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Managua conserva edificios emblemáticos, como el Teatro Nacional Rubén Darío, diseñados por el arquitecto leonés José Francisco Terán Callejas, quien también ha dejado la huella de su talento en Estados Unidos donde hasta fue parte del gabinete del presidente George W Bush, en la dirección del Instituto de Ciencias de la Construcción.

Gilberto Martínez, un joven arquitecto también nicaragüense, se interesó en estudiar la obra de Terán y un día lo contactó en Estados Unidos, vía correo electrónico, logrando un diálogo con él que dio por frutos un libro y la exposición “Arquitectura Moderna en Nicaragua (1960-1970)” que hoy serán presentados por la Fundación Ortiz Gurdián (FOG).José Francisco Terán Callejas.

“La arquitectura es el arte de proyectar la parte espiritual del ser humano”, dice Terán en esta entrevista.

¿Qué se siente ser un maestro buscado por un joven arquitecto, que desea estudiar su obra?

Gilberto me preguntaba sobre la introducción de la modernidad en la arquitectura nicaragüense, lo cual ha sido un tema muy cercano a mi filosofía de diseño, de arquitectura y de vida. A mí me gusta mucho la literatura y siempre me he identificado con la modernidad: matar al hombre viejo que está dentro de uno y siempre quiere salir, decía don Ramiro de Maeztu, y dejar que el hombre nuevo salga adelante. Me llamó la atención las dos o tres preguntas que él hacía en ese correo, y comenzamos una serie de conversaciones. Me di cuenta que él sabía más de mí que yo de mí mismo, o de lo que yo me acordaba.

¿Dónde estudió arquitectura usted?

En la Universidad de Michigan. Estudié mi primer año en Washington DC. Yo me bachilleré en el Colegio Centroamérica en 1950 y ese año estalló la guerra de Corea y parecía que iba a ser guerra mundial. Tenía el gran deseo de estudiar arquitectura porque a mí me interesaba el arte, la ciencia, la sociología. Estaba bastante enredado en lo que iba a ser como profesional, porque en el Colegio Centroamérica me gané el primer premio en todas las asignaturas en toda la secundaria, pero yo envidiaba a dos personas en el colegio, al poeta Eduardo Cepeda Enríquez, que era mi gran amigo y me dedicó su primer libro que se llama Lirismo, y al doctor Ernesto Rizo Castellón, mi amigo también, era el que tocaba el armonio e iba a ser músico y ya del colegio iba para el conservatorio en París. ¿Y yo qué voy a ser, señor? Ellos tenían su vocación bien definida y yo estaba…

¿En qué momento decide ser arquitecto?

Había una buena biblioteca en el Colegio Centroamérica y me habían dado acceso porque yo era muy afiliado a los libros, no jugaba futbol en la tarde y tenía que pagar una multa porque me gustaba estar leyendo. Me decían “tiene que jugar” pero yo era ratón de libros. Allí encontré algunos tomos de arquitectura, y pensé: En este arte y esta ciencia que es la arquitectura se entrelaza todo, la física, la química, la sociología, la filosofía, el arte; tiene que ver con el ser humano, algo  que a mí me gustaba muchísimo porque el ser humano está tremendamente ligado a la arquitectura.

¿Cómo?

La arquitectura es el arte de proyectar realmente la parte espiritual del ser humano… La mitad del turismo mundial se origina para ir a ver arquitecturas. ¿A qué vamos a Egipto? A ver las pirámides. O te vas a ver el Partenón, la perfección de los griegos.

¿Con qué ideas vuelve a Nicaragua, cuando se gradúa?

Regresé por tres meses, hubo una tragedia en mi familia, un hermano mío había muerto y vine a ver a mi madre en el año 1956. Estaba sacando mi título y llegó a la universidad de Michigan el ingeniero Alfredo Sacasa Guerrero, presidente del Infonac… Me dice, ¿qué podemos hacer juntos? Le digo, voy a Nicaragua a ver a mi madre y pienso regresar a hacer un posgrado tres meses después. Ve, me dice, por qué no pensamos en algo, para que en los tres meses hagás algo fructífero que a vos te guste. Me dice, yo recibo en el instituto solicitudes constantes de los caleros de San Rafael del Sur, de los que producen ladrillos de barro en Matagalpa, allá en Rivas, Chinandega, los que producen bambú en el Atlántico, madereros; tal vez nos podés hacer un estudio. Con mucho gusto, le digo… Así que anduve por toda Nicaragua los tres meses, los viernes venía a Managua. Traía pedacitos de madera, de roble, pino, caoba; traía tejas de barro de La Paz Centro, ladrillos de barro de Rivas. Recorrí Jinotega, Matagalpa, Boaco, Chontales. De allí salió un libro que se llama La construcción en Nicaragua y fue, creo, de mucho éxito para el Infonac. En ese tiempo no había Chiltepe, no había Procón, no había ninguna de estas industrias; muchas de ellas se originaron porque estaban sugeridas en ese estudio.

