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El 27 de febrero de 2010 --cuando se registró el terremoto de 8.8 en la escala de Richter-- Natán Álvarez, corinteño radicado en Santiago de Chile, tenía unos cuantos tragos adentro y una cámara en mano, así que grabó un video y hasta lo vendió a Discovery Channel. Sin embargo, a las 7:55 p.m. de este miércoles, cuando el suelo empezó a mecerse, sintió miedo. Intentó ponerse en pie, pero no pudo.

Estaba en su apartamento, ubicado en el décimo piso de un edificio en el centro de Santiago, acompañado solo por su hija de un año.

La mecida fue muy violenta, cuenta Álvarez por teléfono. “El agua del retrete saltaba al piso, la tele se cayó y todo eso te asusta. En ese momento pensás si bajas por las escaleras o te quedas” en el apartamento. Él decidió quedarse. Entró a la habitación porque ahí el ruido era menor, cargó a su pequeña y se acostó en la alfombra, a la par de la cama, haciendo el triángulo de la vida.

Lo más atemorizante para mí fue la duración del sismo. Tres minutos que se hacen interminables porque uno está atento a si algo va a colapsar”.  Leonel Delgado, nicaragüense en Chile.

Mientras duró el sismo de 8.4 grados en la escala de Richter --tres minutos calculan-- le cantó al oído a su hija la canción que la calma cuando está llorando: Alecrim, alecrim dorado/Que nació en el campo/Sin ser cultivado.

Cuando el sismo acabó, el edificio continuó meciéndose.

“Me fui a cerrar las llaves del agua, destrabé las puertas, desconecté cables de corrientes, me asomé y no salí, me volví a acomodar, no quise bajar por las escaleras. Entré a la pieza otra vez, encendí la tele, pregunté a los nicas en el grupo de whatsapp si estaban bien, avisé a mi hermana en Nicaragua…”, relata Álvarez, quien llegó a ese país en 2006 porque estaba casado con una chilena.

“Muy difícil acostumbrarse”

Leonel Delgado es profesor titular del Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos de la Universidad de Chile. Por correo electrónico cuenta que la tarde del miércoles era primaveral, pero se estaba poniendo fría, como que el invierno quisiera todavía quedarse.

“Fui acá en el vecindario a traer a mi hijo Samuel, de 10 años, que estaba jugando con un amiguito. Cuando iba a tocar el timbre del edificio, de tres pisos de departamentos dúplex donde vivimos nosotros desde el 2010, comenzó el terremoto. Me invadió una especie de incredulidad, como si no pudiera convencerme de que estaba viviendo otro terremoto”.

Delgado recuerda que el edificio se movía, los autos estacionados saltaban, se encendían las alarmas, alguna gente gritaba y había un ruido fuerte por la sacudida de las ventanas, las verjas y las paredes.

“Lo más atemorizante para mí fue la duración del sismo. Tres minutos que se hacen interminables porque uno está atento a si algo va a colapsar. En esos tres minutos mi hijo salió del edificio con su amigo, y la mamá del otro niño. Yo intentaba comunicarme con mi esposa por celular, pero en esos casos se saturan y se caen las líneas. Sentí que en comparación con el de 2010 este fue más prolongado, pero menos violento. El de 2010 fue de madrugada, y es un poco diferente que el terremoto te arranque del sueño”.

Delgado sostiene que pese a que Nicaragua es un país sísmico, es muy difícil acostumbrarse a los temblores que se sienten allá. “Para un nicaragüense un temblor de más de 5 grados ya es algo significativo, en cambio acá es algo menor. Por otra parte, particularmente Santiago es una ciudad que crece hacia arriba, con centenares de edificios de más de 10 pisos por lo menos, y muchos de más de 20. Por lo que no es lo mismo vivir un temblor en una casa que en un edificio en que tenés que aprender a confiar en las normas de construcción, más que en la eventualidad de salir, de hecho no es recomendable buscar ascensores o escaleras. En ese sentido, Santiago, por lo menos, es una ciudad en que parecen cumplirse las normas de construcción antisísmica”.Dos barcos arrastrados por las corrientes en el puerto de Coquimbo. AFP

“¿Están todos bien?”

Los chilenos, dice, tienden a tomarse estas emergencias con serenidad y a retomar la normalidad muy pronto. “Fue así en el 2010 y ahora.

Una cosa diferente, sin embargo, son las costas, en las que hay pueblos con construcciones antiguas todavía (de adobe), y en donde los tsunamis tienden a causar estragos en la gente y sus actividades. Esta vez parece que fue exitoso el proceso de evacuación de casi un millón de personas”, escribe.

Algunos de los nicas que viven en Chile se reunieron recientemente en la embajada con motivo de las Fiestas Patrias. El miércoles, poco después del sismo, se contactaron a través de una conversación grupal en whatsapp para constatar que todos estaban bien.

Entre estos estaba Eduardo Martín Sánchez Montoya, psicólogo oriundo de León y catedrático de la Universidad de las Américas, y quien al momento del sismo se alistaba para ir a una reunión. Él tampoco pudo ponerse en pie. Por las réplicas se durmió hasta las 3:00 a.m. “Ya no me daba el cuerpo… En mi departamento vive un francés y nunca en su vida había sentido temblores, así que la pasó mal”, cuenta por teléfono.

Un millón de personas fueron evacuadas tras el sismo.  Ayer, dijo Sánchez Montoya, no había temblado. “O no lo he sentido. La gente está como animada porque empiezan las Fiestas Patrias y en el mercado estaban comprando carne y verduras”.

 Lesbia Inestroza, de Palacagüina, llegó en marzo a Chile. Está casada con un chileno y esta fue su primera experiencia sísmica en ese país. “Soy nueva aquí, ¡pero vaya recibida!”, comenta por whatsapp.

 “Yo soy de salir corriendo hacia afuera --cuenta Martha Molina, de Ocotal y también casada con un chileno— pero estaba mi suegra y me dijo: tranquila, va a pasar. Y traté de estar tranquila por mi hijo”.

 

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