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Es el campeón de la finca, pero no quiere que lo llamen así: Franklin Quesada, un muchacho de solo 15 años, otra vez ha recogido más granos de cafés que todos los otros trabajadores de la finca Las Mercedes, ubicada a unos kilómetros de San Rafael del Norte, en Jinotega. Este año la baja en el precio internacional del grano preocupa al sector.

“Siete y un cuarto”, grita el hombre que al final del día pesa las latas que cada uno ha llenado durante la jornada. La mujer al lado lo anota en un cuaderno con mucho cuidado, sabe que el salario de los trabajadores depende de su exactitud. Franklin sonríe un poquito, pero apenas se nota. Parece casi que tiene vergüenza de su éxito. 

A las seis de la mañana empezó a coger los granos maduros del arbusto de café. Uno después del otro, por horas y horas. Tenía una pausa por la mañana y otra para el almuerzo, nada más. Es un trabajo duro. No solo porque es repetido y expuesto al sol, pero también por el peso de los miles de granos de café que lleva en su canasta. 

Sin embargo, para Franklin está bien así. “Me gusta mucho el trabajo, lo quisiera también hacer en el futuro”, dice y continúa recogiendo los granos rojos y amarillos. ¿Cuál es la receta de su éxito? “Dios me da la fuerza y la rapidez”, dice. Cada dos semanas recibe el dinero por su trabajo, son 40 córdobas por lata. A veces es aún más rápido, su récord personal es de 12 latas por día. Una parte del dinero lo da a su familia, con el resto se compra material para la escuela.

Después de haber entregado los sacos llenos de granos, para los recolectores como Franklin se termina la jornada. Ahora toca a otros, por ejemplo ese muchacho que trae todos los sacos desde donde miden la cantidad de café cortado hasta la despulpadora. ¡Qué trabajo más duro! 

El efecto que tiene la caída en el precio del café en el mercado internacional, es que los productores no pueden hacer frente a los cada vez más altos costos de producción.

Cada saco pesa entre 140 y 200 libras, en esa finca son más o menos 50 sacos por día. Por eso los varones tienen un cinturón para manipular carga alrededor de la cadera, pero aún con eso no pueden hacer esa labor por demasiados años. 

La despulpadora quita la capa exterior del fruto. Lo que sobra se puede utilizar como compost. Por la mañana se lavan los granos con agua, los ponen en sacos de yute y los trasportan a puntos más centrales que puede ser de una cooperativa. Ahí, unos inspectores --con un grabador especial-- pinchan unos sacos para verificar la calidad de los granos. 

“Ya nos pasó que un finquero taimado puso café inmaduro en el centro del saco. Pensaba que no nos damos cuenta”, dice uno y se ríe. 

Precio internacional bajo

Estamos en la temporada altísima de la cosecha. En las “capitales” del café nicaragüense, Matagalpa y Jinotega, se nota a cada esquina. Una buena parte de los camiones que pasan llevan sacos llenos de café. Paneles grandes indican a los finqueros que “se compra café”. Y en las oficinas de las cooperativas hay mucha actividad. 

Es en la unión de cooperativas agropecuarias de Jinotega, Soppexcca, que encontramos a Bismarck Jarquín Jiménez, gerente de la cooperativa Coomcafe. Se formó en 2007 con un objetivo principal: Comercializar el café en volúmenes más grandes para obtener --evitando el intermediario local-- mejores precios en el mercado. 

  • 114 dólares cuesta el quintal de café en la Bolsa de Valores de Nueva York.

De ese modo, la cooperativa puede garantizar a los productores un precio mínimo que actualmente está más alto que el precio internacional del café. Pero no solo son factores económicos los que favorecen la participación de los productores en la cooperativa, también les ofrecen incentivos como huertos o becas de estudio para los hijos. 

¿Cómo entonces es posible que según Jarquín solo aproximadamente el 15 por ciento de los finqueros formen parte de una cooperativa? El gerente se lo explica con dos factores: en el pasado, varios finqueros tuvieron malas experiencias con cooperativas. Unas de ellas, en vez de actuar en favor de los campesinos, se aprovechaban. Y por el otro lado, existen intermediarios --los “coyotes”-- que prestan dinero más rápido y más fácilmente que las cooperativas. Sin embargo, a tasas de interés más altos.

Pero no es por eso que Jarquín dice: “Estamos en una situación muy difícil0”. Lo que actualmente inquieta tanto a productores como cooperativas es el precio mundial. El quintal de café en la bolsa de Nueva York cuesta 114 dólares, casi 200 dólares menos que en 2012. A ese nivel los costos de producción son “devorados” por el precio internacional bajo. “Es una amenaza mayor para nosotros. 2016 será un año crucial”, dice Jarquín.

Máquinas remplazan a las mujeres

Labor. La Coomcafe es una cooperativa de medio tamaño, no puede permitirse tener su propio beneficio. El café de sus productores es procesado en una empresa externa. Alejándose de Matagalpa, desde lejos ya se notan muchas de estas. Por ejemplo, el beneficio Las Tejas: Millones y millones de granos de café están desplegados en su patio, a distancia parece una playa sin mar. El café debe secarse hasta una humedad del 11-12%, después de que pasa a bodegas por lo menos por un mes para que las características organolépticas del grano se estabilicen. En el trillo se quita la cascarilla del grano, lo que queda se llama oro bruto. Otras máquinas seleccionan el café por color y densidad y al final unas mujeres eliminan los granos con defectos que las máquinas no pudieron detectar. 

  • 200 dólares menos es el valor actual del quintal de café en comparación con el año 2012.

Hasta hace más o menos cinco años, la mayoría de esos trabajos se hacían a mano. Centenares de obreros --sobre todo mujeres-- trabajaban en bandas de escogido. Con el incremento del salario mínimo ya no es más rentable. “Un máquina es tres veces más rápida y tres veces más barata”, dice José Castro Montenegro, gerente del beneficio. Según él, hoy en día hasta el 95% de los beneficios nicaragüenses utiliza mayoritariamente máquinas. 

Son las últimas acciones antes que el café sea exportado en sacos de 69 kilogramos, en su mayoría hacia Estados Unidos y Europa. Ahí, donde se tuesta el café y se paga hasta siete dólares por un cappuccino. 

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