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En la última inundación salió de su casa subido en una lancha. En esa lancha iban él, su esposa y sus suegros. Pero ellos ya no están más. Murieron. Murieron de aflicción dice él. No soportaron vivir tan lejos del lago.

José Guillermo Méndez casi va llegando a los 80 años y entretiene sus días y sus noches escuchando a Julio Jaramillo, a Tito Cortez y a la Sonora Matancera. Llegó hasta esta colina junto a su esposa y a sus suegros un año después de la última inundación que los sacó de su casa, que estaba ubicada a pocos metros del Xolotlán.

Era 2011 cuando se asentaron en esta loma surcada por calles polvorientas donde el sol quema más fuerte y se aprecia mejor lo devastado del poblado. Desde aquí puede apreciarse la costa y la soledad que impera en este pueblo de poco más de 11,000 habitantes en el que el verbo tener suele conjugarse solo en pasado.

San Francisco Libre tuvo puerto, tuvo ganado, tuvo ajonjolí, tuvo bosque y tuvo prosperidad. José Guillermo conoce ese pasado. Llegó hasta esta ciudad con cuatro años de la mano de sus padres, quienes vivían allá por la cuesta El Coyol, camino a Estelí. Eran personas luchadoras que habían escuchado hablar de la bonanza que en esta ciudad portuaria se vivía.

San Francisco es la cabecera municipal con una extensión de 72 kilómetros cuadrados. Tiene 4 comunidades, dos de ellas conforman el actual casco urbano del municipio y son: Puerto Viejo y Puerto Nuevo.

Cuentan que a inicios de 1900 el impulso productivo activó el transporte lacustre hacia Managua, provocando que poblados como este se desarrollaran. En principio, San Francisco Libre se llamó el Puerto y luego San Francisco del Carnicero. Sus pobladores tenían ganado, tanto como lo tuvo José Guillermo al momento de la inundación más reciente.

La calle principal del poblado, que hoy luce árida y en la que circulan unas pocas personas, carretones cargados de leña y campesinos sobre sus caballos, fue la testigo principal de la bonanza que vivió San Francisco Libre. Aunque José Guillermo ahora no lo recuerda, en este sitio se ubicaron dos grandes ventas y vivían los comerciantes más fuertes del lugar.

Bonanza

“Había unas grandes tiendonas”, contará más tarde el músico Reynaldo Reyes.

Después de la última inundación el puerto quedó anegado por dos añosEn esa zona se encontraban las ventas de Clemente Rojas y de Rubén Cárcamo. Este último tenía cuatro lanchas y traía mercadería desde Managua. Llevaba cerdos embarcados y a veces, cuando no soplaba el viento, sus naves pasaban varadas a mitad del lago esperando la misericordia de un vendaval.

Lucía Manzanares es quizá una de las pocas ancianas descendientes de los fundadores que aún queda viva en el poblado. Contrario a José Guillermo, no ha tenido que reubicarse. Vive en la casa que heredó de su madre, quien fue partícipe de los buenos tiempos que antaño se vivieron.

“Mi mamá compraba los cueros de venado por docena. Compraba cuero de lagarto también y los llevaba por docena a vender a Managua, ¡viera cómo abundaban los venados! Y también las iguanas. Era mucho comercio el que había aquí. Ella empezó vendiendo manjar en una panita y luego se hizo comerciante, de ahí compró un solar, tenía su casita y hasta una vitrola tenía.

Destazaba cerdo y después empezó a comprar ganado. Tenía el patio lleno de leña”, recuerda Manzanares, de 83 años.

Cambios

Cuenta el escritor y sociólogo José Luis Rocha en la edición 202 de la revista Envío, publicada en enero de 1999, que el incremento demográfico y la demanda comercial de Managua, unidos a la vocación ganadera del municipio, provocaron que entre 1945 y 1955 se introdujera en la zona la cría del ganado bovino.

