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Yasik Smirnoff, 22 años, creció en Siberia, Rusia, y empezó a estudiar física experimental a los 15 años. Con 18 años decidió viajar por el mundo sin dinero. Su meta entonces era visitar 100 países a los 21 años. Lo logró. Su próxima meta es llegar a América del Sur y la Antártida y luego pedir una entrada en el Guinness Book of Records por haber hecho el viaje más largo sin cargar un solo centavo. Llegó a Nicaragua luego de visitar 108 naciones. 

Te autollamas “El ruso loco”, ¿cuál ha sido la situación más loca que has vivido en tus viajes por el mundo?

He vivido innumerables situaciones increíbles, es difícil destacar solo unas. En Tanzania de repente me encontré con un león salvaje, era bastante intimidante. En Etiopía nadé en un lago sin darme cuenta que a solo unos metros había cocodrilos. En el desierto Gobi me perdí y solo por suerte alguien me encontró. Y luego, las experiencias en Siria también fueron bastante locas. 

¿Qué dicen tus padres cuando cuentas esos episodios?

No les cuento a ellos o lo hago cuando ya estoy en otro país. Pero claro, en cada llamada por Skype mi mamá me pide que vuelva a casa. Ellos saben que no me meto en situaciones peligrosas a propósito, pero a veces ocurre. En esos momentos es mejor enfrentarlos.

¿Por qué tan joven decidiste hacer un viaje tan insólito?

Cuando tenía 18 años me pregunté: ¿Quiero vivir una vida preso de las obligaciones sociales?, ¿o quiero hacer mi propio camino sin saber dónde me llevará? No digo que la primera opción es mala, pero para mí no era la mejor. 

Pienso que viajar es una buena alegoría por la vida, la gente que se encuentra siempre te pregunta tres cosas: ¿quién eres?, ¿de dónde vienes?, ¿adónde vas? Son las mismas preguntas que cada uno tiene que hacerse. La misión más grande que tengo es la de vivir como yo quiero. 

Es una misión muy egoísta.

Obviamente, pero he hecho también otras cosas. Ayudé a construir un hospital, trabajé con personas con VIH. Eso es muy importante. Pero antes de poder amar a otros uno tiene que amarse a sí mismo.

¿Cuáles han sido los mayores problemas a los que te has enfrentado?

Siempre hay que solucionar tres cosas: cómo moverse, qué comer y dónde quedarse por la noche. A veces no es fácil. Cuando la gente me pregunta por mi receta, siempre digo: hay que encontrar una solución creativa por cada problema porque así se resuelve más fácilmente. Un ejemplo: muchas veces pido raid. Si solamente levantas el índice en la carretera seguramente poca gente se detendrá, pero si tienes un cartón en la mano que dice “Si tienes bolas, dame un ride!”, es más fácil.

¿Nunca has terminado en la cárcel?       

Como no. En Camboya defendí una amiga contra miembros de una banda y me arrestó la policía. Pasé dos días en la celda, luego me liberaron gracias a la intervención de un amigo influyente de mi padre. 

¿Cómo te has comunicado con la gente en todos esos países?

Cuando empecé a viajar, hablé solo ruso y un poco de chino. Pero siempre se encuentra una manera de comunicar, primero que todo con los gestos. A veces aún es mejor porque haces reír a las personas y así son más amables, y además muchas veces la gente me enseña cosas en vez de solo explicármelas. Así por ejemplo aprendí a ser guerrero de unas tribus indígenas en África. 

Dices que no has tocado dinero en cuatro años. Casi no me lo creo. 

Es verdad. Tampoco tengo una tarjeta de crédito o una cuenta de banco. Siempre hay una manera de encontrar una solución sin dinero. Cuando tengo hambre puedo intercambiar trabajo por comida. En los restaurantes, por ejemplo, propongo lavar platos o ayudar a cocinar. La misma cosa hago a cambio de alojamiento. No he dormido ni una vez en la calle en estos cuatro años. Cuando estoy en una ciudad nueva voy a buscar las universidades y cuento que estuve estudiando física experimental antes de mi viaje. Eso me abre muchas puertas. Ha habido solo pocas situaciones en las que por falta de dinero no he logrado tener lo que he querido.

¿Cómo qué?

Las visas. En países como Canadá, Gran Bretaña y Corea del Norte no me han dejado entrar porque no pagué por los documentos. Pero, por ejemplo, logré entrar en los Estados Unidos sin visa. Me fui a hablar con la embajada y expliqué todo mi proyecto. Obviamente ayudó que presenté artículos sobre mí en varios diarios.

Y la ropa, ¿te la robas?

¡Nunca! Mírame, ¿te parece esto es mío? Es del esposo de una amiga. 

Un muchacho joven, rubio y aventurero tiene que tener mucho éxito con las mujeres.

No me puedo lamentar, la verdad. Las mujeres son la única razón por la que ya varias veces he pensado en terminar mi viaje, pero al final siempre he continuado. Tengo niños en once países distintos.

¿Cómo?

Sí, genéticamente son míos. He hecho una donación de esperma en once países. La gente probablemente me lo pidió porque soy rubio, alto y sano. 

¿Qué piensas de Nicaragua?

Me encanta, es mi país preferido en Centroamérica. Me parece que es un país de posibilidades. 

¿Qué echa de menos de tu casa?

Me gustaría respirar el aire de invierno en la selva siberiana. Quisiera ver a mis padres y a mis abuelos. También hay comida que extraño. 

¿Cuándo calculas regresar?

Me faltan dos continentes para haber vistos todos: América del Sur y Antártida. Pienso que a va tomarme como dos años más. Ya se va a acabar porque la Luna como meta no es muy realista. 

Y si un día tienes hijos, ¿qué vas a contarles de tu viaje?

Muchas cosas. Pero si mi hija quisiera hacer un viaje así, solitaria, le diría: “No, no, ¡tú estás loca!”

 

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