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En 1992 Héctor Gaitán sintió la tristeza más profunda de su vida. Desde su casa, la misma estación de ferrocarril que le sirvió de techo desde 1956 hasta su muerte en enero de este año, vio cómo, uno a uno, los durmientes del tren eran despojados por la población cercana a Sabana Grande, Managua, para venderlos luego como chatarra. Fue un golpe fuerte. Tan fuerte que lloró.

Por esos días de la década de 1990 no solo arrancaban los pedazos de acero, sino que parte de la vida del  hombre que amó al tren. Despojaban, también, decía Héctor Gaitán, las hojas de la historia de Nicaragua. “¡Qué barbaridad la gente! ¿Por qué están haciendo eso? Si los líderes ya hicieron mal por qué nosotros también? En vez de ayudar y construir están destruyendo”, se dijo una tarde cualquiera.Una nieta de Gaitán muestra el histórico telégrafo.

Han pasado ocho días de su fallecimiento, pero en su casa sigue vivo. Y lo seguirá estando mientras se mantenga en pie la vieja estación de paredes altas por las que pasó el tren un sinnúmero de veces. En Sabana Grande, la comunidad que se torna polvosa en verano, es un ícono de referencia.

-Señora, ¿usted sabe dónde queda la antigua estación del ferrocarril?

-Usted anda buscando a don Héctor, ¿el telegrafista, verdad? Él murió hace ocho días, pero su esposa seguro lo puede atender.

 

SU VIDA

Héctor Gaitán guardaba en su memoria parte de la historia de Nicaragua. Nació en Ocotal en 1904 y en 1920, a los 16 años, se dejó seducir por el telégrafo. Su vida se volvió más valiosa porque era la única persona viva que conocía a Augusto C. Sandino y así lo dejó señalado en los escritos que aún conserva su esposa, Nora Campos.

“Mi esposo participó en la guerra libertadora de Las Segovias. En Ocotal lo conquistaron los hermanos Aráuz: Blanca Esthela, Pedro Antonio y Lucila. Ellos le pidieron que les ayudara como transmisor de la causa que tenían con Sandino. Él aceptó, dejó la oficina, echó el telégrafo en una alforja y tomó los caminos para comunicarse, él era parte del batallón de Miguel Ángel Ortez”, cuenta su esposa, desde la vieja estación ferroviaria.

Gaitán conoció a Sandino una mañana que, el ahora Héroe Nacional, llegó a la mina de oro San Albino. El relato leído por su esposa dice que Sandino fue despedido porque el americano que estaba a cargo de la mina no le caía bien. “Aunque, él ya quería irse”, se lee en el papel.

Su esposa, Nora Campos de 72 años, durante la entrevista pide tiempo. Se seca las lágrimas y se enrumba al aposento donde dormía con Gaitán. Regresa con un puño de fotos. Una a una la muestra y las describe con orgullo. En una de tantas aparece muy joven, con un arma a la cintura. Más al rato, la misma mujer, trae los vestigios que guardó del telégrafo. “Yo lo conocí cuando él era telegrafista de San Marcos”, cuenta, entre sonrisas.

EL ESPOSO

Se conocieron en San Marcos, Carazo, cuando ella era una chavala que ni siquiera llegaba a los 20 años. “Él llegó de agente de estación al pueblo. Yo era bien joven, pero me gustó su manera de tratarme, me cantaba y me hacía versos. Me habló con sinceridad y me dijo que no tenía dinero, ni herencia, ni casa dónde vivir. Lo único que sentía suyo eran las agencias del ferrocarril”, comparte Nora.

-¿Y usted decidió andar con él?

-Sí… Lo único que le pedí es que me diera buen trato, que me cuidara.

Nora aún vivía con su papá e iba a la escuela. Pero se enamoró perdidamente que se aventuró a vivir con el telegrafista. Así se fue convirtiendo en su confidente, en la mujer que escribía sus historias, sus andanzas en la guerra.

“Me contaba que solo yo sabía su historia porque tenía temor que le pasara algo por su participación con Sandino. Ni a sus hijos les contaba. Él decía que nadie lo cuidaba, ni custodia (tenía), por eso su vida podía correr peligro. Y era un hecho”, señala la mujer mientras acomoda, en este mediodía, las sillas para el octavo día del novenario que reza en memoria de su esposo.

Con Nora se fue a vivir a la estación del ferrocarril de Sabana Grande. Ahí vio a su esposa parir 10 hijos, seis varones y cuatro mujeres. Durante el tiempo que convivieron, la única fuente de ingresos fue el salario que le pagaba la empresa de telecomunicaciones del país.

Ella, por su parte, le ayudaba en los trabajos de la estación del ferrocarril. Con el auge del algodón en la década de 1950, Gaitán no se daba abasto, por eso Nora se fue haciendo cargo de la venta de los boletos ferroviarios.

