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Antolín Díaz, de 57 años, aún se entristece al recordar aquella mañana del 30 de octubre de 1998, cuando una avalancha de lodo arrasó con un caserío pobre del volcán Casita, donde él vivía con su familia. Después de seis días de lluvias causadas por el huracán Mitch, un estruendo precedió la tragedia. Pocos tuvieron oportunidad de escapar. Más de 1,400 personas quedaron sepultadas, entre ellas siete miembros de la familia de Díaz, quien sobrevivió abrazado a un pedazo de árbol que lo arrastró a los pies del cerro. Ahí llegó completamente llenó de lodo y desnudo, porque la fuerza del alud le arrancó hasta la ropa.

“Los cadáveres estaban irreconocibles y en algunos casos solo encontramos huesitos (restos) y los enterramos donde (ahora) está el monumento”, recuerda Napoleón Narváez Ojeda, de 42 años, otro sobreviviente del desastre, cerca del memorial que se levantó en honor a las víctimas y que este viernes fue visitado por decenas de dolientes y autoridades locales, en ocasión del décimo séptimo aniversario de la tragedia que enlutó a la comunidad de Posoltega, en Chinandega, conmocionó a Nicaragua y trascendió las fronteras del país.

“Avalancha infernal”

La entonces alcaldesa de Posoltega, Felícita Zeledón, había manifestado a las autoridades nacionales su temor al desastre, pero no fue hasta que el alud de lodo, agua y rocas barrió con el poblado que se comprendió la magnitud de aquella alerta.

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A su paso, la “avalancha infernal”, como la recuerdan los pobladores, arrasó por completo con las comunidades de El Porvenir y Rolando Rodríguez, que estaban ubicadas a tres kilómetros de donde inició el deslave. Los sobrevivientes recuerdan que algunas rocas eran hasta del tamaño de un automóvil.

A veces escuchamos ruidos extraños en la parte alta del volcán, como los del día del deslave, pero ponemos todo en las manos de Dios”. Modesta González, quien ha vuelto a vivir cerca de la zona del alud.

Las huellas del alud aún se divisan en el coloso que se eleva a 1,405 metros de altura y a unos metros de sus pies se elevan pequeñas y variadas cruces en memoria de las víctimas.

Entre los sobrevivientes hay quienes perdieron a todos los integrantes de su núcleo familiar y otros que perdieron a la familia completa, como Narváez.

“Corre hijito lindo”

Aquella mañana del 30 de octubre, Díaz recuerda que él fue a su huerta a cortar unos elotes con su hijo de 12 años.

Ambos estaban en plena faena, cuando Díaz miró bajar de la ladera del volcán Casita una inmensa nube negra que traía rocas, lodo, agua y árboles que arrancó de raíz.

“Solo tuve tiempo de decir corre hijito lindo”, recuerda el hombre, quien asegura que en aquel instante pensó que había llegado el Apocalipsis que se menciona en La Biblia.

Los cadáveres estaban irreconocibles y en algunos casos solo encontramos huesitos (restos) y los enterramos donde (ahora) está el monumento”. Napoleón Narváez Ojeda, de 42 años, sobreviviente de la tragedia.

Mientras rodaba aferrado al pedazo de árbol, Díaz recuerda que pensaba: “Diosito me vas a ir a dejar”, pero no murió. Esa, en cambio, fue la suerte de siete de sus hijos, sus dos hijastros, su esposa y sus padres.

Antes del alud, Díaz era un próspero comerciante. Al llegar a los pies del volcán, arrastrado por la corriente que chocaba con ramas, alambradas y troncos de otros arbustos, solo encontró un trozo de plástico negro para cubrirse.

Así llegó a la casa de su amiga Rita Silva, donde rompió en un llanto sin que nada pudiera consolarlo. Luego, hasta necesitó atención médica porque se vio al borde de la demencia.

“Durante tres días me despertaba y con furia rompía las sábanas y decía te voy a matar”, rememora Díaz, quien ahora ha logrado reconstruir su vida formando un nuevo hogar y tiene tres hijos.

El más violento

El huracán Mitch alcanzó la categoría 5 en la escala internacional Saffir-Simpson, alcanzando vientos de 290 kilómetros por hora.

