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La escena de violencia entre estudiantes que más ha marcado al maestro Francisco José Arteaga en sus veinticinco años de ejercicio se dio entre dos niños de cuarto grado. Uno de ellos llevó a la escuela una cuchilla de afeitar para supuestamente sacarle punta a su lápiz de grafito, pero se dio una pelea y con la cuchilla hirió a un compañero. “¿Y sabe dónde se la escondió después? ¡Debajo de la lengua! La dobló y se la acomodó, ¡no hallábamos la Gillette!”.

Julia Gómez, estudiante de segundo año del Instituto Miguel de Cervantes, manifiesta que entre tantos pleitos que observa a diario sobresale aquel en el que varios estudiantes mayores de edad golpearon de tal forma a un niño, que le provocaron daños en su ojo. “Le salió sangre del ojo. Tanto, que se lo llevaron de emergencia a un hospital. A ellos los expulsaron y los enviaron al Distrito III de la Policía”.

¿Cómo esos adolescentes y niños se convirtieron en victimarios? La psicóloga forense María Elena Espinoza, especialista en atender casos de violencia, explica que el acoso escolar es una forma más de un desequilibrio de poder, que si bien se ha hecho más frecuente, no es nada nuevo.

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“Más bien se han expresado nuevas modalidades. Por ejemplo: el utilizar las nuevas tecnologías. Los chavalos están en esa conducta casi adictiva y utilizan este medio (las redes sociales) como una forma de controlar y minar la autoestima del que es su víctima”.

La especialista sostiene que hay que partir de que este problema se da en todos los niveles socioeconómicos. “Es un mito eso de que solo es en estratos bajos. La modalidad del acoso escolar en internet es de preferencia en estratos más altos, porque ellos tienen acceso a esas tecnologías”, expresa.

A criterio de Espinoza, influye mucho el ambiente familiar del adolescente o niño que acosa. Las conductas agresivas son muchas veces la forma a través de la que “canalizan todos estos aspectos psicológicos que están perturbados”.

“Tienen que ver con ambientes familiares en el que hay vivencias de violencia, abuso, humillación. Un niño que maltrata a otro, es también un niño víctima, ha aprendido formas externalizantes a través de conductas agresivas y muchas veces ese entorno violento además de ser aprendizaje, mina el equilibrio psicológico y es cuando se desencadenan todas esas formas de expresión”, agregó.

Golpes y palabras

Julia Gómez es pequeña, morena, elocuente y tiene 17 años. Desde hace dos años es presidenta estudiantil en el Instituto Miguel de Cervantes, así que desde entonces funge como una especie de mediadora entre sus compañeros.

Los pleitos, dice, empiezan en las aulas de clase y pueden originarse hasta por una mala mirada. “En las aulas se amenazan y se citan para pelearse en una esquina a la hora de la salida. La mayoría de los alumnos hacen el círculo y están “jincando” para que se agarren. El que no cede al pleito es agarrado desprevenido para golpearlo”.

Aunque goza de respeto entre sus compañeros, Julia acepta que más de un impulsivo ha tratado de hacerle daño.

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“Algún problema familiar tienen porque la violencia de sus casas la llevan a la escuela. Algunos me platican sus cosas y sé que hay problemas en sus familias que los llevan a eso, ellos se crían en un mundo de violencia y todo eso lo llevan al colegio”, añadió.

Hace dos días le tocó mediar entre dos adolescentes. El conflicto empezó cuando una de las adolescentes publicó en su cuenta de Facebook un insulto hacia la otra, así que las llamó y las sentó. “También llamé a la que las indujo y las encaré, una se negó y empezaron a discutir, llegamos a la mediación, tenían que pedirse disculpas y mantener la distancia. Después de eso, una de ellas tenía ganas de golpearme. ‘Yo no quiero saber ni m…’, me dijo. Le contesté que nadie ahí estaba irrespetándola”.

“Las mujeres se tiran chifletas entre sí, publican amenazas o empiezan a vulgarear y al día siguiente se da el alboroto. Los hombres cuando se van a agarrar se agarran y ya”, cuenta Gómez, quien fue criada solo por su padre y quien le ha insistido en el respeto como máxima para establecer relaciones sociales.

El “mal nombre”

El maestro Francisco José Arteaga da clases en el Instituto Rigoberto López Pérez y fue por mucho tiempo director de una escuela en Bello Amanecer. A su criterio, la violencia en las aulas empieza desde lo más simple: poner un apodo.

“Luego empiezan a mofarse de la forma de ser de la persona, a veces empiezan a burlarse hasta de las formas físicas y posteriormente, vienen los insultos que lastiman y conllevan una baja autoestima. Después vienen las agresiones, hay unas de forma individual y otras de forma grupal. Los más corpulentos tratan de agredir a los más débiles y de forma grupal se da cuando estos quieren que sean parte del grupo”, relata el profesor.

Las formas de violencia van desde los jalones de brazos hasta los punta pié. “En algún momento se dan en la clase, cuando el maestro está de espaldas”.
Este educador asegura que los maestros tienen limitantes. “Por ejemplo, si uno quiere revisar las mochilas te cuestionan: ‘¿Por qué?, usted me está violentando mis derechos’. Lo que le digo es que quiero ver sus cuadernos para ver si está recibiendo las clases de los demás docentes”.

Para él no todo está perdido. “Yo trato de ser su amigo y aconsejarlos”. Por eso hay algunos que dicen que es un profesor “tuani”.

Urge programa psicoeducativo

Trabajo • El serio problema de violencia que se vive en las escuelas debe ser contrarrestado con un trabajo multidisciplinario que no solo incluya estrategias de negociación. Según la psicóloga forense María Elena Espinoza, es necesario un trabajo psicoeducativo, en el que estén involucrados psicopedagogos, maestros y padres de familia.

“Es importante que estén los padres, porque son modelos y deben tener conocimiento. Uno de los problemas del acoso es que tiene unos efectos devastadores. Lo más importante es hacer un trabajo en conjunto”.

Un punto medular, de acuerdo a la especialista, es que los estudios reflejan que en casos de violencia siempre hay una persona que es observadora, “es un personaje que ve y que de alguna manera podría llamarse un cómplice”.

Esa persona puede adoptar una conducta pasiva-agresiva. “Casi siempre es quien está en alianza con el acosador. Muchas veces participan a través de su silencio porque podrían estar experimentando miedo debido a que pueden ser el blanco”.

Lo anterior tiene que ver con la etapa evolutiva de los estudiantes. “Si se trata de la adolescencia, el chavalo y la chavala requiere del otro para sentirse integrado”.

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