“Tengo muchos recuerdos, conmigo fue muy fino, con sus hijos era correcto, no le gustaba la vagancia”, recuerda Nora, quien también dice que nunca escuchó un grito de su esposo. “Era amable, platicador, chistoso”, añade.

Al darse cuenta, en 1992, que el gobierno de Violeta Barrios decidió cerrar el tren, compartieron la misma tristeza. Llegaron a pensar que serían removidos de la propiedad, pero las autoridades les apoyaron en la idea de seguir viviendo en esa vieja casona. Él y su esposa la protegieron y mantuvieron intacta. Sentían ese lugar muy suyo.

Cuando Héctor Gaitán falleció, le pidió a sus hijos que cuidaran a su mamá porque ella iba a quedar viuda y que permanecieran unidos, dice Nora, quien  siempre ha llamado al telegrafista como “don Héctor”.

"A través de él conocimos a nuestro general Augusto C. Sandino.  Yo tengo muchos recuerdos de Sandino sin haberlo conocido, y lo conocí por las historias de mi papá”.  NORA GAITÁN, HIJA.

“Don Héctor tenía dos caracteres. Era fuerte con sus hijos, los dominaba desde chiquito y tenía un estilo bien correcto. Los aconsejaba mucho. Y también a sus amistades. Fue maestro de telégrafos, dejó alumnos regados en Nicaragua y fuera del país. El otro es que era amable, platicador, chistoso, le ponía nombres bonitos a ciertas personas”, comenta.

Con Nora contrajo matrimonio por segunda vez en 2010. “Nos volvimos a casar cuando cumplimos 50 años de casados”. En el álbum aparece elegante, feliz, vestido de saco y corbata. Nora, al terminar de hablar, toma la foto y la coloca en el altar improvisado, compuesto por cortinas blancas y una toalla que tiene impregnado al Jesús de la Misericordia, a la par del telégrafo que usó su esposo en las últimas cinco décadas.

PADRE

Héctor Gaitán tenía dos manías con sus hijos. Antes de la hora de salida de clases se iba al portón de la  escuela de ellos para vigilar que no se fueran a otro lugar y cuando llegaba la hora de dormir, los cargaba y les cantaba hasta que cerraban los ojos.

“Lo recuerdo como un excelente padre, único. Fue amoroso, cariñoso, disciplinado. Tenía amor a Dios  y una fe inquebrantable. Nos enseñó el amor al Santísimo. Todo lo miraba bonito. Si estaba haciendo sol, el día estaba muy lindo, si estaba lloviendo, el día también estaba muy lindo, él nos enseñó que en momentos de pobreza siempre se debe estar positivo, cuando había un problema acostumbraba decir que no había mal que por bien no venga”, dice su hija Nora Gaitán.

“A través de él conocimos a nuestro general Augusto C. Sandino.  Yo tengo muchos recuerdos de Sandino sin haberlo conocido, y lo conocí por las historias de mi papá. Sandino era un hombre prudente, callado, de vanguardia, un héroe, tenía liderazgo, decía algo y la gente lo seguía”,  añade la mujer que en unos minutos se incorporará al rezo de mediodía al que ha venido mucha gente de Sabana Grande.

Su otro hijo, David Gaitán, lo magnifica: “Fue un gran padre, un gran hombre, un gran hijo de Nicaragua, un gran marido, un gran amigo. Un hombre justo y luchador y no lo digo porque esté fallecido, no, siempre lo dije cuando estaba en vida, para mí, mi padre era un ícono de las telecomunicaciones”.

Con su padre vivió una niñez hermosa. “Nos dormía, nos chineaba y nos cantaba. A las ocho de la noche era una ley que todos teníamos que dormir. Pasé con él sus últimos días y siempre estuvo alegre. En su lecho de muerte nos seguía animando”, agrega David.

Nora y David, dos de los diez hijos que procreó el hombre que luchó con Sandino, siempre recordarán al viejo señor que acostumbraba levantarse a las tres de la mañana. Oraba, hacía café y luego izaba la bandera del ferrocarril. “El tren se llevó parte de su vida y llegó a profetizar que muy difícil existiría nuevamente”, recuerdan.

Gaitán era un fiel creyente del Santísimo Sacramentado. Cuando gozaba de vigorosidad acostumbraba ocupar la tarde de sus jueves para ir a la iglesia. Dos días antes de morir, Héctor Gaitán oró mucho, balbuceó las líneas contenidas en un libro católico. Cuando expiró, sus hijos echaron en la caja fúnebre el cuadernillo y un rosario. “Solo eso se llevó”, dice. En realidad, se llevó más, se llevó la satisfacción de haber sido feliz con la vida que llevó hasta el último día.

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