“La actividad ganadera se intensificó en los años 80, gracias a los créditos sin indexación, política que caracterizó al gobierno revolucionario y que, en un contexto económico altamente inflacionario, significó obtener un crédito para una vaca y pagarlo con el valor de una gallina. Desde finales de los 80, con el ajuste estructural y la restricción de los créditos, la actividad ganadera sufrió un decremento. Para entonces, los grandes bosques naturales eran ya pastizales, las maderas preciosas habían sido aprovechadas por algunas empresas extranjeras y la demanda leñera de Managua, que no cesaba, habían garantizado la desertificación del lugar”, detalla Rocha.

Un parque con wifi figura entre los principales atractivos que la juventud de este poblado tiene. En general hay buena opinión sobre la labor que hace el alcalde, pues gestionó la construcción de un hospital y despacha incluso desde las 5:00 a.m. en su casa.

El escritor agrega que San Francisco Libre no quedó ajeno a la producción algodonera, lo que contribuyó a deteriorar más la dotación forestal del municipio. “Cuando el algodón decae en los 80, el daño ya estaba hecho. Entre ganado y algodón, el saldo es un municipio desertificado y carente de oportunidades de empleo”.

Pero no hay que ir tan rápido. El San Francisco Libre que recuerda Lucía Manzanares, la señora descendiente de los fundadores del municipio, se amenizaba por las noches al ritmo del violín y de bandolinas. Y hay que decir más: no se llamaba así. “Mi partida y la de mis hijos, los que parí, dice ‘San Francisco del Carnicero’. No sé por qué le quitaron ese nombre y le pusieron Libre si aquí nadie peleó, ¡ningún combate hubo!”.En San Francisco Libre se respira soledad.

No hay una explicación oficial sobre el origen del nombre carnicero. Manzanares dice que se debe a que existió un señor al que le llamaban así porque destazaba reses. Y su nombre, dicen, era Francisco.

Y llegó la carretera…

El progreso que traen consigo las obras de infraestructura provocó el decaimiento en San Francisco Libre. La Carretera Panamericana, construida en los años 50, quitó la importancia a esta ciudad portuaria.

Pero en mayo de 2009 la Empresa de Puertos de Nicaragua (EPN) devolvió a los pobladores sus recuerdos del pasado, inaugurando el puerto Carlos Fonseca Amador, un sitio colorido, lleno de ranchos, con banderas de colores ondeantes que permitía el acceso a diversos tipos de naves a través de un canal de 1,000 metros.

300 personas fueron empleadas en las labores de construcción y cuando estuvo listo muchas embarcaciones encallaron, entre ellas la “Novia del Xolotlán”. Dicen que la alegría que las inundaciones, la pobreza, el desempleo y la desertificación de la zona había arrebatado, regresó en esa época al poblado de 756 kilómetros cuadrados.

Sin embargo, la alegría acabó un año después, justo cuando llegó el invierno. José Guillermo fue uno de los que miró cómo el puerto desapareció. Y también Johnny Delgadillo.

Y las llenas…

Llena es una palabra que todos en San Francisco Libre suelen repetir. Desde pequeños han escuchado historias de cómo el lago reclama su territorio y viene y asalta el territorio… y se llena.

De las llenas todos saben mucho. Saben, por ejemplo, que allá en la década de los 30 ocurrió una de las peores. Dicen que el Xolotlán entró tanto, que arrasó con comunidades enteras. Lucía Manzanares estaba en la panza de su madre cuando ocurrió y según le han contado, la partera tuvo que llegar subida en una lancha para poder atender a su mamá.

Otra de las peores y de las más recientes la provocó el huracán Mitch, en octubre de 1998. En pocas horas la superficie del lago se elevó de 38.5 metros sobre el nivel del mar a 42.2 metros, en una superficie de agua de más de mil kilómetros cuadrados. No hubo muertos y por eso San Francisco Libre no fue noticia principal en ningún diario, pero muchos durmieron en árboles y perdieron lo poco que aún les quedaba.

Se calcula que de 826 manzanas de maíz se perdieron 696, de 599 manzanas de sorgo se perdieron 427, de 150 manzanas de frijol se perdieron 120, de 100 hectáreas de reforestación se perdieron 88. Se perdió todo el ajonjolí, 535 viviendas, 2,800 reses, 4,000 cerdos y 10,000 gallinas.

