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Dicen que se llaman María Isabel, María Elena y María del Socorro, que viven en una comunidad rural de Masaya, que se han despertado a las tres de la mañana para  preparar la venta del día, que son devotas de la Sangre de Cristo y que desde hace 10 años participan en el viacrucis del Viernes Santo que se realiza en Managua.

Estas comerciantes son tan solo tres de los miles de fieles que el pasado Viernes Santo participaron en el tradicional viacrucis de la Sangre de Cristo. Son comerciantes y devotas que aprovechan la ocasión para generar más ingresos.

El Jueves Santo invirtieron más de C$2,000 en la preparación del tradicional dulce "bien me sabe", que en la calurosa mañana del viernes ofrecían a los cientos de devotos.

A las ocho de la mañana, minutos después de que el cardenal Leopoldo Brenes invitara a vivir el acto como un momento de gracia, María Isabel Ortiz se quitó sus zapatos y los echó en un bolso púrpura que colgaba de su delantal. "Nosotras venimos a trabajar, a pagar promesas y dar gracias a la Sangre de Cristo por todo lo bueno que nos ha pasado", dijo María Isabel.

MILAGROS

En un rincón de la carretera a Masaya, frente al Colegio Teresiano, Guadalupe Valenzuela, de 38 años, termina de ponerse una venda púrpura en sus ojos. Desde hace 15 años participa en este acto religioso en agradecimiento a un milagro que le hizo la imagen de la Sangre de Cristo.

Al empezar el viacrucis Guadalupe emprende también el suyo. Camina hacia atrás, descalza y vendada. No importa que el pavimento se convierta en brasas que laceran sus pies, no importa que el sol muerda, no importa si tropieza ni el cansancio. El sacrificio, dice, no es nada si se compara con la bendición que obtuvo su nieta al salir triunfante de una operación en la rodilla que le devolvió movilidad, aun cuando los pronósticos médicos decían que no volvería a caminar. "El médico que le dio mejoría a mi nieta se llama Jesús", exclama.

De su familia es la única que recuerda el milagro, pero piensa que alguien debe seguirla cuando ella no esté. A la cuarta estación del viacrucis a Guadalupe ya le duelen los pies, se ve cansada. Su nieta le pregunta si quiere algo de tomar y solemnemente responde que no, que se siente bien.

Las María y Guadalupe desde sus ubicaciones miraban a la Sangre de Cristo, rezaban y se hincaban. Fueron testigos, una vez más, de los niños que encarnan a Jesús y de los promesantes que como ellas caminaban vendadas y con los pies descalzos.

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