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La prosperidad es uno de los mayores anhelos a nivel individual  y colectivo. La humanidad está llamada a prosperidad, esta es una promesa de Dios. La Biblia en la 3ra. Carta de Juan dice: Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma.

Escuchaba en estos días a un predicador que decía: el deseo de Dios es que todos sus hijos amados, tengamos cosas buenas, tengamos bienes, éxito, seamos fértiles, alegres, total bienestar; que logremos triunfar en lo que nos proponemos; en fin, que experimentemos un curso favorable de las cosas.

La prosperidad que Dios promete es integral: abarca lo espiritual; lo cognitivo; lo físico; lo familiar y lo social.

Lo espiritual porque somos llevados de muerte a vida cuando confesamos que Él es el Señor omnipotente, omnisciente y omnipresente. En lo cognitivo (el alma) porque estamos sometidos a un proceso permanente de renovación de pensamientos, emociones, y sentimientos, y cuando se alcanza la plenitud del dominio de emociones y pensamientos, se desarrolla una voluntad próspera. En lo físico porque cuando hay sanidad cognitiva tienden a disminuir y hasta desaparecer las enfermedades propias de causas denominadas psicosomáticas. En lo familiar y en lo social, porque cuando se cuenta con bienestar cognitivo se tiende a vencer actitudes y emociones que atentan contra las relaciones interpersonales sanas, las personas son más afables, respetuosas, responsables y muy positivas; y en lo financiero y material, porque ello llega por añadidura como resultado de la prosperidad espiritual, cognitiva, física, familiar y social.

Esta es la prosperidad que Dios nos promete, sin embargo, para recibirla hay una condición: que el alma (lo cognitivo) sea renovada, prosperada. Entre otros aspectos se puede mencionar, que en vez de ser factores de discordia lo seamos de concordia; en vez de propiciar la desunión, seamos luchadores de la unidad, conscientes de lo que dice el evangelio de San Mateo 12:25: Todo país dividido contra sí mismo es asolado y toda ciudad o casa dividida no se mantendrá en pie.

Qué extraordinario sería que fuésemos guerreros de la convivencia pacífica, de la concordia y de la unidad en la diversidad. Que la conducta generalizada fuese el respeto, la tolerancia, aceptarnos a pesar de todas las imperfecciones que nos caracterizan, que todas y todos pusiéramos un grano de arena en la construcción de prosperidad de nuestras familias y de la sociedad en general.

Lo anterior no es una quimera, es posible, cada quien desde sus creencias puede hacerlo. Por mi parte he aprendido y experimentado que cuando hay prosperidad espiritual, las personas son receptoras del fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, gratitud, fe, esperanza, paciencia, mansedumbre y dominio propio. El fruto del Espíritu las equipa para enfrentar problemas y dificultades, solucionarlos y seguir adelante.
El papa Francisco en una de sus intervenciones recientes con mucha sabiduría decía que en las sociedades existen diferencias, pero también grandes coincidencias y se puede trabajar juntos en el amor al prójimo (nuestros conciudadanos), la solidaridad y el engrandecimiento de la patria. Nos exhorta insistentemente a la unidad y señala que el camino necesario para (la prosperidad de) todos los pueblos es amor, perdón, respeto, diálogo y reconciliación”.

Queremos saber de Uds. Les invitamos a escribirnos al correo crecetdm@gmail.com

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