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Son las 10:30 de la mañana del miércoles. Después de una fría noche pescando sobre las aguas del lago Xolotlán, Benito José Mendoza ha decidido regresar a tierra. Atracó en puerto Momotombo --una comunidad de 230 viviendas cercana al coloso del mismo nombre, que hasta ayer seguía en proceso eruptivo-- con las mismas tres panas de plástico vacías que le ayudó a subir su esposa en la lancha. 

Mendoza se metió al lago a las 6:00 de la tarde del miércoles cuando el volcán todavía expulsaba lava. Por la noche, la montaña de cono casi perfecto siguió lanzando lenguas de magma sin que amedrentaran al pescador. Poco le importaba la actividad eruptiva. Lanzó sus redes una y otra vez. Pero no había peces.

“Por alguna razón no hay animales, no quise meterme más al agua porque sentí miedo”, relata Mendoza.

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Las comunidades cercanas al volcán Momotombo son cuatro: El Papalonal, La Fuente, Puerto Momotombo y Cuatro Palos. Sus habitantes sobreviven de la pesca y la ganadería. Sobre esas tierras que colindan con el lago de Managua suelen verse manadas de reses que pertenecen a más de 100 fincas ubicadas a los alrededores del coloso. En El Papalonal, compuesto por 735 familias y 174 viviendas, también hay plantíos de plátano.

Amanecer cerca de un volcán en erupción es un riesgo, por si fuera poco dormimos con el ‘Jesús en la boca’, no es fácil pegar los ojos con esos retumbos”. Marlon González.

Por la noche, la montaña de 1,258 metros siguió expulsando lava y al amanecer, la punta del cucurucho tomó un color gris. Del cráter se veía subir una nube de vapor y ceniza que alcanzan los 1,500 metros de altura. Marlon González cuida la finca Sinaí, la cual se encuentra a escasos 10 kilómetros del volcán y a 5 kilómetros de la planta Momotombo. Desde uno de los potreros ubicado en las faldas observó una inmensa columna de arena y ceniza, que se produjo tras la explosión que se registró a las 11:00 de la mañana de ayer.

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“¿Usted se imagina ese montón de ceniza cayendo sobre el pasto? Ni los caballos ni el ganado van a tragarse eso”, lamenta con su hablar campechano. La casa donde vive es de ladrillos y tejas. Ayer por la mañana su techo amaneció cubierto por una espesa capa de arena volcánica. “Amanecer cerca de un volcán en erupción es un riesgo, por si fuera poco dormimos con el ‘Jesús en la boca’, no es fácil pegar los ojos con esos retumbos”, cuenta González desde el teléfono.

Miedo

Desde El Papalonal el volcán lucía impresionante. Parecía que se había puesto una corbata roja. Pero, para este poblado, lo majestuoso de la naturaleza se convirtió en zozobra y miedo. Rosa Amelia Calderón, una mujer regordeta que habita en esta comunidad, el martes por la madrugada destazaba dos cerdos en compañía de sus hijas y suegra cuando de pronto fue alertada de que el volcán estaba escupiendo lava.

“Dejamos a un lado lo que estábamos haciendo y nos pusimos a tapar los alimentos, a almacenar agua y buscar trapos para cubrirnos del olor a azufre y la arena que se nos venía de vez en cuando”, señala Calderón. Por ese día no fue a La Paz Centro a entregar la carne de cerdo que todas las semanas acostumbra entregar en algunas pulperías del pueblo. Como ella, había decenas de habitantes en Puerto Momotombo, con mascarillas intentando cubrirse del material volcánico.

Por estos días los fríos de las madrugadas se vuelven insoportables. El pasado miércoles Isidora Mayorga durmió en un tapesco, aferrada a dos colchas gruesas y ataviada con dos pares de calcetines. Desde su casa vio una inmensa línea de lava descender desde el cráter del Momotombo. Descansar en su cuarto hecho de cartón y forros de plásticos con estampados de flores no fue una opción. Es madre soltera y lo primero que orientó a sus hijos fue estar alerta.

“Logramos dormirnos como a las 11:00 de la noche del miércoles. A mis dos hijos mayores les dije que hiciéramos turno para vigilar cuánto podría bajar la lava, desde aquí se miraba cerquita, pensamos que nos iban a llevar a algún albergue, pero los de la Cruz Roja dijeron que aún no era necesario”, relata Mayorga.

¿Preparados?

Los pobladores cercanos al Momotombo dos meses atrás participaron de un simulacro ante una eventual erupción. Nunca pensaron que el coloso despertara tan pronto de su sueño de más de un siglo. “Por más simulacros que hagamos, uno jamás está preparado para enfrentar eventos como este, no es igual”, admite Mayorga.

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Otros, como Óscar Danilo Pérez, sí veían venir la explosión de la montaña de fuego, la conclusión partía de los numerosos sismos que se sentían. El más intenso, según registros del Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales (Ineter), se produjo el 24 de noviembre con una magnitud de 4.7 grados en escala de Richter y una profundidad de 15 kilómetros.

El primero de diciembre los habitantes de la comunidad Puerto Momotombo despertaron con un estruendo y un olor a azufre, a lodo podrido, dicen ellos. Tras 110 años de sueño el volcán despertó. Ya llevan tres días en zozobra. Cuando los rayos del sol se apagan aumenta el temor, han visto el rojo intenso de la lava y se vuelve incierto si lograrán amanecer en el Momotombo.

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