Ante la devastación Reynaldo Reyes hizo lo que mejor sabe hacer. Se sentó a componer una canción que tituló el Corrido de Juan Jaime: “Día 28 de octubre, ¿vieron lo que sucedió? Que el Lago de Managua a San Pancho se metió. Fue tan grande un aguacero que la playa se llenó y en unos pocos minutos hasta mi casa llegó. La gente de Río Grande qué tragedia que pasó, pues la casa que tenía, el río se la llevó. Para poder salvar su vida se subieron a los palos, ahí estuvieron arriba cinco días sin comer...Mucha gente ganadera se quedaron sin terneros, y eso es una cosa cierta, Gonzalo es el primero. En el potrero de Juan Jaime no se escucha más ganado, solamente le quedó de recuerdo el bramadero”.

El último golpe

Reynaldo Reyes recuerda ahora que Juan Jaime se molestó al escuchar la canción, pero al final salió beneficiado. El entonces presidente Arnoldo Alemán le entregó 25 vaquillas.

La última gran llena ocurrió en 2010. Cuando lo recuerda, José Guillermo entristece. La noche que salió de su casa el lago había entrado al puerto, el agua había tapado las instalaciones de la EPN, las reses de todos sus vecinos se habían ahogado y en total 188 familias se encontraban vulnerables, ya que estaban asentadas en zonas que tarde o temprano el lago reclamaría. No había forma de transitar la zona si no era en una lancha.

Desde entonces la ciudad se ubicó hacia arriba, adonde hoy vive José Guillermo. Por la tarde, los pobladores bajan y pasean por el puerto, que en estos tiempos es usado más bien como parque. Hace tres años que por fin se secó, cuenta Johnny Delgadillo, de 27 años y vigilante del mismo. El busto de Carlos Fonseca sigue intacto, pero ya no quedan ranchos adonde guarecerse ni se ven barcos encallando.

La calle que un día fue gloriosa y llena de comercio hoy se encuentra desolada. Un pequeño mercado inaugurado por la Alcaldía concentra parte de la actividad comercial de la ciudad.

Esta parece una ciudad que duerme en el día. No hay niños en las calles, jóvenes en las esquinas ni demasiado bullicio en los barrios. Según la jueza único local, Ulisa Tapia, al juzgado llegan sobre todo demandas por pensión de alimentos, injurias y calumnias, delitos ambientales y por una que otra lesión.

“En lo general no se presentan acusaciones por robo. No hay aquí el temor porque te vaya a pasar algo. Desde 2001 vengo aquí y antes me quedaba sola en la casa judicial por las noches, jamás me pasó nada. Los problemas se suscitan cuando hacen fiestas y cuando toman hay alguna lesión, pero en lo general no se registran”, dice Tapia.

Sí hay casos de violencia, pero por alguna causa no llegan a judicializarse. “Sí tengo conocimiento de que se da la comisión del delito, hay una ONG que trabaja con mujeres que sufren violencia y les dan atención psicológica”.

Datos del Instituto Nacional de Información de Desarrollo (Inide) indican que 37.2% de los habitantes de San Francisco Libre son pobres no extremos y 34.4% son pobres extremos. Las estadísticas revelan que 3,697 hogares viven en pobreza extrema, es decir que tienen dos o más necesidades básicas descubiertas.

Necesitamos aunque sea una zona franca, aquí no hay fuentes de empleo”, dice Karen Briceño desde su puesto de comida ubicado en el centro comercial del pueblo.

No hay en San Francisco Libre una empresa que emplee a sus habitantes. La economía del municipio se basa en la producción agropecuaria, especialmente la agrícola, destacándose el cultivo de sorgo, maíz, frijoles y ajonjolí, sobre todo para el consumo local.

A José Guillermo ya no le preocupa eso. Lejos del lago, con su esposa en el cementerio y solo, en la casa que el gobierno municipal le asignó, prefiere escuchar a Julio Jaramillo y a Tito Cortez.

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