Según cifras oficiales, el Mitch cobró la vida de 2,800 personas, de las cuales 1,405 perecieron por el deslave del volcán Casita.

La avalancha de lodo y piedra recorrió 18 kilómetros.

Se estima que el huracán, además de los muertos, causó a Nicaragua pérdidas económicas superiores a los 1,262 millones de dólares (según el tipo de cambio de la época).

El huracán afectó a toda la región centroamericana entre el 22 de octubre de 1998 y el 5 de noviembre del mismo año y aparece entre los cuatro más poderosos que han afectado a Nicaragua desde 1970 a la fecha, junto a los huracanes Irene ( 1971); Alleta ( 1982) y Joan (1988).

Cada año hay flores en las cruces que recuerdan a las víctimas. Orlando Valenzuela / ENDSolidaridad

Para que Díaz retomara su vida cotidiana fue vital el respaldo que recibió de sus clientes del mercado central de León, quienes hicieron una colecta reuniendo para él C$6,000, ropa y vívieres.

“Con el dinero que ellos (los comerciantes) me regalaron dije: ‘Bueno Señor, si tú me lo quitaste (lo material), tú me lo das”, y me puse a trabajar nuevamente”, comenta.

A 17 años de la desgracia, Antolín Díaz y alrededor de 350 habitantes de lo que fueron las comunidades El Porvenir y Rolando Rodríguez, han logrado reconstruir sus vidas, pero sin olvidar aquel terrible capítulo donde perdieron a sus seres queridos.

Algunos han vuelto

Muy cerca de las laderas del Casita, también está la comunidad de Versalles, donde varias familias han vuelto a asentarse en ese sitio a pesar del peligro que eso representa.

Modesta González, quien asegura haber visto pasar a la orilla de su casa el inmenso alud, manifiesta que los habitantes de ese lugar se han acostumbrado a convivir con el temor a un nuevo deslave.

El pasado mes de julio, el codirector del Sistema Nacional para la Prevención, Mitigación y Atención de Desastres (Sinapred), Guillermo González, advirtió sobre el riego de nuevos deslaves en tres volcanes ubicados en Chinandega.

González señaló que un eventual exceso de lluvia podría recargar de humedad los suelos de los volcanes San Cristóbal, Chongo y el Casita.

“A veces --dice González-- escuchamos ruidos extraños en la parte alta del volcán (cono), como los del día del deslave, pero ponemos todo en las manos de Dios”.

“La tierra tembló”Antolín Díaz con una foto de sus familiares, muertos por el alud. Orlando Valenzuela / END

Modesta González, habitante de la comunidad Versalles, que colinda con lo que un día fueron las comarcas El Porvenir y Rolando Rodríguez, desaparecidas por el deslave del volcán Casita, recuerda que antes de producirse la desgracia hubo varios temblores.

“Primero se escuchó como cuando un avión aterriza, después una exposición y seguidamente se levantó una nueve negra”, recuerda González, quien con su familia ha vuelto a vivir cerca en la zona de peligro, desafiando a la naturaleza.

Napoleón Narváez, cuya familia murió bajo el alud de lodo y gigantescas rocas, asegura que el deslave ocurrió entre las 10 y las 11 de la mañana.

“Aunque era día no se miraba nada, porque todo estaba oscuro y fue hasta como las tres de la tarde que se aclaró un poco”, relata el hombre que perdió a sus dos hijos, su esposa y sus padres.

Según ambos sobrevivientes, antes de la tragedia nadie les advirtió que las lluvias eran ocasionadas por un huracán, y jamás sospecharon que estas lluvias acumularían hasta 500 milímetros de precipitaciones, que terminaron provocando la avalancha.

“Nosotros no salimos de nuestras casas porque siempre creímos que era un temporal lluvioso, como los que hay en cualquier invierno”, comenta González.

Los sobrevivientes de deslave del Casita sostienen que no cobraron idea de la magnitud del desastre hasta que el salió el sol, descubriendo el horror.

  • 1,405 metros sobre el nivel del mar es la altura del volcán Casita, que pertenece a la cordillera de Los Maribios.
  • 500 milímetros de lluvia había acumulado al 30 de octubre el coloso, previo al alud que se tragó el caserío.
  • 250 metros de ancho alcanzó en algunas partes el flujo de lodo, agua y rocas, que aún se puede divisar.
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