¿Cuál es la primera obra importante que hace en Nicaragua al retornar en 1960?

La primera fue divisar a una muchacha muy linda que me encantó, tenía yo 27 años, casi no pensaba en casarme porque estaba trabajando con Yamasaki, uno de los grandes arquitectos del mundo. Tenía dos años de estar embebido, casi sin dormir, porque él estaba… Minoru Yamasaki es el famoso arquitecto de las torres gemelas famosas de Nueva York. Éramos seis en su equipo de diseño, me trasladé donde él tenía su oficina en Birmingham, Michigan, y si al japonesito se le ocurría a las tres de la mañana, si estaba inspirado, nos llamaba por teléfono y teníamos que salir en carrera a trabajar con él. Fueron dos años en que casi no dormí, nos tirábamos en un sofá allí porque aquel hombre quería las maquetas divinas y perfectas las presentaciones porque estaba en su auge. Había proyectos maravillosos, como el primer aeropuerto de Arabia Saudita. A mí me dieron la tarea de liderar un equipo en el centro de ingeniería para la Chrysler Corporation.

¿Cómo se establece en Nicaragua?

Formamos la empresa AISA, con Alfredo Osorio Peters, Roberto Arguello Téfel, René Lacayo Debayle y yo. Todos éramos amigos de juventud. Decidimos lanzarnos de lleno a competir con los dueños de la plaza que eran Cardenal, Lacayo, Fiallos y Solórzano, Villa, Pereira.

¿La primera licitación?

El Instituto Nicaragüense de Seguridad Social. Es interesante la historia porque acabábamos de formar la compañía, creo que don Luis Somoza era el presidente del INSS y el doctor Felipe Rodríguez Serrano su gerente general. Deciden invitarnos a someter anteproyectos, estábamos nuevecitos, no habíamos hecho nada. Hicimos las presentaciones ante la junta directiva del Seguro Social y el proyecto que más les gustó fue el nuestro. A los días nos llama Luis Somoza y nos dice: Les vamos a adjudicar el anteproyecto, les vamos a pagar 50 mil córdobas, pero ustedes son tan jóvenes que no tienen experiencia en hacer planos constructivos y todas esas cosas de construcción; eso se lo vamos a dar a otros. Nosotros, muy orgullosos, agarramos todos nuestros cartones que estaban puestos alrededor y nos fuimos. O nos dan todo, o no nos dan nada. Y eso que necesitábamos los realitos. Lo pensaron los del Seguro Social, pidieron referencias a todo mundo, hasta a Yamasaki le pidieron referencias, a las universidades, y cuando dieron buenas referencias de todos nosotros, entonces nos llamó el doctor Rodríguez Serrano y nos dijo: Les vamos a dar a ustedes todo el trabajo.

¿Cómo llegó a ser el diseñador del Teatro Rubén Darío?

Cuando llegué a mi quinto año de arquitectura, escogí hacer mi proyecto de graduación sobre edificios para las artes escénicas. Hice un diseño que incluía una sala de conciertos, un teatro experimental, un teatro legítimo, un lugar especial, etc. Soy un gran aficionado a todo lo que es música. Vengo a Nicaragua y veo que no hay. Hay mucha actividad y mucho deseo, la actividad es en los teatritos. Comienzo a escribir unos articulitos en el periódico y decía que Nicaragua necesitaba un lugar de reunión, un teatro, que sirviera para propósitos múltiples. El profesor Rodrigo Peñalba ya tenía un grupito, formado por él, don Carlos Mántica Abaunza, el doctor Manuel Monterrey Solórzano y de vez en cuando llegaba Pablo Antonio Cuadra. Rodrigo Peñalba se apareció un día y me dijo que si quería yo juntarme a este grupito que estaba tratando de promover la construcción del teatro… Una vez, después de una de esas reuniones, llego donde mi tío Salvador Guerrero Montalván. Se había muerto una tía mía días antes y llega doña Salvadorita Somoza y doña Hope de Somoza a dar el pésame a mi tía Octavianita. Me senté con ellas a platicar y me tocó al lado de doña Hope, yo no la conocía… Empezamos a hablar de arte y me dice ¿qué podríamos hacer para activar todo esto? Mire, doña Hope, tenemos un grupito que queremos hacer un teatro en Managua. A mí me encantaría, me dice. Bueno, le digo, yo la invito, la próxima reunión es el jueves. Yo llego, me dice. Cuando estábamos en la reunión, de repente vemos que llega la limusina y se baja doña Hope muy elegante… Ella dijo: “Yo quiero integrarme con ustedes… yo me encargo de conseguir una cita con el presidente René Schick”, que era el presidente de la república, era el año 1963. Nos da la cita el doctor Schick, nos recibe una mañana, y nos dice: “Yo me adhiero completamente y el gobierno se compromete a hacer el Teatro Nacional Rubén Darío”. En las fiestas darianas de 1964, en enero, me informan que han nombrado arquitectos a las firmas Aisa y Diseños y Construcciones, y que me han nombrado a mí como jefe del proyecto.

