Raúl Obregón
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Las esperadas fiestas de fin de año llegaron, se celebraron y pasaron. A la medianoche del 31 se colgaron y quemaron centenares de muñecos, lo cual me explicaban tiene que ver con la algarabía propia de la fecha, pero también es un ritual de purificación, mediante el cual se pretende incinerar maldades y mala suerte, que impiden salir adelante a quienes practican estos rituales.

Miles, me incluyo, optamos por dejarnos guiar por la palabra de Dios y nos enfocamos en vivir en un proceso de renovación y cambio constante (Romanos 12:2). En estas fechas elegimos quemar el muñeco que llevamos en nuestro interior, que representa fragilidades, debilidades, frutos de la carne de los que habla el apóstol Pablo en la carta a los Gálatas.

No se pretende hacer creer a los demás, y menos a nosotros mismos, que somos los buenos, que tenemos alitas y aureola. Se trata de tener la valentía de pararse frente al espejo que refleja las imperfecciones del alma, no cerrar los ojos cuando aparecen los defectos, no justificarlos, no trasladar culpas a otras personas, sino que aceptarlos y de esa manera aplicar correcciones sostenidas para mejorar cada día.

Estas son fechas en que se irradia cambio por todos lados, lo cual es propicio para circuncidar todo aquello que no contribuye a que vivamos a plenitud esta corta vida, como la envidia, los celos, el odio, el orgullo, la arrogancia, la autocompasión, etc.

Circuncidar todas esas actitudes que nos inducen a ser inflexibles e intolerantes con los demás, como la práctica de estilos de crianza autoritarios con los hijos, que se les exige que hagan aun aquellas cosas que los padres no hacemos.

Jesús, refiriéndose a los sacerdotes de la época, enseñaba a sus seguidores: Hagan lo que ellos dicen, más no hagan lo que ellos hacen, porque una cosa es lo que predican y otra la que hacen. Por ello, este es tiempo de disponerse a trabajar decididamente en alinear actitudes con conductas, y de esa manera, ser coherentes y más aún hacer todo en integridad.

Este primer día del año, aproveché mi caminata matutina para iniciar la quema en mi interior del muñeco del egoísmo, el orgullo y el individualismo, que hacen daño, infectan el alma y tienden a alejarme de mi prójimo, especialmente de mis seres queridos. He decidido luchar en erradicarlos, porque quiero tener un año de bendición y prosperidad.

El libro de los Salmos, capítulo 1, dice: “Bienaventurada la persona que no se deja guiar hacia la maldad (envidia, egoísmo, celos, odio, orgullo, arrogancia, individualismo, etc.), sino que, en la ley del Señor está su delicia, y en su ley medita de día y de noche, será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da fruto en su tiempo y su hoja no cae; y todo lo que hace prosperará”.

Me apropio de esa palabra y este año la quiero para ustedes, para mí y para mi familia. Quiero que seamos estables como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que seamos fértiles, para producir en todo tiempo el fruto que Dios quiere que produzcamos.

¡Que el 2016 sea de prosperidad y salud espiritual, psíquica y física en unidad familiar!

Queremos saber de Uds. Les invitamos a escribirnos al correo crecetdm@gmail.com

 

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