manos esposadas, como tantas veces se le ha visto aparecer en un corto vídeo explotado por los canales de televisión. Los tres oficiales que lo escoltaban se detuvieron, él entró en un pequeño cuarto, donde una pesada puerta metálica se cerró y luego se agachó frente a ella para que un oficial le retirara las esposas.

Quince años aislado

El primer gesto de Tercero fue ver la hora. Me pregunté a mi misma si algo le preocupaba o simplemente él quería asegurarse de la hora de la visita. Luego, Tercero esbozó una sonrisa, se sentó y descolgó la bocina del teléfono por el cual íbamos a comunicarnos.

--¿Cómo estás?-- pregunté, dándome cuenta de mi imprudencia, pues cómo podría estar una persona condenada a muerte.

--Confiando en Dios-- respondió y sentí un poco de alivio por él y por mi pregunta tan inoportuna.

Entonces recordé las preguntas que había anotado y le consulté cómo eran sus días en la prisión. Pensé que me contaría sobre alguna rutina, pero no.

“Para mí todos los días son iguales desde que vine”, dijo. “Aquí uno pierde la noción del tiempo”.

Tercero fue condenado a muerte en octubre del 2000, por el asesinato del profesor Robert Keith Berger, en una lavandería en Houston, en marzo de 1997.

Este martes por la mañana, la Corte Criminal de Apelaciones de Texas resolvió enviar su caso a revisión por diferentes irregularidades en su juicio. Si aquella orden no hubiera llegado, el nicaragüense, originario de Posoltega, Chinandega, habría sido el primer nica ejecutado en el exterior. Al momento de esta visita, la resolución no se había emitido y la única certeza que Tercero tenía para salvar su vida era su confianza en Dios.

Durante los últimos quince años, Tercero ha pasado confinado 23 horas al día. Dice que solamente tiene una hora para salir a una pequeña sala, ubicada junto a su celda, donde puede caminar un poco.

“Es un lugar para volverse loco”, asegura.

“Aquí unos se suicidan, otros tienen grandes problemas mentales. Te acostumbrás a escuchar esos ruidos de las puertas”, comenta el nica que describe el lugar como un cementerio con personas enterradas de por vida, que además han perdido su fe.

Me dio curiosidad de saber a qué hora toma el sol y su respuesta me estremeció: “No he visto el sol en años”, dijo, porque por ser un reo sentenciado a muerte no tiene derecho a salir al aire libre o a las áreas de recreación.

--¿No ves el sol? -- Volví a preguntar incrédula.

--He visto los rayitos por una puerta pero no he visto el sol.

--¿Y la luna?

--La luna la vi una vez, a través de un espejito, pero estaba muy chiquita.

Tercero dice que aquella vez tenía deseos de ver la luna y se las ingenió para lograrlo aunque fuera de aquella manera. La lluvia, agrega, solo la ha visto caer a través de una pequeña ventana, ubicada en su celda. Sin embargo, cuenta que tiene amigos.

“Nos hablamos, aunque no nos veamos”, asegura. Según él, el mexicano Edgard Tamayo, sentenciado por el asesinato de un policía en Houston en 1994 y quien fue ejecutado el año pasado, era su amigo.

Tercero relataba esto y, como otras veces durante la conversación, volvía a ver su reloj. Entonces me percaté de que su insistencia no era casual. Literalmente, en ese momento, él estaba contando los minutos que le restaban de vida.

--¿Tenés miedo? -- pregunté.

--No me van a ejecutar -- respondió con el tono de alguien muy convencido de sus palabras.

Tercero agregó entonces una disertación sobre la fe y citó el capítulo 11 de Hebreos: “La fe es, pues, la certeza de lo que se espera. La convicción de lo que no se ve”.

Aferrado a esa contundente promesa, Tercero esperaba que su recurso de apelación en manos de la Corte Criminal de Apelaciones de Texas --el último para salvar su vida-- sirviera para que en cualquier momento suspendieran su ejecución, fijada para este miércoles pasado a las 6:05 p.m. en Huntsville.

Pregunté qué le diría a su familia, en Nicaragua. “Siempre les digo que tengan fe”, dijo, tras confesar que el deseo de verlos y el dolor por no lograrlo, le atormenta mucho.

Según Tercero, hubo un tiempo en que no tenía ni un par de chinelas para entrar al baño ni jabón para asearse. Otro reo “que ahora está en el cielo” sintió pena por él: solo en este país, sin conocimiento de inglés, y lo puso en contacto con Peter Bellamy, quien desde entonces se convirtió en uno de los principales colaboradores de su defensa, que ahora ha conseguido la revisión de su caso, y quizá, si se ordena un nuevo juicio, salvarle definitivamente de una inyección letal.

150 reos han sido ejecutados durante los quince años que Tercero lleva en prisión, según testimonio del nicaragüense.

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