•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Después de navegar en el río Coco, llegar a Waspam y viajar durante dos días por tierra, arribó hace un mes a Managua. Llegó por quinta vez. Vino, como en la primera ocasión, con su hija menor, una niña a la que pese a su timidez, le gusta bailar. La pequeña tiene cáncer y será operada, le extraerán el bazo.

Raymunda Paz López no precisa cómo le fue diagnosticada esa enfermedad a la menor de sus nueve hijos ni qué síntomas tenía la pequeña. Fue hace cinco años, afirma. La niña tenía dolor y de Puerto Cabezas fue remitida a la capital. Aquella primera vez fue dura, detalla Raymunda, de 44 años, católica y de poco hablar.

“Traía a mi hija grave”, cuenta. Le dijeron que Sheylin, hoy de siete años, no tenía cura. “Fue duro para mí y yo solo era llorar”. Cuando termina de decirlo, vuelve a llorar, así que dejo de preguntar.

Si usted se arma de fe, todos los tropiezos que vengan van a rebotar”. Jairo Arcia.

A la par de cada niño y niña con cáncer hay una madre y un padre luchando para mantenerse en pie. Amalia Frech, presidenta de la Comisión Nacional de Ayuda a los Niños con Cáncer (Conanca), conoce en carne propia la angustia que viven.

Angustia, dolor…

“Es un dolor inexplicable”, asegura Frech, quien en julio de 1980 recibió la noticia de que su primera hija padecía de leucemia linfoblástica. Hoy Frech está enteramente dedicada a Conanca.

Los padres experimentan dos tipos de angustia: la de no saber si su hijo vivirá y la que provoca el pensar con qué recursos costearán el tratamiento. “Ahí se derrumban y por eso Conanca cuenta con una psicóloga y una trabajadora social. Cuando el doctor da la noticia, la psicóloga trabaja con ellos y la trabajadora social analiza la situación económica”.

Frech menciona que otro aspecto a tomar en cuenta es que los padres y madres se dedican solamente al niño que se encuentra enfermo. “Pasa el tiempo y no nos damos cuenta que los demás están creciendo”.

1,800 niños están en el programa oncológico de “La Mascota”.

Recientemente Raymunda pasó dos días sin saber de sus ocho hijos, quienes se quedaron en su comunidad acompañados por su padre.

Se le había dañado el celular, no cargaba.

—Se afligen cuando no estoy con ellos porque se quedan solos.
—¿Y algún familiar suyo los acompaña?, ¿su mamá o alguna hermana?
—Es que yo soy mota. Solo están con su papá, él trabaja en el campo.

Raymunda y su marido siembran frijoles y arroz. Con eso recogen el dinero con el que se ayuda en su estancia en Managua. A su niña le gusta bailar y también es devota. Últimamente le ha hablado de la muerte.“Mat” le llama Jairo Arcia a su pequeño amante del futbol y de la lectura.

“Si yo me muero no me deje aquí botada”, le ha pedido a su madre. “Vos sos un angelito y no te vas a morir, pedile a Dios”, le responde.

Extrañamente, al decir esto Raymunda no llora. Sonríe. Sonríe porque cree en Dios.

Fe primero

Jairo Arcia parece ser un hombre animado. Su hijo mayor, Matthew (“Mat”, le llama él), fue diagnosticado con leucemia linfoblástica aguda.

Cuando la doctora les comunicó el diagnóstico, el niño les pidió a sus padres que le hablaran con la verdad. “No me mientan, los adultos siempre mienten”, les dijo. “Es cáncer, le dije y me preguntó qué tipo de cáncer era”.

Matthew estudia primer año y es un niño maduro, tiene siempre un tema de conversación y mientras su padre da la entrevista, él lee un libro.

La única fórmula que Jairo Arcia da para no desfallecer es tener “fe primero”. No es primero fe, insiste él, es tener fe primero. “Si usted se arma de esto, todos los tropiezos que vengan van a rebotar. Cuando está en cama, yo le digo: Mat, usted es un niño fuerte, usted es un testimonio”.

En el hospital ha aprendido a no flaquear. A veces siente que no resiste y se va al baño, se desahoga y regresa. “Mat siempre me ha mirado bien. Él mira esa fortaleza, los psicólogos y la doctora me dicen que entre menos problemas se le den, la medula ósea trabaja mejor, por eso hay que estimularlo. El niño con facilidad percibe las cosas”.

“Cuando a un hijo le detectan esto, su ritmo de vida cambia. El cliente a veces entiende por qué estás dejando tirado el trabajo”, expresa Jairo Arcia, quien tiene otro hijo, Paul, de dos años, poseedor de una personalidad completamente diferente a la de su hermano.

Es importante, indica Arcia, tratarlo como un niño normal, por eso él y la madre de los niños procuran no victimizarlo. “Yo soy un poco estricto y a veces le digo que no justifique la enfermedad para tener lujos o cuando quiere obtener un juego. ‘No lo hago papá, me nace’, me dice él. Entonces le contesto: Mat, a usted le da hambre cuando pasamos por Tip Top, eso no es correcto”.

Al terminar la entrevista, ambos niños ingresan a la sala. No parece que sus padres estuvieron desahogándose.

 

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus