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Aunque la República Democrática Alemana desapareció en 1990, en Nicaragua aún quedan residuos de ella. Pocos lo saben, pero en la convulsa Managua, en las cercanías del Xolotlán, se ubica el barrio Alemania Democrática, llamado así en honor al Estado que estuvo ubicado en el centro de Europa y que existía gracias al balance de poder entre el bloque este y oeste durante la Guerra Fría.
Situado en las cercanías de Acahualinca, el caserío no tiene más de 10 calles, pero conserva su nombre famoso con mucho orgullo.

“Después del colapso de la República Democrática Alemana nos pidieron que le cambiáramos el nombre y que pusiéramos el de algún héroe histórico”, se acuerda Yamileth Pérez, una trabajadora social. “Pero no lo quisimos”, prosigue. “¡Nadie va a quitarnos este nombre!”, dice.

En la versión nicaragüense de la RDA no vive un solo ciudadano alemán. Si no fuera por el nombre, sería un barrio como muchos otros en Managua. “Es uno de los sectores más seguros de la zona, vivimos bien acá. Solo nos falta un parque”, dice Yamileth Pérez.

Antes podían observarse banderas de la RDA ondeando en las casas y en el colegio había un rótulo con el emblema del país europeo, pero esos símbolos ya no existen más.

"Fue una de las mejores experiencias de mi vida. Encontré amigos ahí que tengo hasta hoy en día”. michael funke,
médico.

MARX SE FUE

El barrio no es el único recuerdo de la RDA. Uno de los principales sanatorios de Managua, el hospital Alemán Nicaragüense, se llamó antes Carlos Marx. Este fue construido en la década de los ochenta con ayuda de la Alemania Oriental.

Desde allá mandaron los materiales para equipar los quirófanos y demás instrumentos necesarios en un hospital.

También llegó mucho personal alemán. Hasta cien médicos, enfermeras e intérpretes trabajaron simultáneamente en el “Carlos Marx”. Uno de ellos fue Michael Funke. Llegó en el 1988 y se quedó por diez meses. “Fue una de las mejores experiencias de mi vida. Encontré amigos ahí que tengo hasta hoy en día”, contó el médico, quien ahora trabaja en Texas, Estados Unidos.

A él le gustó tanto su labor, que todavía visita el hospital una o dos veces al año. Ahora se focaliza sobre todo en la formación del personal.

Con su grupo de ayudantes financia unas becas y cada cierto año garantiza un proyecto mayor a través de donaciones, como la nueva unidad de cuidados intensivos que se gestionó en 2009.

Según Funke, todavía quedan unos objetos de recuerdo en los armarios. “Guardan por ejemplo un busto de Carlos Marx. La sacan solo en momentos especiales”, dijo.

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