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Un día antes de comenzar el año lectivo, Kenneth Romero emprendió el viaje a Managua. Echó en su maleta toda su ropa, sus tres pares de zapatos, los productos de uso personal que su mamá compró en la venta de la cuadra, los cuadernos que obtuvo en la capital, las güirilas para engañar el hambre en el bus, los documentos de la universidad y la convicción de que su traslado únicamente responde a las inmensas ganas de prepararse en la capital y regresar a su pueblo a sembrar las cuatro manzanas de tierras que tiene su papá en Telpaneca, Madriz.

Sus sueños, como dice el joven de 16 años, viajaron 218 kilómetros. Lleva dos semanas como interno en la Universidad Nacional Agraria (UNA) donde se hospedan, oficialmente, 350 jóvenes procedentes de diferentes puntos del país distribuidos en 70 habitaciones de un viejo edificio de tres pisos,  El cuarto de Kenneth está en el primer piso, muy cerca de la entrada principal. Convive con Wilson Matey, 17 años, y además de compartir el mismo cuarto, tienen una pasión por la Agronomía. Ambos cursan el primer año.Las mujeres establecen una norma de conducta al iniciar cada año lectivo.

De los dos, el que más habla en esta mitad de la tarde es Kenneth. Cuando se refiere a su carrera lo hace con propiedad y moviendo sus almendrados ojos. “Me gusta la agronomía, me gusta el campo, me gustan las plantas y los animales. Decidí venirme a Managua porque la (Universidad) Agraria es de mucho prestigio y buena para estudiar”, responde cuando se le pregunta por qué se vino a Managua si en Estelí y Matagalpa, que son ciudades más cercanas a su departamento, existen sedes que ofrecen la misma especialización.

 

“PARACAÍDAS”

Detrás de la puerta cerrada están algunas historias que describen el diario vivir de los 350 estudiantes internos de la UNA. Ariel Ramón Zelaya, José Ortiz, Jordy Escobar y Ronaldo Cruz, son cuatro de los seis jóvenes cuyas literas ocupan un espacio no mayor a los 6 metros cuadrados. Su cuarto, en el segundo piso, es más grande que los demás, así que hay espacio para tener un viejo ropero de madera donde se guardan algunas cosas de los 10 estudiantes.

La habitación luce un tanto desordenada. Debajo de las camas están varias hileras de zapatos, entre los espaldares una serie de colchones y bolsos con ropa, sucia y limpia. Los jóvenes han empezado una de sus pláticas vespertinas acompañadas de una bolsa de papas y 2.5 litros de gaseosa. Arriba, en una litera, está Ronaldo, de 23 años, estudiante de Ingeniería Forestal, con el torso desnudo y reproduciendo música de banda del artista mexicano Julión Álvarez, mientras comenta que su día inicia a las cuatro de la mañana. “A esa hora tenemos que levantarnos para irnos a bañar, somos un montón y si me despierto tarde, me deja el recorrido”, dice.

Este joven, que usa botas puntudas y fajas con hebillas grandes, estudia en un campus de la universidad que se ubica detrás de la pista del Aeropuerto Internacional Augusto C. Sandino, dice que tiene  una beca interna que incluye hospedaje, alimentación y productos de uso personal y un seguro médico. “Aquí estamos 10 estudiantes, pero solo seis somos becados, los demás son paracaídas”, cuenta.

¿Qué son paracaídas?

“Un paracaídas es un estudiante que no tiene becas y nosotros le damos lugar para que guarde su colchón. Paracaídas son los estudiantes de zonas lejanas del país que al no tener cómo pagar un apartamento ocupa los pasillos del internado para guardar sus cosas. Hay muchos paracaídas, en cada cuarto hay, otros duermen en el pasillo y nosotros solo guardamos sus cosas”, salta el joven Jordy Escobar.

Claudia Lanuza siempre está en la entrada de internado resguardando el orden. Cuando ella no está se queda otro de los 3 supervisores con los que cuenta la Universidad. Sobre los estudiantes “paracaídas” explica que ve un sentimiento de solidaridad hacia los demás alumnos. “Es prohibido, pero al final los jóvenes se unen y logran ayudar, porque vienen de lugares lejos y quizá no tienen para pagar un apartamento”, coincide Lanuza.

CONDICIONES

Los cuartos son pequeñas piezas, pero un tanto cómodas. Cada una cuenta con ventiladores y excelente sistema de iluminación. En el área de baños se han instalado más de 30 regaderas. Los varones, dicen,  son más prácticos, si hay atraso, prefieren bañarse en el área de lavado. “Es prohibido, pero lo hacemos para ganar tiempo”, explica Kelen Guerrero, un estudiante de Medicina Veterinaria que al momento de ser abordado, se encontraba lavando su ropa.

Le acompañaba un grupo de cinco jóvenes, quienes esperan que un lavandero se desocupe. Las horas pico de este lugar son por las tardes. Mujeres y hombres tienden sus piezas en un patio que se ubica detrás del edificio para estudiantes internos. “Aquí entre los varones nos llevamos bien, somos más comprensivos, allá las mujeres se viven matando”, dice un estudiante.

  • En su mayoría, los jóvenes internos en la UNA dicen que al terminar sus estudios, volverán a sus lugares de origen, para ejercer sus respectivas profesiones.

Sobre la relación entre las mujeres internas, Vilma Daniela Altamirano, estudiante de Medicina Veterinaria, dice que sus reglas son más estrictas. Al igual que los varones se levantan a las cuatro de la mañana y establecen que cada persona tiene 15 minutos para bañarse.

“Esa es una regla, nadie puede dilatar más de ese tiempo”, expone.  Ella detesta que otras lleguen a subirse a su cama, por eso al iniciar el año se preguntan qué les gusta y qué no.

“Me llevo bien con mis compañeras, nunca ha habido pleitos, pero sí hemos tenido discusiones por el rol de aseo. Aquí te encontrás a gente con diferentes genios, pero  si te agarrás con una persona perdés la beca automáticamente. Para mí es muy importante que respeten los horarios de descanso, por eso si venís muy noche y estamos dormidos, no podés encender la luz”, cuenta Vilma. La norma se aplica de igual manera en las habitaciones de los varones.

SUEÑOS

Vilma estudia Medicina Veterinaria. Le gustan los animales, pero sobretodo las abejas, así que al salir de la universidad aspira cursar una especialidad en Avicultura. Es la número 13 de 14 hermanos de una familia de Jalapa, Nueva Segovia, donde el papá es agricultor y la mamá ama de casa. “Al entrar uno tiene que saber el propósito por el que ha venido, yo aquí no vengo a perder el tiempo, vine porque quiero triunfar y ser alguien en la vida”, subraya.

A su pueblo solo va cuando hay vacaciones largas, como Semana Santa, fin de semestre o en fechas especiales como el día de las madres. “No voy porque el pasaje es muy caro, son 8 ocho horas de viaje y es muy peligroso, llegaría muy noche”, explica la joven, quien al momento de la entrevista se hacía acompañar de su novio, Loganz Guzmán, estudiante de la misma carrera procedente de la Península de Cosigüina, y a quien conoció hace tres años.

Sus historias, como las de decenas de jóvenes, son similares. Triunfar con la carrera y regresar a sus pueblos para trabajar en tierras de los suyos. “Todo requiere sacrificios, como dejar la familia, extrañar y vivir encerrados en pequeños cuartos de una universidad”, dicen.

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