¿Qué pasa con el terremoto de 1972?

Yo estaba en Miami. Volamos a San José, Costa Rica, allí instalé a mi familia y regresé a Managua el 26 de diciembre… Iba con mi chofer en un carrito volvo que tenía yo, y decían en la radio, todas las radios estaban encadenadas: “Arquitecto José Francisco Terán, en el término de la distancia que se presente en la hacienda El Retiro”. Yo llegaba todo el tiempo allí porque había sido el arquitecto de la casa de Somoza (Anastasio), en 1965. Le digo al chofer, desviate y vamonós al Retiro. Llego y de inmediato me hacen pasar, está el general vestido de militar. Me dice Tacho: “Ve, Chepe Chico, necesito que me des una explicación, ¿por qué a todo el mundo se le cayó la casa y a mí no me pasó nada en esta casa?” Yo casi le digo: General, porque se la hice yo. Qué presumido. No. General, le digo, el ingeniero que usamos en esta casa, estructural, es el más conservador del mundo. Salgo de esa casa y antes de ir a mi oficina voy al Teatro. Llego y los muchachos allí, con los que había trabajado, me abrazan: Arquitecto, aquí no pasó nada; el Teatro no tiene ninguna rajadura en ninguna pared.

¿Cómo ve a Managua hoy, en su arquitectónica, y qué recomendaciones haría para mejorarla?

Tengo años de no vivir en Managua. Es una de las ciudades menos densas del mundo, creo. Tiene 36 kilómetros de Este a Oeste y casi 20 kilómetros de Norte a Sur, 720 kilómetros cuadrados. Dicen que la población de Managua es de un millón y medio de habitantes, o casi dos millones; serán 2,000 o 2,300 personas por kilómetro cuadrado. Esto no es ciudad, esto es un desparramiento de actividades. Cómo vas a poner infraestructura de aguas negras, de agua potable, cuando tenés que llevar tuberías a distancias enormes. Para ir de donde me hospedo, en el kilómetro 13 y medio de la carretera sur, al hotel Camino Real, en el aeropuerto, me dilato una hora y veinte minutos. Yo comprendo el problema de la descentralización necesaria, por el problema sísmico, pero… En la capital de Macedonia, Skopie, del tamaño más o menos de Managua, los terremotos muy parecidos a los de Managua, superficiales con epicentros a tres, cinco, diez kilómetros de profundidad… En Skopie contrataron a Kenzo Tange, uno de los grandes arquitectos japoneses y ubicaron su población en 12 urbanizaciones de edificios de 15 pisos cada uno, y el centro de la ciudad prácticamente vacío, solo la estación de ferrocarriles. La población bien concentrada.

Te pongo eso como una antítesis de Managua, no estoy diciendo que hagamos eso porque no somos personas de vivir en condominios. El edificio alto es el que más se defiende por razones de su cuerpo físico, lo que se llama el fenómeno de resonancia; el edificio alto oscila a una frecuencia diferente del temblor que es superficial y afecta enormemente a las estructuras bajas. Por eso los edificios grandes no cayeron en Managua, como el Banco de América, tuvieron menos del 2 por ciento de daños. El edificio alto es el que menos absorbe la energía que se genera en la tierra del temblor. El período crítico del terremoto de Managua dilató 7 segundos y en esos 7 segundos los edificios altos oscilaron a una frecuencia diferente del temblor que tiene una frecuencia bien seguida. Las estructuras bajas tienen la misma frecuencia que el sismo, entonces absorben la energía. Todo cuerpo físico tiene un tiempo de oscilación natural.

¿Es mejor concentrar?

Pero bien hecho.

 

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