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—Ha viajado por 38 países dando testimonio, ¿qué le pregunta la gente?

—Me preguntan cuántos días hice el amor cuando salí de la mina. Y les respondo con la verdad, no puedo mentir… Me preguntan si me masturbé allá abajo.

—¿Y qué contesta cuando le preguntan si se masturbó?

—Que sí, que lo hice, soy un ser humano y hay que responder con la verdad.

Quien responde es Mario Sepúlveda, de 45 años, y uno de los 33 mineros chilenos que permaneció durante 69 días bajo 700 metros en la mina San José, ubicada en el desierto de Atacama, Chile. Fue el segundo que salió de la tierra durante el rescate, considerado inédito en la historia de la minería mundial. Fue el entusiasta que al salir de la cápsula se robó el show al entregar piedras a las autoridades y luego gritó el clásico ¡chi-chi-chi-le-le-le! Y es también el personaje que interpreta Antonio Banderas en la película “Los 33”. Es quizá el más mediático de los mineros. “Súper Mario”, le llaman los medios en Chile.

Ahora Sepúlveda da charlas motivacionales alrededor del mundo. Con su testimonio ha llegado hasta Japón. Con su sonrisa ha contado cómo ahora le hace más seguido el amor a su esposa. A su mujer, como dice él. Y cuenta cómo se puede sobrevivir ante la adversidad. Él, que quedó solo desde los 12 años y que en aquel encierro tuvo el ánimo para bromear.

Es sonriente y habla con familiaridad, aunque conozca a su interlocutor apenas cinco minutos atrás. Si le preguntan si gana bien ofreciendo su testimonio, enseñándole a los otros cómo sobrevivir, se enfurece, alza la voz, gesticula más e insiste en que la pregunta es ofensiva, en que esa interrogante es “fea”.

De él Antonio Banderas dijo que “tiene una cantidad de recursos increíbles, propios de un sobreviviente”. Se conocieron mejor porque durante la filmación Sepúlveda asesoró a los extras.

Inteligencia emocional

Sepúlveda estuvo en Nicaragua el pasado 17 de noviembre invitado por la Cámara de Industrias de Nicaragua (Cadin) y ofreció una charla a sus agremiados.

En ese contexto conversó con El Nuevo Diario. Cuando inició la entrevista y escuchó la primera pregunta, hizo una salvedad que repitió unas tres veces más: iba a hablar solo en primera persona.  “Vivimos un accidente en común y un accidente solos”, adujo.

—¿Cómo es eso?

—Todos vivimos el accidente de forma diferente. Hubo muchos momentos nuestros que fueron solos. Si bien es cierto que nos juntábamos dos, tres veces al día para hablar, para recibir noticias de cómo estaba la situación, nos reuníamos para orar a las 12:00 de cada día, y de ahí nos sentábamos a comer un poquito y era un momento de encuentro, pero teníamos libertad de acción.

Sepúlveda se describe a sí mismo como alguien “superfuerte”, como una persona que tiene mucha inteligencia emocional. Creció en un hogar pobre y dice que conoció el dolor en la niñez. Quedó sin madre cuando nació y su abuelita murió cuando él tenía doce años.

—¿Qué hacía cuando sentía que ya no iba a aguantar más allá abajo?

—Gritaba, lloraba, le pedía explicación a Dios. Creo que aprendí a llorar, mi abuelo me decía que los hombres no llorábamos, me crió con esa mentira. Critiqué mucho la forma en la que se habían hecho los desarrollos, critiqué mucho a mi jefe de turno. Me agarré muchas veces con Dios porque en la adversidad uno al primero que culpa es a Dios, pero me di cuenta que en la adversidad Dios nos utiliza como instrumentos.

Sepúlveda no sufrió ninguna lesión física grave producto del derrumbe en la mina, pero un golpe le causó la pérdida de unos dientes y una infección en la boca que a la larga provocará que se le caigan todas sus piezas dentales.

Tiene, sin embargo, muchas secuelas psicológicas. Duerme apenas tres horas al día.

—Cuando llega la noche me asusto. Me dan ganas de seguir haciendo cosas —cuenta.

—¿Y no ha recibido terapia para superar eso?

El mejor doctor que existe en el mundo es uno mismo. A mí me hicieron mal los profesionales, me estaban dopando… —detalla.

Así que dejó las terapias con los psicólogos y psiquiatras, y dice que ahora vive feliz. Además de dar charlas, hace remodelaciones, construye casas y piscinas en Santiago.

—Tengo una empresa personal, le hago más el amor a mi señora que antes porque tengo más tiempo, más ganas de vivir y eso es rico, seguir viviendo y disfrutar a quienes quieres.

Cuando le pregunto sobre el caso del minero al que esperaban dos mujeres, una esposa y una amante, dice que a todos los esperan no dos, sino muchas mujeres.

—Pero otros no dejamos que se supiera —confiesa—. Lamentablemente el minero es mal formado, minero bueno es el que tiene más mujeres. Teníamos a la señora y a varias más. De hecho, le preguntábamos al ministro si nos podía dejar abajo para no enfrentar la situación.

Las charlas de Mario Sepúlveda duran 45 minutos. En ese tiempo, él cuenta cómo fue vivir 69 días enterrado. En su discurso abunda Dios y también los comentarios jocosos. Insiste sobre la importancia de levantarse cuando se está en el suelo, sobre cuánto se necesita tener fe y trabajar en equipo, y que Dios existe porque sin Él no habrían salido con vida de la mina.

Desde el derrumbe algunos mineros tienen contacto entre sí. En agosto se estrenó “Los 33”, filme dirigido por la mexicana Patricia Riggen.

En la película Sepúlveda aparece como el líder; sin embargo el jefe de los 32, Luis Urzúa, quien salió de último durante el rescate, es al que las autoridades y los demás mineros identifican como el jefe porque organizaba a los mineros, racionaba la comida, el agua y creó un sistema de seguridad, entre otros.

En una entrevista a La Segunda, Urzúa declaró que Sepúlveda obtuvo el papel protagónico “por gritar ¡viva Chile! frente a las cámaras”, pero “el que mandaba allá abajo era yo”.

“Los 33”

Sobre “Los 33” Sepúlveda dice que es una bonita historia, pero que falta mucho más.

—Y espero que algún día se pueda hacer algo más, que haya más protagonismo de mis compañeros.

—¿Ha cambiado la situación de los mineros desde el derrumbe? —le pregunto.

—La minería grande siempre ha ido mejorando, la mediana minería sigue siendo igual, han ocurrido accidentes. Hay problemas de fiscalización, falta de respeto a las leyes que rigen los desarrollos. El piquinero (güirisero, se les llama en Nicaragua) sigue en las mismas condiciones…

Mientras recorre el mundo motivando a más personas, Sepúlveda sueña con crear una fundación para trabajar con niños con Síndrome de Down y autismo.

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